28 de febrero de 2021
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IVE

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
24 de enero de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
24 de enero de 2020

A Ana María cuando le confirmaron  que estaba en embarazo le nacieron muchas ilusiones, de esas que vienen con las nuevas vidas. Ella se entusiasmó, tuvo una alegría inmensa y en la primera oportunidad que se reunió con su novio Enrique José, le contó, llena de entusiasmo y con una euforia que no le cabía en el cuerpo. Enrique José apenas  esbozó una leve sonrisa y luego adquirió una expresión de rostro adusto, entre asustado y preocupado. Ella lo detectó y quiso que se lo explicara. El comenzó a dar rodeos de numerosas palabras, sin lograr concretar una idea en la que estuviese contenida la explicación de la actitud que acababa de asumir.  Hablaron mucho, pero de muy pocas cosas y el tema fundamental  de que debían ocuparse quedó en el vacío. Al despedirse, Enrique José no le dijo, como siempre, el día y la hora en que se volverían a ver. En esta oportunidad Ana María, en la despedida, sintió que el beso de él no era más que un protocolo carente de emociones de cualquier naturaleza. Ella se fue a su casa y él a la suya. Al día siguiente madrugaron al trabajo cada uno por su lado. En la noche, ella recuperó su emoción y entusiasmo por ese hijo que podría nacer en un poco menos de nueve meses.  Al día siguiente, cuando tenia pensado compartir el suceso con sus compañeros de trabajo, prefirió guardar silencio y quedarse  con su alegría para ella misma.

 

Con el paso de los días ese entusiasmo y alegría se fueron diluyendo, mucho más cuando verificó que Enrique José la había bloqueado en sus medios de contacto y que ahora carecía de forma de comunicarse con él.  En ese momento entendió que si su hijo nacía seria de ella sola, porque su padre  desde el momento de la noticia, sencillamente  se hizo a un lado. Ella sería una más de las muchas madres solteras que en el mundo son. Inicialmente tomó la decisión interior de que así sería, no iba a ser la primera, tampoco la última. En la medida en que transcurrían los días, la decisión se fue volviendo dubitativa, pues como profesional de la economía, su mente estaba dirigida a calcularle cifras a todo y pensó en lo que sería  el nacimiento, crianza, educación, salud, vivienda, recreación, vacaciones, vestido y tantos otros gastos que demandaría ese niño.  Desde cuando se independizó de su familia, era una mujer autónoma y todas sus decisiones apenas si las consultaba con su novio, de resto sólo consigo misma. Las relaciones con sus padres no eran las mejores, pues nunca compartieron su forma libre e independiente de obrar. Más simple: la responsabilidad de ese hijo sería de ella sola. Debía calcularlo todo.

Alguna vez había leído algo sobre la legitimación  de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, IVE,  en Colombia, con fundamento en un fallo de la Corte Constitucional, pero como no era tema de sus preocupaciones académicas poca o ninguna atención le había prestado. Se acordó de su amigo abogado José Eduardo, a quien llamó e invitó a un café. Le comentó su inquietud de la manera más neutral que fue capaz, sin dejar relacionar la consulta con  situaciones de ella. El abogado le explicó que efectivamente la Corte, desde el año 2006, mediante sentencia C-355 había condicionado la exequibilidad de la norma penal que consagra la criminalización  de la interrupción voluntaria del embarazo,  determinando la ausencia de dolo o culpa,  en tres situaciones precisas: 1- grave peligro de muerte de la madre gestante, 2- malformaciones comprobadas en el feto y 3- que el embarazo fuera producto de un acto sexual violento.  Ella insistió  en repetidas ocasiones en saber, si  fuera de esas tres circunstancias,  se podía solicitar al servicio de salud a que estaba afiliada una persona  el procedimiento de Interrupción Voluntaria del Embarazo. El abogado fue contundente en negarlo y dijo que solamente en las tres condiciones que fueron señaladas en la decisión judicial era procedente. Que de resto, esa conducta era penalizada en nuestro medio, es decir se trataba de un delito y le explicó las consecuencias legales que trae consigo.  Ella cambió de tema y siguieron hablando de   otras muchas cosas, pues se conocían desde la Universidad, a pesar de que estaban en diferentes programas de formación académica.

Ya en casa, Ana María  fue consciente de que su intención de interrumpir voluntariamente el embarazo no clasificaba en las circunstancias exigidas para la legitimación de la conducta y que su única alternativa era seguir adelante y hacerle frente sola a una situación que fue creada entre dos, aparentemente en medio de múltiples expresiones de amor, afecto y pertenencia.  Ella era una mujer responsable, que a todo le hacía cuentas y pensó que no estaba preparada para afrontar el nacimiento, crianza y educación de un hijo  en solitario.  El día que tuviese un hijo, pensó, seria en las mejores condiciones y las de ella, en esa soledad en que la había dejado Enrique José, no era la más indicada para darle la bienvenida  al mundo a un nuevo ser humano.

