23 de enero de 2022
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El gran mamerto

10 de febrero de 2020
Por Humberto de la Calle
Por Humberto de la Calle
10 de febrero de 2020

Le preguntaron: ¿Qué debemos hacer? Respondió: “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene de comer, que haga lo mismo”

Caminó con sus sandalias roídas y una túnica maltrecha, acompañado de los  desposeídos. Señaló que no vale la pena atesorar en exceso. “No puedes servir a Dios y al dinero. No debes llenar tus alforjas porque el obrero merece sustento”. Bebió el agua que le ofreció la Samaritana sin consideración a que pertenecía a un partido rival. Aunque los falsos moralistas lo acusaron, le tendió la mano y el perdón a la pecadora. Expulsó a los mercaderes del templo. En el desierto le ofrecieron gloria y mermelada y la rechazó porque su designio no era sojuzgar. No era obtener poder para esclavizar. Para distribuir de manera mezquina las camas en los hospitales ni los cupos en los colegios. “Ay de los hipócritas que recorren mar y tierra para hacer un prosélito y luego lo aprisionan, cautivo de su poder”.

No era un revolucionario (pagad tributos, al César lo que es del César) pero sí estaba poseído de una vibra distinta, una empatía superlativa y un sentido trascendente de la vida.

Y sentenció: Bienaventurados  los que trabajan por la paz.

Haya sido o no hijo de Dios, dejó un mensaje grabado en Galilea, replicado luego por un Francisco en Asís y ahora por otro Francisco que le dice a los jóvenes que no vale la pena gastar la vida compitiendo a dentelladas para ver quién gana el campeonato en la carrera del consumo, el oropel y la destrucción de la casa común. Un Francisco que alzó la voz aquí, en esta tierra, cuando veíamos el horizonte de la paz, para pedir que voláramos alto, que no nos dejáramos arrebatar la alegría.

Por fin, el barbuchas galileo, denunció a los traficantes del odio, a los fariseos que fingen adoptar su mensaje pero solo para empatar después del rezo. Los que repudian al que es distinto, los que siembran la cizaña de la persecución con falsedades sin cuento en las redes sociales, los que encubren la verdad, los que engrosan el P y G aunque la mayoría sufra un destierro en vida, los que quieren edificar una República invivible. Una República solo para los afortunados. Porque los de afuera, los abandonados, los de la Colombia profunda, esos no cuentan. Son apenas cifras mudas, detritus de seres humanos a los que se  les persigue cuando alzan la voz o simplemente se les condena al olvido: hombres y mujeres invisibles, hechos de celofán.

Entonces que estos escribas y fariseos no vengan ahora a romperse sus vestiduras y a poner el grito en el cielo. Por fuera de consideraciones religiosas, ese galileo que agotó las arenas de Cafarnaúm y Nazaret debe mirar asombrado que ellos, escribas y fariseos, quieren apropiarse de su mensaje y de su inspiración con el propósito de alentar un proyecto que es la negación del que signó la breve vida del aprendiz de carpintero. El mensaje que lo llevó al Gólgota.

Margarita Rosa tiene razón.