18 de agosto de 2022
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Ajedrecería minúscula 

19 de abril de 2020

 Por Jairo Morales Henao

   En las páginas iniciales de Justine, primer volumen del Cuarteto de Alejandría, leemos la siguiente escena:

Bajo las palmeras, en un nicho profundo, una pareja de viejos juega al ajedrez. Justine se ha detenido a mirarlos. No entiende nada del juego, pero el aura de calma y concentración del lugar la fascina. Se queda allí largo rato, entre los jugadores sordos y el mundo de la música, como si no supiera a cuál de los dos lanzarse. Por fin Nessim se acerca suavemente, la toma del brazo y permanecen juntos un instante, ella mirando a los jugadores, él mirándola. Por último Justine se aparta despacio, como a pesar suyo, y con un leve suspiro avanza cautelosamente hacia el mundo de la luz. 

   Se volverá a jugar ajedrez en el Cuarteto, aunque en muy pocas ocasiones. A lo largo de sus cuatro volúmenes, algunos de sus protagonistas dedicarán, de paso, unas horas a la diosa CaissaBalthazarMountoliveDarley (el narrador) y Nessim, hacen del tablero un oasis para suavizar con su sombra amable y líquida (no falta una copa de vino o de arak), las diferencias, las preocupaciones, sus miedos tan desmedidos como sus alegrías, el acoso de los desamores, sus desencuentros con Alejandría. Cuando ya Mountolive es embajador de Inglaterra en Egipto, y no dispone de tanto tiempo como durante sus comienzos en la diplomacia, para atender a sus amigos personalmente, juega sus partidas por correspondencia con el médico y erudito Balthazar. Pero independientemente de las circunstancias que acompañan cada partida, el ajedrez –en el breve pero luminoso arco iris de su desarrollo– es siempre un contrapunto al borbollón pasional que lleva y trae aquellos destinos, remolino donde todo se cruza para elevarlos y hundirlos: el amor, el sexo, las luchas religiosas y políticas, el crimen, la sabiduría especulativa de la Cábala tanto como la supervivencia de mesianismos de antiquísimas raíces mágicas. El contrapunto de un ángel del silencio con el dedo en los labios llamando a detener toda esa agitación porque se juega al ajedrez.

   Por eso de aquellos episodios del Cuarteto de Alejandría donde se juega ajedrez, seleccionamos la imagen que citamos, la de aquellos dos viejos jugando “bajo las palmeras, en un nicho profundo”. No serán personajes del relato como los otros jugadores. Aparecen en ese instante y luego el telón de la novela cae sobre ellos para siempre. Pero que lo esencial del ajedrez está en aquel anonimato, lo matiza el narrador cuando precisa que: “… Por último Justine se aparta despacio, como a pesar suyo(sn). No sabía nada del juego, pero había sido fascinada por su aura espiritual. La compensó el ángel del silencio con aquella revelación.

   Bajo el mismo nicho del anonimato de aquellos dos viejos alejandrinos, he jugado por años –desafortunadamente cada vez menos– ajedrez en tiendas y graneros de Envigado, con rivales regalados por el azar que bendice esos negocios, y donde por eso el rival puede ser un pintor de brocha gorda, un vendedor de lotería o un tenimesista famoso pero en desuso. De todos esos lugares y partidas quiero mencionar las clases de ajedrez que recibí en el mostrador de una prendería, impartidas por su dueño, don Jaime Ossaba, reconocido ajedrecista en el municipio, alguna vez participante en el campeonato del Departamento, y quien afortunadamente aún vive y juega a sus 90 años. Su magisterio conmigo lo ejercía, lo conté alguna vez en otra parte, mientras atendía a mi madre, enviada por mi padre enguayabado para que empeñara un reloj de pulso o su argolla matrimonial, y así poder almorzar y comer ese día. Disponía las figuras sobre el tablero con una rapidez de ilusionista (no exagero, así me lo parecía) y me desafiaba con un interés y amabilidad sin la menor sombra: “Juegan las negras, mate en dos jugadas”, y su sonrisa de sabio zen lo velaba de bondad mientras yo me estrujaba la cabeza.

