25 de febrero de 2021
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El Maracaibo o la felicidad en blanco y negro

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
3 de febrero de 2020
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
3 de febrero de 2020

Tan pronto usted llegaba a la tierra prometida del Club de Ajedrez Maracaibo, en pleno centro de Medellín, cambiaba de léxico, sexo, religión, familia, aberraciones, amigos.

Se olvidaba de la comida, del primero y del último amor. No más úlceras. Adiós pobreza.  Disfunción eréctil, no te quito más tiempo.

Nadie le reclamaba por ese “conejo” que puso en lugares no santos. (Conejo el que puso el rey que quiso recompensar al hindú que le inventó el ajedrez para entretener sus ocios. No tuvo con qué pagar la cuenta: 18.446.744.073.709.551.616 granos de maíz, y espero que Ofelia Peláez haya hecho bien las cuentas que tomo en préstamo de su delicioso libro Curiosidades alrededor del mundo. Parte 1, editorial ITM).

El Maracas era un escenario donde no había jefes. Las esposas brillaban por su notoria ausencia. Nadie te mandaba a comprar leche. No había que hacer fila para pagar servicios.  Si esto no es lo más parecido a la felicidad toca barajar y dar de nuevo.

Ese delicioso parche se apagó hace unos años. La fachada luce el lúgubre aviso de se vende o se alquila. Ya no vive nadie en él. Lo habitan los fantasmas de los trebejistas que jugaron allí.

Se me pianta un lagrimón cuando paso por la vieja calle Maracaibo, entre Junín y Palacé, donde funcionó (foto). Lo remplazó uno que queda por los lados del Café La Bastilla. Aquí vale lo de nunca segundas partes y tal…

Otro club que tomó la posta en pleno centro es el de Los Peones. Está a un suspiro del desaparecido Maracas, en Maracaibo con Junín, esquina, segundo piso, sin ascensor, en la misma cuadra donde en el pasado funcionó el Metropol del viejo Herbert Geithner.

En el Maracaibo todos quedaban arropados por la diosa Caissa, patrona del juego. Claro que el juego que vino a lomo de carabela desde la India tiene patrona en los altares, Teresa de Jesús. La mística les alcahuetiaba a sus novicias mover las piezas para sacudirse los rigores de la clausura.

Otra certeza que se vivía en el Maracas: cada partida jugada era la autobiografía en blanco y negro de cada jugador. Cualquier siquiatra podría desentrañar la intimidad de su cliente horizontal siguiendo el hilo de sus partidas.

No en vano los secuestrados y exsecuestrados de la guerrilla le dan gracias al ajedrez por los favores recibidos en cautiverio. Sin las batallas que se dan en los 64 escaques  habrían sido incapaces de sobrevivir a sus verdugos. No me cansaré de compadecer a quien no haya tenido el ajedrez por cárcel en algún momento de sus noches.

El Maracaibo – todo club de ajedrez lo es, digámoslo con Perogrullo- era una ciudad dentro de la ciudad. Un teatro – “ágora o garito”, como diría León  de Greiff quien jugó “con Filidor a los escaques”-  donde se ejecutaban aperturas, defensas, gambitos, fianchetos, enroques, jaques, mates.

En el ajedrez, peones travestis se vuelven damas; damas desinhibidas se dejan comer de plebeyos peones. La primera palabra en alemán que conocimos era zugzwang. En el juego que es ciencia también, quedar en modo zugzwang es perder cualquiera que sea la jugada que se haga.

En estos sitios, hacen nube los patos del ajedrez que vivan al anfitrión que paga el tinto. O invita a las viandas que reemplazaron los encarcelados que vendían en el Maracas en tres colores, según el “maracaibólogo” Pedro Posada Marín: Rojo (guayaba), amarillo (arequipe) y verde (cidra).

Patos y perros que enriquecen el paisaje de los salones de ajedrez,tienen su cepillo de dientes por todo mobiliario, dice el marchante Jorge Hernández, otro de los “habitués” del Maracaibo.

Usted puede caer en manos de  perros del ajedrez – reyes del rebusque- que se dejarán ganar para subirle la moral. Después lo dejarán sin pa’l bus.

Al margen del juego, la hermandad del ajedrez sacará tiempo para acabar prestigios, virginidades. Un club de ajedrez tiene mucho de turco y sauna donde lenguas triperinas en manada no respetan pinta.

El Maracaibo fue último reducto machista del Medellín de los años sesenta. No estaba prohibida la entrada de damas. No aparecían, simplemente. Bastaba con Leticia y Ana, las dos de las meseras que conocía al dedillo el prontuario de la clientela.

Bueno, una de las pocas que pasaba por allí para demostrar que una golondrina sí hace verano, fue la varias veces campeona nacional, Ilse Guggenberger, de ascendencia alemana, quien alguna vez enrocó cortó con el maestro Emilio A. Caro G. y se casaron. Luego enrocaron largo y se separaron.

