18 de agosto de 2022
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50 años del fraude contra Rojas Pinilla

20 de abril de 2020
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
20 de abril de 2020

El 20 de abril de 1970 -¡hace cincuenta años!-, el país se despertó con una noticia sorpresiva, inesperada: el nuevo presidente electo de Colombia era el candidato conservador y del Frente Nacional, Misael Pastrana Borrero, quien -según los informes oficiales, divulgados por la prensa- había derrotado el día anterior, en reñida disputa, a su rival de la Alianza Nacional Popular -Anapo-, general Gustavo Rojas Pinilla.

Varios años después, el entonces ministro de Gobierno, Carlos Augusto -El tigrillo- Noriega, quien ya se había distanciado de su antiguo jefe y amigo “Misael”, reveló que aquello había sido un fraude, como él mismo me aseguró cuando yo ejercía el periodismo político en Bogotá.

Por eso he querido revivir ese pasaje histórico, incluido en mis Memorias -recientemente publicadas en Amazon, bajo el título de “Una vida en olor de imprenta”-, donde aparece como protagonista mi abuelo materno, Felipe Montoya, conservador hasta los tuétanos pero fiel seguidor, hasta su muerte, del general Rojas.

Es la pequeña historia, personal, que en ocasiones dice más, mucho más, que la historia patria.

Pinillista de tiempo completo

En 1970, mi abuelo Felipe tuvo una enorme decepción: su amado candidato presidencial, el general Gustavo Rojas Pinilla, fue derrotado en las elecciones del 19 de abril por el dirigente conservador Misael Pastrana Borrero, cuando él esperaba, con entusiasmo y una alegría sin límites, que los resultados finales en las urnas lo favorecieran. Pero, veamos qué pasó.

De hecho, el viejo era pinillista desde los años cincuenta, cuando Rojas asumió el poder tras un golpe de Estado al presidente de turno, Laureano Gómez, en 1953, y, sobre todo, cuando en su mandato desarrolló programas de gobierno a favor de los pobres, entre los cuales muchos recordaban la repartición de mercados gratuitos, con dinero del Estado.

En su opinión, esto era la expresión no solo de la democracia -proclamaba, exaltado, como si estuviera todavía en una sesión del Concejo de Marsella- sino del espíritu cristiano que reclamaba desde Jesús poner los poderes públicos al servicio de los más desfavorecidos y humildes, no de los ricos, esa pequeña minoría que en Colombia había disfrutado a sus anchas del control del Estado y sus múltiples beneficios.

En defensa de su ídolo

Claro que esto era tildado por los críticos de oficio (u oficiales) como populismo, demagogia y hasta despilfarro que tarde o temprano llevaría al colapso de las finanzas públicas, pero a él no le importaba o, mejor, veía tales argumentos como falsos y parcializados, opuestos a los intereses del país y, en último término, de las mayorías populares que por fin en esa forma se rebelaban contra la oligarquía de que hablara Gaitán.

Y aunque era godo hasta los tuétanos, desde entonces fue fiel a su caudillo, aun cuando éste fuese también víctima de un golpe de Estado y huyera del país tras ser acusado por graves cargos de corrupción, pasando a la historia como dictador, calificativo que de ningún modo aceptaba, dijeran lo que dijeran.

De ahí que cuando Rojas regresó al país a fines de los años sesenta, enarbolando las banderas de un nuevo partido político (la Alianza Nacional Popular -Anapo-) para desafiar a los dos partidos tradicionales y, en especial, al conservatismo que tenía derecho al siguiente mandato presidencial por la correspondiente rotación del gobierno en el Frente Nacional y para suceder al liberal Carlos Lleras Restrepo, su pinillismo volvió a salir a flote y desbordarse cuando su candidato llenaba las plazas de pueblos y ciudades -¡incluso la de Villa de Leyva!-, recibía más y más seguidores, ponía a temblar al establecimiento y parecía ir rumbo a la victoria, así la gran prensa dijera lo contrario.

La derrota por un fraude

Más aún, el 19 de abril, al efectuarse el conteo de votos por parte de la Registraduría, Rojas resultaba ganador hasta la medianoche según las transmisiones radiales, pero el lunes 20, en la mañana, las cifras cambiaron por completo, como si de veras se hubiera hecho fraude (tal como luego lo confirmaría el propio ministro de Gobierno, Carlos Augusto –El Tigrillo– Noriega, pocos años después, cuando rompió con su antiguo jefe, Misael Pastrana, quien obtuvo el triunfo con un escaso número de votos de diferencia frente al jefe anapista).

Su decepción fue grande, en realidad. Y no volvió a hablar del tema, desengañado totalmente de la política por la corrupción imperante, tan ajena a sus sólidos principios morales.

(*) Escritor y periodista. Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua