13 de junio de 2024

Hacia la bancarrota

30 de marzo de 2020
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
30 de marzo de 2020

Por culpa de la pandemia más de la cuarta parte de la población del mundo permanece encerrada y, por supuesto, la economía se frenó. La vida nos cambió bruscamente; todavía recordamos que el año se inició con un ligero optimismo para la economía mundial; el Fondo Monetario Internacional había pronosticado que la economía subiría en casi medio punto porcentual su ritmo de crecimiento, frente al 2,9% del año pasado. Contribuyeron varios factores como la tregua en la guerra comercial en Estados Unidos y China, así como la claridad respecto al Brexit, aspectos que despejaron la incertidumbre y prepararon a los países para nuevos negocios. Aunque ya se conocía sobre la aparición del coronavirus los pueblos pensaban que Pekín resolvería el problema.

A mediados de enero aparecieron los primeros informes sobre el virus que enfermó a decenas de habitantes de la ciudad industrial de Wuhan. Pero a principios de febrero ya se sabia que el virus había infectado a más de 40.000. en este punto varios países reportaron que el virus se había extendido. Terminando el mes, mientras China controlaba la peste, surgió un brote infeccioso en Daegu, Corea del Sur, lo mismo que en el norte de Italia y en Irán. También fueron apareciendo casos en Noruega, Rumania, Estonia, Dinamarca, México y Brasil; el mundo se espantó porque el virus iba cruzando fronteras sin pausa y llegó a 59 países, de todos los continentes. El 28 de febrero la Organización Mundial de la Salud (OMS) subió la calificación de riesgo alto a muy alto y su director dijo que el mundo debía prepararse para una pandemia, pero advirtió que “no es un momento para tener miedo”.

Sin embargo llegó el pánico y se contagió la economía mundial. Se desplomaron todas las bolsas del mundo, durante seis días seguidos y el petróleo cayó 17%. Semejante tormenta no se veía desde la crisis financiera de 2008; se estancó la producción y el turismo en Asia y Europa; en consecuencia, se empezó a rumorar sobre la recesión mundial. El pánico se tomó las ciudades y los compradores arrasaron con los víveres de los supermercados. Aunque el problema principal es la salud, los economistas y líderes del mundo empezaron a recordar las enfermedades de la economía en el siglo XX, las bancarrotas y las crisis.

Períodos críticos y bancarrotas

Los economistas siempre recuerdan la Gran Depresión, o la Crisis de 1929, el gran colapso financiero del mundo capitalista, que se prolongó durante la década del treinta. Se originó en Estados Unidos a partir de la caída de la bolsa de valores de Nueva York y se extendió a todos los sectores de la producción. El comercio internacional descendió hasta 66% y el desempleo alcanzó 33%. La crisis se superó, entre otras causas, por la Segunda Guerra Mundial; los primeros pasos los dio Hitler quien preparó a su país, Alemania, para la guerra. Mientras tanto en Estados Unidos su presidente Roosevelt estimuló la industria militar para satisfacer las necesidades de los países europeos que veían llegar el nuevo conflicto bélico.

La Gran Crisis derrocó a los gobiernos conservadores de casi todos los países; se salvó la Unión Soviética que se había aislado del comercio mundial. Pero también se escapó  Japón porque se estaba preparando militarmente para su invasión de Manchuria. Los países escandinavos evitaron la tragedia debido a sus recursos agrícolas y porque desarrollaron a tiempo el sistema de seguridad.

En nuestro país la crisis no alcanzó la dimensión de catástrofe, como en Estados Unidos, por la suspensión de pagos y por la moratoria de las deudas decretada por el gobierno liberal de Enrique Olaya Herrera; pero hay que tener en cuenta, también, que el pánico se frenó por el patriotismo efervescente derivado de la Guerra con Perú, en 1932.

Después de la guerra aparecieron en Estados Unidos las corporaciones transnacionales para repartirse los mercados del mundo y durante los años setenta y ochenta controlaron el 80% de la actividad económica. En esta euforia de la economía mundial se fueron imponiendo los conceptos de libre comercio, apertura económica, globalización y neoliberalismo. En medio del entusiasmo el ideólogo del capitalismo Francis Fukuyama, politólogo estadounidense de origen japonés, se atrevió a pronosticar “el fin de la historia”.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan plantearon que “el Estado es el problema y no la solución”. Los ideólogos del neoliberalismo despreciaron el papel del Estado y permitieron que se desbocara el capitalismo salvaje, porque en el mundo globalizado es fácil esquivar los controles del Estado, que está obligado a poner reglas y orden, porque el mercado libre no es la solución a todo. Como consecuencia llegó la crisis japonesa de 1990. Cuando el aumento de las tasas de interés hizo explotar la burbuja inmobiliaria, creció el desempleo y cayeron los precios de la vivienda. La catástrofe de la segunda economía más grande del mundo, en ese momento, llegó a Europa y produjo la quiebra de bancos y su concentración.

Pero también le llegó el turno a la economía más poderosa. El 15 de septiembre de 2008, Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión de Estados Unidos se declaró oficialmente en bancarrota. Los estadounidenses se horrorizaron porque Wall Street cayó 4,42% e hizo convulsionar el sistema financiero mundial. Y se produjo el efecto dominó porque se desplomaron las bolsas de Londres, París, Madrid y muchos otros mercados; siguieron las bolsas de Tokio, Corea del Sur, Hong Kong y América Latina. Este contundente golpe no se sentía desde el desplome de las torres gemelas, el 11 de septiembre de 2001; en este momento los economistas recordaron la Gran Depresión de 1929. Como principales causas de la crisis se mencionan, la especulación con las viviendas, el déficit del comercio exterior y la guerra de Irak.

La crisis de hoy

Cuando la OMS declaró que estábamos ante una pandemia se encendieron todas las alarmas. Ante los hechos la prioridad es la salud, detener el avance del virus a pesar de las repercusiones económicas. Pero mientras que China logró aplanar la curva de la epidemia el nuevo epicentro se situó en Europa y en Estados Unidos. Donald Trump había menospreciado la amenaza y tuvo que declarar la emergencia nacional cuando su país se empezó a contagiar con velocidad. Y en Italia, para prevenir un daño económico, no se tomaron las medidas necesarias como encerrar a la gente para evitar el contacto social; hoy la nación está paralizada, lo mismo que España, países que tuvieron que adoptar la cuarentena general y congelar las actividades económicas.

El coletazo del coronavirus asestó un duro golpe al comercio, al turismo, a las actividades de servicios y a los eventos culturales, artísticos y deportivos, que son hechos que generan mucho empleo. Pero a esta situación le sumamos la caída de los precios del petróleo y el temor al contagio exponencial del virus; frente a esta cruda y dura realidad podemos afirmar que estamos en la antesala de la recesión económica. Para protegerse los gobiernos y autoridades monetarias están tomando medidas, como la inyección de liquidez y la reducción de las tasas de interés. Por ejemplo, el Congreso de Estados Unidos aprobó un paquete de estímulos por más de dos billones de dólares y en Europa se habla de un fondo de rescate por 500.000 millones de euros. El Viejo Continente y Estados Unidos pueden adoptar programas fiscales agresivos, pero no ocurre lo mismo en los países del tercer mundo. Mientras tanto Trump, quiere levantar el confinamiento lo más rápido posible, pero su país se convirtió en el centro de la pandemia por la política errática del presidente quien duda entre la economía y la salud. Así seguimos rumbo a la depresión, mientras avanza la guerra contra el Covid-19.