5 de marzo de 2021
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Mirón y lelo

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
3 de enero de 2020
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
3 de enero de 2020

Fui al colegio en bus público desde que tuve algo menos de diez años, una posibilidad que parece hoy imposible, al menos entre algunas familias.  Pronto aprendí cuales eran las rutas y donde debía tomarlas o bajarme. Viajaba en unos buses azules, que poco a poco fueron remplazados por unos verdes, cuyo pasaje era más caro, porque no contaban con subsidio del gobierno.  El pasaje de las busetas era aún más costoso, y por tanto un lujo que no toda familia podía permitirse.  En las busetas olía a perfumes, en los buses no, menos si eran azules.  En un paradero de transporte público se podían encontrar tres tipos de pasajeros: el o la oficinista profesional que tomaban buseta, garantizando que irían sentados y sin riesgos de manoseos o arrimones; el burócrata u obrero afanado que podían darse el lujo de viajar en bus sin subsidio, y portaban la moneda de 25 centavos, emitida exclusivamente para que el ciudadano pagará el subsidio que el estado no; y los demás, dispuestos a arrumarse en uno de aquellos buses azules, maltrechos, y olorosos a acpm, no porque dejaran escapar efluvios del tanque de combustible, sino porque -¡que barbaridad!- con él limpiaban el piso del vehículo.

Viajar en bus público me otorgaba una libertad especial.  El tiempo que transcurría entre la salida de casa y la llegada al colegio, me pertenecía exclusivamente. Nadie decidía que podía hacer con él, ni en que debía emplearlo.  Podía, a mi antojo, escoger por donde caminar una vez me bajaba, o que paradero emplear para tomar el bus de regreso.  El Liceo Arquidiocesano, donde estudie trece años, queda en el centro de la ciudad, así que aquella libertad podía usarla para pasearme por calles atestadas de gente y comercio, asombrado por la diversidad, que me ofrecía mundos o visiones formidables. Pase horas frente al acuario de un almacén de mascotas, viendo dos pirañas que nadaban en menos de un metro cúbico de agua, imaginando que podrían devorar mi mano si decidía introducirla, tal como lo habían hecho con el cuerpo de uno de nuestros héroes familiares.  Una vez llegue hasta los puños con un amigo que decidió ponerles nombres. No eran mascotas, eran prisioneras sin posibilidad alguna de escape.

Los alrededores del colegio eran, además, después del terremoto de 1979 que obligó la demolición de varias manzanas en la zona del parque Caldas, un territorio tanto o más atractivo que el más ingenioso escenario de los libros de aventuras, o de las revistas de muñequitos que leíamos y nos prestábamos. Una vez retirados los escombros de las casas, fue quedando un descampado que atravesábamos, valientes y osados, retando a los pequeños -tanto como nosotros- maleantes, que se apostaban detrás de algún muro, y salían a nuestro paso para quitarnos lo que tuviéramos.  Una vez me sucedió, y mientras era sujeto del despojo, veía como mi director de grupo miraba impávido desde una esquina.  Solo dejó de mirar y siguió su camino, cuando vio correr a los ladrones calle abajo. No me dijo ni pregunto nada.  Yo en cambio tenía un motivo para fanfarronear la semana entera: me habían asaltado, había visto la cara del peligro, me acercaba a la gloria, y eso solo había sucedido cuando les leí a otros compañeros, en aquellos mismos territorios, trozos de El esclavo de Bashevis Singer, como si fuera una obra pornográfica.

Una tarde vi, al salir del colegio, que en el extremo que lindaba con la Avenida del Centro, se habían parqueado varios vehículos de marcas extrañas, y que en medio de ellos comenzaban a levantar unas toldas mugrosas y coloridas. El terreno estaba atestado de personas, las mujeres me parecían inmensas y sus cuerpos eran tan robustos que ningún hombre podía rodearlas.  Muchos niños corrían entre la infinidad de cosas que iban brotando de las bodegas y los techos de los carros. Alguno de los nuestros gritó que eran gitanos. Pase la noche entera pensando en el campamento, y salí temprano a coger el bus azul de tal forma que pudiera husmear.  Llegué con tiempo suficiente y comencé a dar vueltas al sitio. Habían instalado varias carpas y los vehículos servían de valla, no obstante, había una especie de puerta en la que me detuve para poder ver lo que sucedía adentro.  Algo, en una olla renegrida, hervía sobre un pequeño fogón de carbón que había en el centro del patio improvisado, eso fue todo lo que vi, y una cantidad de niños que corrían y gritaban, hasta que la imagen de una mujer dando de mamar a un bebe con todos sus pechos al aire, me hipnotizó. Era incapaz de retirar la mirada de aquel pecho generoso, de pezones oscuros y grandes, hasta que sentí el golpe en la cabeza de un trozo de carbón aún encendido y los gritos de ella insultándome, enardecida.  Corrí, corrí como si todo el campamento fuera a perseguirme, hasta que logré entrar al colegio.

El escritor chileno Roberto Merino agradeció su colegio porque estaba fundado en la premisa “de que uno es un idiota hasta que no demuestre lo contrario”. Igual era el mío. Tal vez nunca fui capaz de demostrar que no era un idiota; pero ahora entiendo que fui un afortunado, porque todos los días se me concedió la posibilidad de ser yo al menos durante un rato: mirón y lelo. Eso quisiera decirle al profesor de algebra que me encuentro caminando en el barrio, anciano, solo y melancólico. Justo a él, que me hacía sentir más idiota aún.

Manizales, enero 3 de 2020