17 de junio de 2024

Mi salto en el periodismo de “El Diario” a “La Patria”

29 de marzo de 2020

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Como ya algunos saben, en estos días celebro mis primeros cincuenta años de vida periodística, motivo por el cual acaba de publicarse en Amazon, de manera exclusiva, el primer tomo de mis Memorias: “Una vida en olor de imprenta”, con ediciones impresa y digital.

Aunque en días pasados apareció acá un fragmento de esa obra, titulado “Un trágico episodio del periodismo caldense”, quiero cerrar el tema con los gratos recuerdos de mi incipiente actividad periodística en Pereira y Manizales, aprovechando la generosa acogida de EJE 21, nuestro gran diario digital del Eje Cafetero.

Sin más preámbulos, vamos al grano.

De la mano del abuelo

En 1970 -es decir, hace medio siglo-, mi abuelo materno, Felipe Montoya, veía satisfecho mis incipientes avances periodísticos en Pereira, donde el suscrito, a la temprana edad de catorce años, no sólo era columnista editorial de El Diario, el principal periódico de la ciudad, también director-fundador del periódico escolar Satélite en mi colegio de bachillerato, Rafael Uribe Uribe, con el cual les compatía a otros centros educativos, como el Instituto Técnico Industrial.

De hecho, la publicación institucional del Técnico aparecía en los talleres de La Patria de Manizales, con sus moderno y novedoso sistema offset, mientras el nuestro era impreso, por sus menores costos, en una modesta imprenta, con linotipos similares a los de El Diario, situada a pocos pasos del Parque La Libertad, sobre la carrera octava.

El viejo, además, se sorprendió gratamente cuando le informé que, por mi iniciativa, había enviado al periódico manizaleño, Decano de la prensa en el occidente colombiano, un artículo de opinión que fue acogido en la sección Columna Universitaria, donde sus directivos abrieron la puerta a la juventud que ya estaba ejerciendo notable protagonismo en la vida colectiva.

Fue tal su entusiasmo por ese paso que no cayó en cuenta de las tesis sociales, con aire marxista, que su nieto exponía allí, de las cuales pensaba que eran el eco de sus profundas convicciones políticas y religiosas, signadas por el recio conservatismo y la moral cristiana.

Una tarea detectivesca

Días después, mi abuelo salió con otra propuesta, aún más atrevida: lograr que mis escritos pasaran de El Diario -del que yo era colaborador desde 1968- a La Patria y, por ende, del primer diario local al líder de la región cafetera que ahora incluía tres departamentos: Caldas, Quindío y Risaralda.

Como él, a su vez, conocía de sobra el rotativo fundado en 1921 por Francisco José Ocampo al servicio de las causas conservadoras en nuestro país (no del liberalismo, como El Diario dirigido por Alfonso Jaramillo Urrego tras suceder al ya legendario Emilio Correa Uribe), buscó la manera de alcanzar su propósito, no sin adelantar una tarea detectivesca.

Fue así como averiguó que el célebre cronista Luis Yagarí, cuya leída columna Jornadas él tanto disfrutó durante décadas en su café de Marsella, estaba al frente de la sección informativa de Pereira en La Patria, por lo cual creyó, a pie juntillas, que era la persona indicada para hacer realidad el sueño en que estaba empeñado.

Indagó, pues, donde residía Gonzalo Uribe Mejía (nombre de pila de Yagarí) en la capital risaraldense, y envió allí al muchacho con una carpeta de sus artículos, a modo de archivo.

“Que Dios lo bendiga”, me dijo al despedirme, insistiendo en la misión trazada.

Mi encuentro con Yagarí

Llegué temprano a la casa de “don Gonzalo” (como empecé a decirle), en la carrera quinta entre calles 14 y 15 de Pereira. Doña Elenita Palacio, su esposa, abrió la puerta y me hizo pasar tan pronto le expliqué de qué se trataba.

Gonzalo Uribe Mejía (Luis Yagarí) – Foto cortesía de «La Patria»

Ella, claro está, se mostró complacida porque este joven, todavía adolescente, ya fuera periodista, publicara artículos en la prensa local con carné de colaborador en mano, dirigiera un informativo en su colegio y deseara colaborar en La Patria, sin duda un atrevimiento mayúsculo. Me invitó a ocupar una elegante silla de cuero, mientras llegaba su esposo.

Minutos más tarde, Yagarí repasaba mis artículos, de los cuales había visto uno que otro en El Diario, y cuando llegó al último, aún sin publicar, me pidió que se lo leyera en voz alta, quizás para saber cómo lo hacía.

Yo, que tenía vasta experiencia en tal sentido por ser orador oficial de los estudiantes en mi colegio, puse la entonación requerida, conteniendo la respiración en el momento preciso, e hice énfasis en las partes que me parecían mejores, donde era más evidente la influencia de la escuela grecocaldense que don Gonzalo representaba en grado superlativo.

