25 de febrero de 2021
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Recuerdo de una integración

6 de febrero de 2020
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
6 de febrero de 2020

Es el año 2050. Hace treinta calendarios que dimos lo primeros pasos para consolidar un proyecto regional latinoamericano acariciado desde el embrión de la independencia de estas naciones. En aquella época la comunidad internacional se sorprendió con la salida abrupta del Reino Unido de la Unión Europea, lo cual generó consecuencias inesperadas en el viejo continente que iban desde las dificultades en la movilidad estudiantil hasta una ralentización en el crecimiento inglés en razón a la disparidad de las reformas adoptadas, que no encajaban con los modelos preexistentes. Ante semejante debacle, las voces integracionistas no se hicieron esperar cobrando esta aventura separatista al entonces Primer Ministro Británico Boris Johnson, y mientras el reino insular se adhería nuevamente a Europa, América inició su proceso unificador, respondiendo con iniciativas que mas tarde se convirtieron en lo que hoy, a mediados del siglo XXI, conocemos como la Unión Latinoamericana.

Aquella no era una idea nueva. Desde Bolívar se habían dado los cimientos para esta quimera que tristemente empezó a disolverse como una sola nación en 1890 con la Primera Conferencia Internacional Panamericana y el surgimiento del concepto de “Panamericanismo”, según el cual las sinergias debían darse mediante acuerdos sectorizados en materia social, política, económica, cultural, religiosa y geográfica, pero no como un pacto unificador total que nos presentara como un solo bloque internacional. Esta conferencia evolucionó hasta convertirse en la Organización de Estados Americanos en 1948. Los planes unificadores a partir de entonces no respondieron efectivamente al sueño de consolidación existente. En efecto, la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI, 1960-1980), el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA, 1975), y organizaciones intergubernamentales como la Comunidad Andina de Naciones (CAN, 1969) y el Mercado Común del Sur (Mercosur, 1991) adoptaron decisiones concretas hacia una integración sectorizada pero no se consolidaron nunca como una iniciativa que permitiera la profundización de las reformas en todos los sectores de los países involucrados.

Hace 30 años el destino dio un giro. Las crisis regionales demostraron que cualquier esfuerzo realizado por un solo país resultaba insuficiente para resolver los conflictos. El drama político y económico en Venezuela, la inflación y elevada deuda pública en Argentina, las protestas chilenas, bolivianas y colombianas que demostraban un creciente descontento social y exigían reformas inmediatas, la pérdida de cobertura vegetal en Amazonía brasileña, el afincamiento de los sueños migratorios en Centroamérica, las catástrofes climáticas en el caribe producto del aumento de temperatura global, eran todos retos que se requerían abordar en un contexto continental.

Los verdaderos líderes encuentran oportunidades en las dificultades, ven luz en medio de la noche y fijan la cima cuando se hallan en la profundidad de la montaña.  Felizmente estos eventos caóticos fueron interpretados con un acertado sentido del momento histórico y en 2020 se dieron los cimientos para una consolidación del proyecto integracionista. Para ello fue necesaria la dignificación de la identidad latinoamericana, generando conciencia sobre el orgullo que representa nuestra identidad y fortaleciendo los factores que nos unen como latinos.

Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana y  Uruguay (mas tarde se uniría Venezuela) acordaron la creación de la Unión Latinoamericana como comunidad de derecho público nacida para propiciar la gobernanza de los Estados y pueblos de América Latina como un solo bloque, respetado la autonomía en la confirmación de cada gobierno, su estructura militar, sanitaria y educativa interna, siempre que estos se enmarquen dentro de los objetivos definidos en bloque por la Unión.

Hoy corre el año 2050 y la Unión Latinoamericana agrupa a mas de 800 millones de habitantes, 22.2 millones de Km2, 20 países, 3 idiomas principales y más de 100 dialectos, en conjunto representa la tercera economía global por detrás de China e India, las organizaciones regionales se han disuelto para integrarse en capítulos de la Unión. Como nunca se ha disminuido la inseguridad y se goza de pleno empleo generado un crecimiento sostenido durante más de una década, el “Latino” como moneda única, le ha inyectado fuerza al comercio internacional que se permite entre nuestras naciones de manera libre, la educación y la salud ahora son derechos de cobertura universal y gratuitos y se ha reducido el analfabetismo a cifras récord. Por último, gracias a una amplia variedad de flora y fauna, poseemos las mayores concentraciones de agua dulce del plantea, que permite conservar ecosistemas sensibles y se garantiza el suministro de alimentos en un entorno mundial donde estos son cada vez más escasos en razón a las sequías extendidas en naciones que antes considerábamos desarrollados.

Finalmente demostramos que la unión hace la fuerza.

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