17 de junio de 2024

Moriríamos de tedio

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
27 de marzo de 2020
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
27 de marzo de 2020

De adolescente usaba ropa heredada de mis primos mayores, casi nunca había plata para ropa nueva, cuando la había, además, mis padres o mis tías la malbarataban comprándome ropa de hombres adultos. No olvido, por ejemplo, con desagrado, mi vestido de primera comunión, que habré usado a regañadientes no más de dos veces, comprado en el Almacén Exclusivo y que debió costar un dineral. Con ese mismo dinero me habrían dotado de bluyines y camisetas sin cuello para muchos años, pero no se les ocurrió. Igual sucedió cada año con los pantalones de poliéster y paño que me compraba mi tía, y que me avergonzaban frente a mis amigos de colegio y barrio. Así que me gustaban más las herencias: los bluyines desteñidos y un tanto raídos, las camisetas a veces agujereadas, y las chaquetas de codos desgastados.

Pero no sólo pasaba con la ropa, también con los muebles, que iban pasando de mano en mano en la familia, y no sólo por herencia, sino también porque alguien decidía remodelar, lo que era extraño, pero sucedía de vez en cuando. Así llegaban a mi casa sillas, estantes para libros, mesas y camas. E igual que la ropa, traían con ellas los vestigios de sus anteriores dueños, señales inequívocas de haber sido usadas; traían adheridos restos materiales y anímicos de quienes las habían utilizado.

En La casa de la vida el escritor italiano Mario Praz hace, bellamente, el recuento de los elementos que lo acompañan en su casa, los que acumuló gracias a herencias, regalos y compras. Tal historia, de sus cosas, es también la de su familia, su calle, Roma, Italia, el arte y, claro, de la humanidad; y es, cómo no, principalmente, una historia íntima, profunda, capaz de llegar hasta los rincones más recónditos de su alma. Cualquiera puede reescribir el libro de Satz recorriendo su casa y narrando la historia de cada uno de los objetos que la habitan. Pero ni la cuarentena que hoy vivimos sería suficiente, y seguro tomaría, también, las más de quinientas páginas que le tomó a Praz, porque lo importante en este caso es recuperar el relato que subyace en aquella reproducción de Las Meninas, por ejemplo, que había en mi casa enmarcada en un marco pretencioso y rococó; o en la lámina de La joven de la perla, que una vez pegada con goma a una tabla, fue enmarcada por una profusión de conchitas de pasta comestible, previamente pintadas con vinilo dorado; o en la silla Arkana preferida por todos para ver televisión, desechada por una tía que quería estar siempre a la moda, y que desentonaba con las demás sillas desclasadas que acusaban, con mayor tristeza, los múltiples golpes recibidos durante los juegos infantiles.

La artista María José Arjona hizo un performance durante la tercera bienal de danza de Cali en 2017, en la que utilizó una tonelada de ropa usada. En su momento la artista definió su obra como “un archivo del cuerpo conectado al futuro, y no una evasión al pasado”; luego respondió en una entrevista a Halim Badawi: “… en esa ropa usada identificas el olor de muchos cuerpos, pero ya no están ahí, y luego ves algunas prendas tan usadas que casi tienen la forma de la persona que las vistió… en esa ropa había una serie de señas y de presencias que… podían reinterpretar mi cuerpo y desde ahí formular un cuerpo nuevo, desde la ropa usada, algo que es como un desecho, pero que funciona como archivo también…

Las revistas y los libros de mesa de decoración son aterradores. Tanto o más que las revistas de moda o las páginas de Instagram en las que sólo se ve gente hermosa, bien vestida y maquillada. No hay vida en esas fotografías. Son imágenes mentirosas. Nada desentona, todo es perfecto, no hay en ellas pasado o presente, y menos futuro. No se evidencian los rastros de humanidad que reflejan las cosas ajadas por el uso. Tienen la estética de los hoteles en los que todo es impersonal y casi perfecto, en los que no hay un pocillo desportillado y las sábanas y las toallas tienen un blanco impecable. Sólo se ven objetos incapaces de narrar algo. Nunca una de aquellas casas podría ser tomada, ni sería capaz de reducir la noche a límites; nunca una de aquellas sillas podría narrar las venturas y desventuras de las posaderas que se habrán sentado en ellas. Moriríamos de tedio si viviéramos en esas casas, como moriríamos de asco si siempre estrenáramos ropa. La ropa nueva sólo les queda bien a los difuntos, precisamente porque ya no tienen futuro, como podría sugerir Arjona.

 

Manizales, 27 de marzo de 2020