24 de febrero de 2021
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Los pescados de Pátzcuaro

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
17 de enero de 2020
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
17 de enero de 2020

Ando por saberme vivo, no por aventura, no por problema…”

  1. Owen

Alguna tarde en Venecia, Claudio Magris narró de manera sucinta a Jorge Luis Borges la historia de un grupo de cosacos que llegaron a Udine durante la Segunda Guerra Mundial con el fin de ayudar a los nazis, bajo la promesa de que allí podrían fundar la patria que los bolcheviques les habían arrebatado. La idea de Magris era que Borges la volviera literatura, pero el argentino le respondió que no, que esa historia era él “quien debería escribirla”. Así fue: un tiempo después Magris publicó Conjeturas sobre un sable. Borges, admirador declarado y agradecido de Nathaniel Hawthorne, sabía bien que esos esbozos de relatos pueden ser, por sí solos, suficiente literatura. Sin importar incluso que la historia fuera efectivamente contada con todo detalle y menos aún que tomara forma de libro; el que hubiere sido concebida y narrada en una mesa de café, bastaba para convertirse en un hecho literario, tan válido o contundente como la aparición y lectura de una novela.

Es atractiva la idea de que la mera concepción de una historia es ya suficiente, de que narrarla verbalmente es tan importante como escribirla o filmarla con todo detalle. Estoy seguro de que Borges quedó satisfecho con la historia narrada por Magris, quién sabe en cambio si le hubiera gustado la lectura de Conjeturas sobre un sable. Y no es la ventaja de la mera promesa, sino, tal vez, la virtud de la concreción, la posibilidad de que el oyente o el lector del esbozo aporte con su imaginación y suponga alternativas. Aunque esto no quiere decir tampoco que la obra extendida sea un error, ni más faltaba. A veces la gracia está justamente en eso, y solo en eso, en que un asunto menor, casi intrascendente, se torna formidable por la forma como es narrado. ¿Podría alguien por ejemplo emocionar a otro narrando brevemente la historia de La montaña mágica? Las veces que lo he intentado los oyentes me han mirado como si fuera un soberano estúpido.

Por eso quiero ofrecerle, a quien lo quiera, un esbozo de historia que imagino podría ser una estupenda novela. No sé si yo tenga el tiempo o las suficientes ganas para escribirla, o si a alguien le interesa, pero al menos quedará el bosquejo, que tal vez sea suficiente.

A mediados de los años treinta, vino a vararse en Bogotá el poeta mexicano Gilberto Owen, huyendo de los líos políticos en los que se vio envuelto, por el apoyo que brindó, a pesar de ser diplomático mexicano en Lima, primero al fundador del aprismo, Víctor Raúl Haya de la Torre, y luego al partido comunista ecuatoriano. Sin alternativa, recaló en Bogotá donde fue acogido por el periódico El Tiempo y los intelectuales de la época. Era Owen un trotamundos propenso a la bohemia, excelente escritor, capaz de convertir tres líneas de cable en tres páginas de estupenda prosa, izquierdoso y buen amante. Era cualquier cosa menos un burgués acomodado; cuando más, eso sí, un aprovechado e imaginario gigoló que, ante la noticia del matrimonio de una millonaria anciana lisboeta con su jovencísimo novio, se ofreció él como mejor esposo.

El caso es que Owen pasaba la mayor parte del tiempo en los cafés del centro de Bogotá, dedicado al cigarrillo, el licor y la animada y culta conversación. Quién sabe entonces cómo logró enamorar y casar con la Señorita Cecilia Salazar de la Cuesta, hija del general conservador salamineño Víctor Manuel Salazar, suscribiente del tratado de paz que culminó con la Guerra de los Mil Días.

Comenzó entonces para el poeta una nueva vida, adecentada, burguesa, llena de mimos y comodidades, algo que nunca había vivido. Continuó no obstante con su labor de escritor y con su vida de bares hasta que, en 1936, seguro acosado por las opiniones de su suegro, decidió abrir una librería, a la que nombró justo así, Librería 1936, la prensa dio cuenta de la noticia: “Gilberto Owen abrió ayer […] la librería 1936 que sus amigos esperábamos con entusiasmo, sabedores de sus conocimientos literarios, de sus gustos artísticos y de su capacidad de difusión […] Admite tertulia también el gentilísimo librero…

Admite tertulia” es tal vez lo más bello del texto, eso y el nombre de la librería. La que poco después vendió cuando no aguantó más aquel encierro, y que aún hoy subsiste como Librería Central, en manos de Doña Lilly de Ungar.

Owen es uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX, y por eso precisamente es atractivo imaginarlo, por ejemplo, en un café en Manizales, o en el corredor de alguna finca cafetera de Salamina, bebiendo aguardiente, y escuchando a José de Vasconcelos hablar de una obra de Eugene O´Neill, que luego sentiría emparentada con su mítico Libro de Ruth.

Julian Barnes, recordando la serena relación que tuvo Braque con su esposa Marcelle, señaló que aquella vida hogareña y tranquila le parecía más atractiva “que los acostumbrados cuentos y regueros de aventuras amorosas”. Admirador de Flaubert, al fin y al cabo. La novela de Owen sería aquel relato de vida serena y contenida, no sus devaneos cosmopolitas y dionisiacos.

Después, escapado Owen, y recuperando un poco el aliento en México, cuenta Vicente Quirarte: “… se le metió la obsesión de enviar a su esposa en Colombia una fuente de Talavera, y para que no se sintiera tan sola –la fuente– unos pescados blancos de Pátzcuaro –vivos–”.

 

Pablo Felipe Arango

Manizales, 16 de enero de 2020