27 de junio de 2022
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El voto militar

2 de marzo de 2020
Por Humberto de la Calle
Por Humberto de la Calle
2 de marzo de 2020

Nuevamente surge la idea de reconocer el voto a la fuerza pública por cuenta del Centro Democrático.
En un territorio abstracto, la propuesta podría ser inobjetable. Se trata de ciudadanos y eso sólo debería habilitarlos para disfrutar de las mismas prerrogativas que se reconocen a los demás en la misma condición. Es decir, si para votar basta con ser ciudadano, no habría razón para excluir a quienes detentan sin duda esa misma condición, sólo porque portan armas. Y, agregan los defensores, precisamente portar armas con más veras les debería permitir votar, ya que esa defensa está en la medula de la preservación del estado de derecho. Además, como lo dijo Noemí Sanín, son pocos los países que lo prohíben.
El riesgo de esta discusión así planteada es acudir a los “grandes principios”, sin prestar atenciones a los datos de la realidad concreta.
Creo que dar ese paso ahora es un error de consecuencias dañinas o, al menos, impredecibles. Y que cuando se haga patente el estropicio, ya será tarde. Como dijo el General Bonnet, “El día en que los políticos empiecen a visitar los cuarteles para hacer campaña, esto se derrumba”.
El General Valencia Tovar desarrolló el punto der manera contundente: Si pueden votar nadie puede impedir que los políticos vayan a los cuarteles. No deseo imaginar ese espectáculo.
Los argumentos en contra son, pues, de coyuntura. Pero suficientemente sólidos. Y dichos con pleno respeto por soldados y policías. Por un lado, esto induce una politización activa de las fuerzas armadas que sería una marejada imposible de controlar. El día electoral la fuerza pública copa todos los puestos de votación. En las actuales circunstancias de Colombia, en medio de la ferocidad que nos flagela, ese hecho en vez de convertirse en garantía como es hoy, será una mancha negra: la credibilidad del sufragio, ya afectada, quedará por los suelos. No habrá candidato perdedor que no termine atribuyendo su derrota a la fuerzas pública.
Otro elemento es la forma como en la práctica se manifiesta el principio de obediencia debida.
Los defensores de la idea dicen que ya nuestras fuerzas son maduras y suficientemente profesionales. Que cada miembro de ellas sabe distinguir entre la obediencia operacional y la libertad del voto. ¿Nos creen tontos? Sectores de la fuerza pública, no todos por fortuna, mataron inocentes simplemente porque sus superiores los indujeron ofreciendo premios banales. Si esto ocurre estando de por medio la vida y la muerte, ¿qué puede decirse de un voto desvalorizado? ¿Quién se niega? ¿Quién desafía a su superior?
Hay que recordar que esta prohibición nació en 1932, gobierno de Olaya, por petición de los propios militares, en función del necesario profesionalismo y disciplina en las filas.
En todo caso, es esencial que la discusión no esté contaminada por el espejismo de unos 500.000 votos para el CD. Hizo bien Duque en desmarcarse de su partido. Ya en La Habana la guerrilla mil veces intentó seducir a los militares con una alianza proletaria en contra de civiles oligarcas que martirizan al pueblo sin importar el uniforme. Por fortuna el pundonor de los generales Mora y Naranjo impidió que esto prosperara. Lo llamo espejismo porque basta un chafarote audaz, caso Chávez, para que las cuentas salgan al revés.