“Sí, voy a escoger uno para mandarlo a La Patria, a ver si lo publican”, me aseguró cuando se levantó para despedirme junto a doña Elenita, quien parecía haberse convertido en mi cómplice a juzgar por su tierna mirada y su pícara sonrisa.

“Muchas gracias”, respondí emocionado.

Envío del poeta de La Ruana

En los días posteriores, lo primero que hacía en la mañana, al levantarme, era ir hasta las oficinas de La Patria, situadas a la vuelta de mi casa (en la carrera novena entre calles 22 y 23), para comprar el periódico, buscando ansioso la sección de Pereira y deseando, con el corazón agitado, la publicación de mi artículo.

Hasta que apareció, pero distinto al que yo esperaba, con una nota aclaratoria, entre paréntesis y debajo de mi firma: “Envío del poeta Luis Carlos González Mejía”. No sabía, en realidad, qué había pasado.

Lo supe después, cuando Yagarí me explicó, presa de la alegría, que el envío de ese artículo no era obra suya sino del insigne Poeta de La Ruana (de ahí su título: En voz alta, que era el de mi columna semanal en El Diario, del que lo había recortado), todo porque ahí me refería a su amigo Iván Cocherín, prestigioso escritor caldense de corte costumbrista, quien recientemente había dictado una conferencia sobre literatura en el Instituto Risaraldense de Cultura que dirigía el pintor Rubén Jaramillo Serna.

“Esta es su consagración definitiva”, me aseguró el viejo cronista, considerado “el mejor del país” por Hernando Giraldo, uno de los columnistas más leídos de El Espectador.

“Tiene que ir a conocer al poeta para agradecerle”, me dijo, no sin antes entregarme una tarjetica con su nombre para llevársela al Club Rialto, donde el maestro Luis Carlos fungía de secretario honorífico.

Dedicatoria, carta y soneto

El poeta me conocía como columnista en El Diario, periódico del que él fuera redactor en tiempos lejanos, junto a Alfonso Jaramillo, actual director; me habló de Cocherín, con quien no pudo verse en su pasada visita a Pereira, y me obsequió un ejemplar de su libro Asilo de versos (Sibaté con más celdas), con una dedicatoria que luego yo celebraría, orgulloso, ante mis familiares y amigos: “Para el joven periodista Jorge Emilio Sierra Montoya, cuya generosa amistad me estimula”, no sin comprometerse con darme un artículo suyo para mi periódico escolar.

Luis Carlos González – Foto cortesía de «El Diario»

A los pocos días de ese encuentro histórico, me dejó su colaboración en la recepción del club -“Para el amigo Sierra Montoya”, decía el sobre cerrado-. Eran dos páginas escritas a máquina, la primera de las cuales explicaba, en tono coloquial:

“Amigo Sierra: Nunca he sido nada distinto a un modesto versificador y el calificativo de poeta no existe para mí, para aplicación propia o ajena. Siempre he considerado que el poeta es el lector, obligado a gozar, ya rimado, un pensamiento propio que no le ha sido posible expresar en forma acariciante, sonora y agradable”.

Y agregaba: “Pero, como no quiero aparecer ante usted como un hombre de mala voluntad, le adjunto uno de los cardos de mis últimas cosechas. Excuse su baja calidad, pero sigo siendo un romántico, pasado de moda, operado con leña y sin repuestos”. Así concluía el mensaje que iba con su firma, identificándose, al despedirse, como mi “amigo agradecido”.

En la citada segunda página estaba el poema Soneto inútil, inédito hasta entonces y, por tanto, exclusivo para Satélite, donde él canta a un amor tardío, en su vejez, relación que permanece oculta, clandestina, por la cobardía de la pareja.

Entrevista con regaño del maestro

Ambos textos salieron en la siguiente edición de Satélite, en una sección especial para los mejores escritores de la región, al igual que una pequeña crónica de Yagarí, quien también quiso darle su apoyo al nuevo colaborador de La Patria, donde no tardó en aparecer mi primera entrevista, precisamente al poeta Luis Carlos, pues el mismo Yagarí me la solicitó, aprovechando la amistad que recién había nacido.

Solo que en la versión de mi diálogo con el poeta, éste apareció llorando, conmovido, en alguna finca donde oyó dizque la bella interpretación de La Ruana, su más famoso bambuco, situación que de ninguna manera había ocurrido, lejos de contarla en la entrevista.

Escuché en silencio el cordial regaño del maestro, quien sentenció que un periodista no debe mentir sino sólo decir la verdad y cumplir así con la regla de oro de su oficio, la objetividad, aunque por ello pierda lectores y sus escritos no tengan el mayor impacto deseado.

Esa fue una lección que yo tendría presente por el resto de mi vida.

(*) Escritor y periodista. Ex director del diario “La República” – [email protected]