Buscaría una salida. Debía haberla. A nadie lo pueden obligar a procrear si esa no es su voluntad. Algo debería haber.  Lo buscaría. Supo de centros médicos clandestinos donde realizan abortos a bajos precios y graves riesgos. Lo pensó muchas veces. Tuvo demasiadas dudas. Conoció de experiencias de otras mujeres que quedaron  con dolencias serias en sus órganos genitales y además le contaron de las secuelas psicológicas  que sobrevendrían por el rompimiento abrupto con afectos  que nacieron con la simple noticia de la gestación. Asumir  todo eso no iba a ser fácil, pero racionalmente le parecía más difícil traer un ser al mundo sin tener los recursos económicos  suficientes para darle lo necesario y educarlo en las mejores condiciones.  El tiempo iba pasando y todos le decían que no podía pasar de las 12 semanas, pues los riesgos aumentaban.  Pidió vacaciones en la empresa y dijo que se iba de viaje muy lejos. Al día siguiente acudió al centro de salud que le habían indicado . Era un sitio medio tétrico, donde todo olía a clandestinidad. La metieron en un cuarto oscuro, donde había una camilla de enfermería. Llegaron dos personas con los rostros tapados. Ninguna de ellas habló. Procedieron con rutina y le practicaron el aborto.  Caminando la llevaron a otro cuarto, donde había una estrecha cama individual con tendidos curtidos por el mugre y le dijeron que reposara allí, durante dos horas, mientras se reponía y podía irse a la casa.  Cuando llegó a su vivienda se sintió muy débil. Se acostó. Se quedó dormida hasta el otro día. Al despertar sintió que sus piernas estaban sobre una humedad. Cuando pudo ver, se dio cuenta que la humedad era sangre, brotada de ella, de su vagina.  Se bañó. Tomó las sábanas y las metió en el ducto de la basura. Se volvió a acostar, pero la hemorragia no se detuvo. Llamó a servicios de urgencias y una ambulancia  la recogió.  Estaba en muy mal estado. Tenía anemia. La internaron y cuando le preguntaron a quien podían darle aviso que estaba hospitalizada, supo de la enorme soledad en que vivía. Dijo que a nadie. Fueron quince días  de mucho suero, transfusiones de sangre. Dieta blanda.  Mucho líquido y extremos cuidados. En la clínica supieron que no tenía quien la cuidara en casa y por eso solamente le dieron salida cuando constataron que estaba en condiciones de atenderse ella misma.  En varias ocasiones pensó que se moría.

Terminadas sus vacaciones regresó al trabajo. Todos le hicieron ver que estaba demacrada, que lucía en mal estado. Contó que había estado muy enferma. Alguien dijo que le habían contado que se había hecho un aborto.  Finalmente debió contar y con ello recuperar su nivel de dignidad, pues el espacio de clandestinidad en que había actuado era una especie de estigma. Reclamó ante los demás su derecho a la procreación voluntaria, no como un deber que nace de unas normas  que se han quedado en el tiempo y no han logrado avanzar en la medida de la apertura del pensamiento y de la forma de ser de las personas de hoy día.  A veces piensa en como hubiera sido ese hijo. Nunca supo su sexo. A veces sentía un poco de dolor. Pero se sobre impuso a todo y siguió adelante con su vida. Se recuperó totalmente y alguna vez, al cabo de mucho tiempo, cuando Enrique José la buscó para hablar con ella y le expuso su deseo de conocer al hijo común, ella le contó lo sucedido, se despidió de él  sin darle la mano y le dijo que nunca más lo quería volver a ver, así como él nunca quiso saber nada de ese posible hijo, sencillamente por cobardía e irresponsabilidad.  Enrique José quedó en la mesa de la cafetería desolado. Se puso a llorar en silencio y no se daba cuenta que los demás lo miraban con curiosidad.

La procreación en Colombia  está consagrada como un derecho fundamental en el artículo 42 de la Constitución Política de Colombia. Dentro de su caracterización  el constituyente estableció  que la procreación será un acto de voluntad de quienes están en capacidad de engendrar. Por otro lado, el Código Penal consagra como uno de los tipos penales de homicidio  la interrupción voluntaria del embarazo, con penas de prisión considerables.  Es una normatividad en contravía. La norma superior  confiere la libertad y por ende  el respeto a la voluntad de procrear o no. Pero la norma penal establece que después del embarazo  sólo procede el parto, so pena de verse avocado a investigaciones criminales, en la medida de que el hecho llegue a conocimiento  de la autoridad competente. La categorización de la norma dio pie para que en el año 2006 se demandara la norma penal y fruto de ello fue la sentencia C-355, con ponencia del maestro Carlos Gaviria Díaz, quien tuvo la inteligencia de entender y comprender en su estricto sentido el mandato superior.

