1 de agosto de 2021
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Y las inhibieron para abortar

5 de marzo de 2020
Por Alejandro Bedoya Ocampo
Por Alejandro Bedoya Ocampo
5 de marzo de 2020

Una demanda de inconstitucionalidad que buscaba reformar la normativa colombiana sobre el aborto, discusión que tuvo su génesis en la posición que sentó la Corte Constitucional en el año 2006, puso al país a preguntarse si había llegado el momento en que el Alto Tribunal se atrevería a darle un nuevo rumbo a su línea jurisprudencial. Lastimosamente su decisión, como se dice popularmente, fue “salir por un volado” al declararse inhibida; es decir, un asunto de tan alta complejidad y relevancia lo definió un vericueto procesal.

La inhibición es un recurso (¿o privilegio?) que tiene la Corte Constitucional para enderezar un proceso en el que se admitió una demanda, previamente estudiada por el magistrado ponente, que en realidad debió ser rechazada porque no cumplía con los cinco requisitos de demanda (que ella misma impuso). Eso desde la óptica procesal.  De fondo, la Corte no solo vela por los derechos de las minorías cuando por disposiciones generales de otras ramas estos se ven afectados, sino también para que no haya un menoscabo a los derechos fundamentales de las personas, independientemente del grupo poblacional al que pertenezcan.

Hay quienes miramos con asombro que en el caso del aborto la Corporación haya sido reticente. No es lo mismo la inhibición sobre un artículo sencillo del Código de Comercio o de Policía (repito, sencillo) que uno del Código Penal con esta relevancia, en el que además se ve afectada la integridad y la autonomía de la mujer a la hora de decidir sobre su propio cuerpo. Sí, me cuento entre los simpatizantes de la despenalización del aborto, pero al igual que quienes defienden su tipificación como delito, nos negaron, y aun más, a la mujer, el estudio de fondo que amerita una realidad que asimismo tampoco puede ceder ante otro presupuesto procesal, la cosa juzgada, precisamente porque el Derecho está a expensas de la realidad, la cual va más rápido que nuestra regulación y no al contrario; por esta última puerta entra la famosa falacia naturalista que tan inocentemente alimentamos con esa proliferación de leyes que hay en nuestro país.

He sido un defensor de la Corte, pues en cumplimiento de su labor nos ha sabido librar de muchos adefesios del mismo establecimiento, en especial cuando otrora su ala mayoritaria era de corte liberal. Hoy la sigo defendiendo, a pesar de que su línea parece que es otra, pero eso no me impide hacer una crítica constructiva a algunas de sus decisiones, precisamente porque es mi derecho fundamental, ampliamente defendido por este Colectivo, extrañamente no así con la mujer y su derecho a decidir sobre su propio cuerpo.

Me atrevo a vaticinar que tarde o temprano hablar del aborto, así como de la dosis personal, será como hoy lo hacemos con lo que alguna vez fue la penalización de la homosexualidad. Nos preguntaremos cómo es que dimos tantas vueltas para aceptar la realidad y entender que cuando algo que no incide en la vida de los demás está prohibido, solo hace más lucrativos los negocios irregulares de la sociedad, pero sobre todo, que en ese contraste, mientras unos son estigmatizados, castigados y se exponen a peligros innecesarios, otros se llenan sus bolsillos a costa de esos sufrimientos.

Será esperar que el tema se resuelva por algún lado, aunque difícil cuando las tres ramas del poder público de alguna forma se inhibieron de hacerlo, unas por conveniencia y otras por capricho. Por ahí derecho a ellas también las inhibieron de abortar, como si su cuerpo fuera una celda o cuerpo ajeno que no se toca.

 

Por: Alejandro Bedoya Ocampo