   Ese es el ajedrez que me gusta. Solo me recuerdo participando en un torneo, en el colegio donde hice el bachillerato. Quiero contar lo que me condujo a evitar en adelante todo torneo donde ha sido posible jugar. Mi rival era Gerardo Moncada, años después marcador de punta derecho del Atlético Nacional. Yo jugaba con las blancas y mi posición era claramente dominante cuando… Me sentí ganador y adelanté inseguro un peón, alocadamente. Ahí comencé a perder. Supe que después el Hermano Cristiano que hacía de árbitro de todas las partidas al mismo tiempo (se jugaban en un corredor del primer piso, al lado de la cancha de basquetbol) y a quien apodábamos Dictadura (Gustavo era su nombre religioso), comentó: “Morales estaba muy bien, pero cometió una bobada con un peón”. Tal vez hubiera pensado más aquella jugada si hubiera conocido por entonces la frase de Fischer: “La partida más difícil es aquella que se cree ganada”. 

   Así que en adelante, ajedrez de tienda. De esa manera me siento anclado en lo arquetípico del ajedrez, en ese Hilo de Ariadna que nos une a los inventores del juego, a aquella estirpe de hombres de fez y túnicas, que alegraban con el juego el final de su jornada de trabajo diaria, cerraban un negocio, o celebraban así un encuentro o reencuentro amical o familiar especial, una alegría desconocida para todo aquel que estuviera por fuera de las paredes de sus casas. Dos inteligencias se aprestaban a cruzar sus aceros. Sobraban los narguiles del opio

   Y esta manera de jugarlo que aquí predicamos, tiene sus ventajas adicionales, que no por menores, son despreciables. Arropan maternalmente nuestras derrotas en ese ámbito casi secreto, salvo por algún probable curioso inoportuno. Todo lo contrario de cuando perdemos en un torneo: entonces, hasta las paredes lo celebran, no estruendosamente, pero sí con inocultables brillos malévolos en sus superficies. Por contar solo una de mis derrotas, quien esto escribe se benefició alguna vez de esa ausencia de testigos (con la sola excepción del tendero que nos llevó las dos cervezas a la trastienda y que entre tanto se daba sus demoradas al pie del tablero porque él también juega) cuando me propuso jugar un hombrecito con su overol de pintor de brocha gorda constelado de estrellas y galaxias enteras de cal, como que acababa de abandonar escalera, hisopos y brochas en alguna casa próxima para ir a celebrar con una cerveza el fin de aquel sábado de trabajo. Había reparado en el tablero que yo llevaba bajo el brazo y en las ganas de jugar que llevaba en la cara. Cuando le estreché la mano felicitándolo por haberme ganado (solo jugamos una, él tenía hambre) me dije que en su vida muy probablemente no habría oído mencionar siquiera a Faulkner, pero me había ganado. A quienes piensen que me inventé este episodio, les cuento que ocurrió hace unos doce años en la tradicional  tienda Las quince letras, del barrio El Guáimaro, de Envigado. Le pueden preguntar a su dueño de entonces, Antonio Cardona, quien desde hace años talla en madera un ajedrez.        

   Me empujó a farfullar esta croniquilla el torneo actual en Ekaterimburgo, donde ocho jugadores disputan el derecho a intentar destronar a Carlsen del campeonato del mundo. Toda su parafernalia mediática, publicitaria, política, los equipos de asesores operantes aunque no visibles para el público, los comentaristas, periodistas, fotógrafos, camarógrafos, agentes de los jugadores y demás participantes de los que no sé pero supongo (porque hasta dietistas y psicólogos debe haber ahí) le dan a aquello una aureola de espectáculo feroz y de tensión competitiva ubicadas en las antípodas del juego que acabamos de evocar en esta página, de su pureza originaria perenne, de su geografía de juego de abalorios que posee en sus límites su sentido pleno, y que para mí veo encarnadas, representadas, reactualizadas, en aquellos dos viejos que juegan ajedrez en las primeras páginas del Cuarteto de Alejandría, en los dos hindúes que he supuesto en el comienzo del camino de la seda donde a lomo de camellos inició el juego su viaje de siglos hasta nosotros, en el mostrador de la prendería donde el maestro Jaime Ossaba me mostró destellos de lo que parecía más número de mago que juego, y en la partida que perdí con aquel pintor de brocha gorda en una trastienda de Envigado.   Envigado, 21 de marzo de 2020, 8 p.m. (en plena cuarentena)