23 de enero de 2022
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Cuando fracasa la diplomacia

10 de febrero de 2020
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
10 de febrero de 2020

Hay dos hechos que dejaron muy mal al Gobierno en el campo de la diplomacia internacional, la “embarrada” de Pachito Santos y de Claudia Blum cuando “se fueron de la lengua” en el Hotel Mandarín Oriental, en Washington, y la reciente telenovela que tiene como protagonista a la excongresista Aida Merlano. Es que el presidente Duque ha manejado muy mal la relación con Venezuela; en esta dirección fueron más “astutos” Uribe y Santos. Recordemos algunos ejemplos.

La historia empieza en el año 2000 cuando varios países de América Latina iniciaron la carrera armamentista empezando por Chile, Argentina, Ecuador, Nicaragua, Colombia, Venezuela, México y Brasil. Uno de los pretextos era la ayuda militar que nuestro país recibía para el Plan Colombia. Como respuesta Venezuela modernizó su armamento en la medida en que crecía el liderazgo antiimperialista y cuando Hugo Chávez dijo que el presidente Uribe era el “Cachorro del Imperio”, y se preparó para una posible invasión de Estados Unidos. A esto hay que agregarle que en el año 2008 regresó la VI Flota de la Marina de Estados Unidos, que contribuyó a caldear el ambiente bélico. La flota estaba integrada por modernos buques, submarinos y un portaaviones nuclear. El objetivo era “neutralizar las amenazas que contra Washington se alzan en Latinoamérica”. El comunicado oficial del Pentágono argumentaba que la reactivación de la Flota “servirá para demostrar el compromiso de Estados Unidos con sus socios regionales”.

Sobre este asunto anotó Chávez que estaba listo para responder a cualquier intento desestabilizador de Estados Unidos. En este pesado clima cerró un gigantesco negocio de armas modernas con la Federación Rusa; compró tanques, helicópteros de combate, aviones de transporte, submarinos, y un sistema de defensa antiaéreo. Durante los años 2005 y 2007 se firmaron acuerdos entre Dimitri Medvedev y Hugo Chávez por 4.400 millones de dólares, para adquisición de armas; el contrato incluía una partida de 100 carros de combate T-72 y T-90, pero también cohetes, con un alcance de 300 kilómetros. Sobre este negocio explicó Chávez con su estilo directo: “Pronto comenzarán a llegar coheticos; tu los pones aquí y lanzas el cohetico ¿Sabes a cuántos kilómetros llega? 300 kilómetros de alcance. Y no falla” En esta época el presidente Uribe fue cauteloso porque el país sufría el conflicto interno. Después llegó el gobierno de Santos quien había iniciado conversaciones secretas con la guerrilla de las FARC y en el discurso de posesión advirtió que “la puerta del diálogo no está cerrada con llave”. En ese momento necesitaba a Chávez “su nuevo mejor amigo”; el director de Telesur afirmó que el acuerdo “viene cocinándose en secreto y con todas las precauciones, desde el mes de mayo, con el acompañamiento cercano de Cuba, Venezuela y Noruega”.

Pero murió Chávez y llegó Maduro y salió Santos y llegó Duque; y también entró un guerrerista a la Casa Blanca. Al presidente Trump le gustan las guerras para “hacer a Estados Unidos grande  de nuevo”, y declaró estar a favor de una intervención militar en Venezuela; en julio de 2018 hizo una pregunta aparentemente ingenua ¿No podemos simplemente invadir a Venezuela? Sobre este asunto informó The New York Times que la administración Trump había tenido dos reuniones secretas con militares rebeldes de Venezuela lo que hacía presumir la preparación del golpe militar.