Otra exquisitez: en el Maracaibo, en el viejo y en el nuevo, se juega ajedrez con la música de fondo del tas-tas de las mesas de billar próximas. Billar-ajedrez: extraño y viejo matrimonio indisoluble. Ese matrimonio es famoso desde el famoso La Régence, de París, donde se daba cita la élite del juego.

Ya que le estamos metiendo nostalgia al ajedrez, recordemos nombres como los de “Tierra fría”, Arcadio Zuluaga, el fundador, el médico Óscar González tan bueno que acompañaba a sus pacientes hasta la tumba, el magistrado Javier Henao Hidrón, el exgobernador Luis Pérez Gutiérrez, el celebérrimo Tirso Castrillón, quien escribió un libro con una sola frase en cada una de las páginas: A nadie le gusta que lo jodan.

Aníbal, el cajero, José, la cuota de Bello, era el encargado de poner las bolas. O negárselas a los menores. Cómo no mencionar a los ilustres fallecidos Carlos Cuartas y a su llave Óscar Castro quien solía decir que sabía que estaba de regreso a Colombia porque aquí todas las mesas están cojas.

Que Dios guarde a la reina Isabel II pero que deje algo para mimar a los inspiradores y jugadores de ajedrez del Maracaibo. De todos los maracaibos. 

Otros Testimonios:

Qué tristeza lo del Maracaibo. No creo que haya habido en Medellín un sólo ajedrecista que se respete que no haya ido allí. La primera vez que fui, fue en 1979. Aparte del humo del cigarrillo, que me impedía ver dos mesas más allá, sólo se respiraba ajedrez, acompañado con tinto y guarito. Como estaba tan jovencito, me gustó más el Filidor pero era consciente de que no igualaba el ambiente de fiebre por el ajedrez ni la concurrencia del Maracaibo. (SI). 

Me puse a analizar las razones para cerrarlo y las encuentro válidas. La generación anterior era muy bohemia, mezclaba mucho el ajedrez con el traguito y eso es lo que mantiene un establecimiento como estos. Hoy veo que los muchachos que van a la liga en su mayoría son juiciosos y poco toman. Y eso sin hablar del cigarrillo que   ya es prohibido en lugar cerrado. Toca reinventar los clubes con otros sistemas: vendiendo comida, o Redbull, o ponerles tienda. El problema es que, lo que sí es constante, es que casi todo el gremio de jugadores es pobre y poco gasta, y así es bien difícil mantener un local. (IS) 

No olvidar:

1.- Los pasteles con quesito
2.- Las escalas
3.- El médico Óscar González
4.- Carlos Cuartas
5.- Tirso Castrillón.
6.- El humero de los cigarrillos.
7.- El salón Fischer
8.- Los billaristas
9.- Los Molina, Piedrahíta, etc.
10.- Los encarcelados. (BG)
 

En la «época gloriosa» del Club Maracaibo, su propietario era el antipático
«tierra fría» don Arcadio Zuluaga, el cajero, su sobrino Aníbal; José (de
Bello) atendía las mesas de ajedrez y Bernardo y don «Caremonia»   (Lázaro)   se encargaban de los billares. El «casao» favorito era una tajada de quesito con un «encarcelao» maridado con Tamarindo tutitfruti.  Después de montar el tercer piso, el Salón Fisher, don Arcadio vendió y  organizó su nuevo salón en la calle Maracaibo con el Palo. Arcadio andaba en su Jeep
Willis 52 carpado y medio desvaratado. (BG)

Encarcelado: pastel, tipo Maracas, que tenía tres colores: rojo (guayaba), amarillo (arequipe) y verde (cidra). A veces, tenían cierre por los cuatro lados; y otras, por dos apenas (cortaban un chorizo largo en varios pastelitos). Los mejores de Medellín eran de la Panadería la Marquesa, que surtía el Maracas, antes de que los Piedrahíta y la Chinga se tomaran nuestro santuario, y que los encarcelados (si no muertos tristemente, como Mario) fueran ellos.  Los encarcelaos los siguen vendiendo en la panadería de las Palacios del centro y de la Avenida  Ochenta, cerca del Éxito de Viva Laureles.

Había unos más baraticos: los de gloria, de la panadería ibídem, de Chepe Molina, en el ochavo del calzoncillo de Barbacoas, abajito de la Catedral. Tenían dos, como toda Gloria… pues, dos ingredientes: guayaba y arequipe. Los hubió redondos, cuadrados, rectangulares, y hasta en banderín (triangulares). Por cada 5 encimaban unas panelitas que llamábamos pelabolsillos, que enviciaban más que la primera moza.

Los tercermundistas eran unos cuadraditos, cerrados por los cuatro lados, que solamente tenían adentro hojaldre viejo y un pasón de guayaba. Por encima, azucar; por debajo: tremendo quemón. Eran mis preferidos, con cuadritos de quesito, que usted, Óscar, (amnésico) me gorrió… bocanada de humo contra el alfil dama, y mano a la presa del último pastelito, en el flanco del rey, junto al banderín del enroque corto.

Touta consultum honoraris causatorem est. ¡Debe! (PP)