En esa sentencia, que atendió la demanda de inexquibilidad –expulsión del sistema jurídico- de la norma penal que consagra el tipo de homicidio,  la Corte  dijo que era conforme a derecho, pero condicionada a las circunstancias que ya se anotaron en el relato.  De esa manera se dio un gran paso  en materia de decisión voluntaria en el fenómeno de la procreación, aunque con las restricciones de las posibilidades  que se abren para las tres alternativas. Y de una vez  la IVE la consagró como un derecho fundamental , en estrecha relación con los derechos  sexuales y reproductivos, ligados a los derechos  a la vida, a la salud, a la integridad personal, a estar libre de discriminación, al libre desarrollo de la personalidad  y a la dignidad de mujeres y niñas en Colombia.

Tal como lo dispone la norma superior, en nuestro medio las sentencias de constitucionalidad revisten la categoría de sub-normas y por ende son de obligado acatamiento para todas las autoridades legítimamente constituidas y aquellos particulares que de alguna u otra manera puedan relacionarse son los temas en ellas desarrollados.  A pesar de esto, muchas entidades de salud y algunos profesionales del ramo, insisten en negar la atención de la IVE, incluso con el cumplimiento de las exigencias contenidas en las partes considerativa y dispositiva de la Sentencia C_355 de 2006. Prueba de ello  es que hasta el año 2019 han llegado a conocimiento de la Corte Constitucional casos  negados que se deprecan vía acción de tutela, y por ello se han generado cerca de 20 sentencias  de tutela, en las que, en su totalidad, se ratifica la doctrina  que se sentara desde el 2006.

Las circunstancias condicionantes  que establece el fallo para la procedencia  de la IVE  a pesar de haber constituido un gran avance en el reconocimiento pleno de los derechos de las mujeres respecto a  su cuerpo y sus funciones procreativas, en la medida del paso del tiempo –ya son un poco más de trece años- se ha podido saber que  en esa gran avanzada que se tuvo en el 2006, se dejó por fiera la consagración constitucional de que el derecho a la procreación está sometido a la voluntad en ese sentido de quienes están en capacidad de hacerlo. Ahora de nuevo  a  retomado el tema la Corte Constitucional y está pendiente el fallo. Se ha podido saber que el Magistrado Ponente, el doctor  Alejandro Linares, preparó ponencia en la que se decidiría  la libertad plena de la IVE en las primeras semanas de gestación, sin que se sepa la cifra  que se fijaría como parámetro de permisividad.

Esto ha reabierto el debate. Desde quienes se ubican en la defensa de las libertades conjugadas con los derechos fundamentales de los seres humanos, hasta la de quienes denigran  de la despenalización para lo que elevan argumentos morales y religiosos, sin detectar que no se trata de un debate de este orden, pues ni la religión, ni mucho menos la moral –en el sentido común que se les entiende-, tienen nada que ver con el Derecho.  El debate es jurídico y antes que jurídico es de orden político, como que es un tema Constitucional. Se leen y se oyen debates y posiciones emocionales, pero carentes de racionalidad, porque siguen pegando la vida y el derecho a la vida a los mitos, no a la realidad de cada quien.

Solamente las personas deben ser las responsables de tomar la decisión de procrear o no. La ausencia de previsiones anticonceptivas en el acto sexual, permiten que se den embarazos no deseados. Ante el hecho de no encontrarse en ninguna de las tres circunstancias  que determina la citada sentencia, se sigue adelante con embarazos y partos, de los que llegan criaturas a quienes se les quiere mucho, se les da mucho amor, pero a quienes se mantiene en condiciones materiales precarias, por carencia de recursos económicos y educativamente  escasamente alcanzan a aprender a leer y escribir.  Hablar de amor, de dar amor, de amar, es sencillo. Es más, es gratis. Hablar de tener hijos con responsabilidad es otra cosa. Eso demanda posibilidades ciertas de atender necesidades que no son aplazables.  Los debates morales son indicados para los creyentes, pero hay que entender que no todos son creyentes. Y hay que entender que el mundo de mañana  será mucho más difícil para formar hijos.  Esa responsabilidad es de los padres, no de la religión, ni mucho menos de los dueños de la moral.

La dignidad se construye en cada quien. No se otorga desde bendiciones o declaraciones de amor. La dignidad es fruto de la realidad de cada quien. Por su dignidad y la de su futuro hijo, Ana María tomó la decisión de asumir un aborto clandestino que casi acaba con su vida, precisamente por esa ausencia de regulación de que la IVE se pueda asumir simplemente por la voluntad de la madre de no querer tener ese hijo, por incapacidad para darle una vida digna.  Ni de amores, ni de oraciones se vive. La dignidad nace en actos de responsabilidad plena, no de expresiones emocionales o creencias infundadas.