Para la campaña presidencial de 2018 el candidato Iván Duque se convirtió en líder del antichavismo; cuando llegó a la presidencia arreció en la brega para tumbar a Maduro lo que se convirtió en la bandera de su política exterior. Mientras tanto la crisis económica, política y social avanzaba en ese país y Colombia aparecía como el vecino más perjudicado; ante los hechos el gobierno Duque empezó a buscar apoyo internacional para enfrentar la tragedia migratoria de venezolanos. Pero faltó tacto porque algunos funcionarios de nuestro país pensaron que una guerra sería un mal menor. Recordemos que en septiembre de 2018 en una rueda de prensa con Luis Almagro, Secretario General de la OEA, el canciller Carlos Holmes Trujillo y el embajador ante ese organismo, Alejandro Ordóñez, dijo Almagro que en la búsqueda de una solución para Venezuela no se podía descartar ninguna opción, ni siquiera la intervención militar. Y Colombia lo avaló, pues el canciller y el embajador guardaron silencio. Al día siguiente de esta declaración se reunió el Grupo de Lima, creado para buscar una solución a la crisis de Venezuela, y de 14 votos, 11 rechazaron la declaración de Almagro; nuestro país guardó silencio. Francisco Santos, el embajador en Washington, afirmó que para el caso de Venezuela “todas las opciones deben ser consideradas”. En este punto el presidente Duque dijo que buscaría los canales diplomáticos y multilaterales para que Venezuela “recupere su libertad”, y afirmó que “no soy belicista”.

Durante muchos días el presidente nos puso a mirar hacia Venezuela, mientras en nuestro país crecían los problemas de orden público en varias regiones. En ese momento (marzo de 2019) dijo el presidente Trump a Duque que “No me gusta lo que veo en nuestro patio trasero”; al mandatario de Estados Unidos le incomodaba la dictadura de Maduro y el crecimiento de los cultivos ilícitos en Colombia. Duque entendió el mensaje y fue aceptando la estrategia de Trump de convertir nuestro país en la cabeza de playa para derrocar a Maduro. En este ambiente llegó la figura de Juan Guaidó, quien se autoproclamó presidente de Venezuela y luego se produjo el famoso concierto en la frontera; los medios de comunicación mostraban las fotos donde aparecieron Guaidó, Mike Pence e Iván Duque. Dijeron que el régimen de Maduro caería en pocas horas, pero éste no cayó, se atornilló en el poder y, meses después, llegaría la tormenta social que sacudió a varios países de América Latina, empezando por Chile. Y el gobierno colombiano cometió el error de romper las relaciones diplomáticas con Venezuela y de cerrar los 15 consulados que funcionaban en dicho país, para atender a tres millones de compatriotas.

El protagonismo de Aida Merlano

La excongresista se convirtió en el centro de una especie de telenovela por capítulos, y cada entrega resulta mejor que la anterior. Todavía recordamos el escape de película que protagonizó la excongresista cuando se encontraba en un tratamiento odontológico. Luego huyó a Ecuador y después se refugió en Venezuela; aquí se escondió en un apartamento elegante de un barrio residencial de Maracaibo, donde fue detenida por la Fuerza de Acciones Especiales (FAE). Lo que llegó después se considera la “diplomacia del absurdo”. Nuestro gobierno le pidió la extradición al autoproclamado presidente interino Juan Guaidó quien muy orgulloso contestó, tímidamente, que haría lo necesario para “facilitar” el regreso de la excongresista. Y a Maduro se le apareció la Virgen porque utilizó este caso para criticar la política exterior de Colombia; además, Aida Merlano conoce con pelos y señales la corrupción electoral en Colombia, especialmente en la región Caribe, y por esta razón muchos políticos desean que la excongresista se quede en Venezuela.

La frontera entre Colombia y Venezuela supera los dos mil kilómetros, hay cinco millones de migrantes entre los dos países y los contrabandistas y los criminales se mueven libremente por la frontera porosa. Así las cosas, nuestro país es el más perjudicado con el rompimiento de relaciones; Maduro aprovechó el incidente con la Merlano y pidió reabrir relaciones consulares pero el Gobierno rechazó la propuesta. Olvidaron que el poder en Venezuela lo ejerce Maduro y que Guaidó es solo el títere de Trump.

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Esta historia cada día se pone más emocionante porque la exsenadora conoce bien el libreto: desprestigia a los políticos del país; complace a Maduro quien aprovecha el momento para atacar a Duque; se presenta como perseguida política y busca el asilo. De este modo evita la extradición a Colombia. Mientras tanto, en nuestro país, tiemblan algunos sectores de la clase política porque la Merlano “seguirá cantando más que Pavarotti”.