27 de enero de 2022
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Envejecer con sentido

23 de enero de 2020
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
23 de enero de 2020

La vejez se desliza, avanza con sigilo, sin alboroto, adivinando que no es bienvenida. Es una realidad para ocultar, pues perturba e inquieta. De hecho, pocos la asumen con optimismo y alguna dosis de alegría, como lo hace el Padre Leopoldo Peláez, que al saludo responde: envejeciendo a gusto.

Cuando se es joven, la vejez es asunto remoto, y tal vez ajeno.  Se acude al recurso del amigo fiel, el Renault 4, que, de tecnología básica y calidad desigual, era motivo de orgullo para algunos dueños, quienes, al narrar experiencias con su carro, anteponían: el mío SÍ salió muy bueno. No se ha documentado el caso de un ser humano que, por su excepcional destreza física, o lucidez mental, o sensibilidad artística, haya sido exonerado de la vejez. Ni siquiera en el caso de nuestra emblemática Amparo Grisales.

La inclinación a ignorar la vejez, es una debilidad, la que es la mayor fortaleza del régimen de Ahorro Individual. Cuando se tienen treinta o cuarenta la pensión no es motivo de preocupación. Solo los entrados en los cincuenta que ven con crudeza un retiro, advierten que sus beneficios pensionales son menores a los del régimen de Prima Media. Pero ya es tarde para hacer algo, las puertas para trasladarse de régimen están cerradas, quedan atrapados en sus flacas cuentas de ahorros individuales.

Cuando se es anciano, se acude a algunas tretas con las que creen salvarse de pertenecer a esa comunidad con la que no se reconocen, como la de: yo troto más kilómetros que mi cuñado a quien le llevo diez años. Ciertamente, la vejez llega de manera distinta, a diferente edad, pero siempre llega.

Los más sofisticados se han ingeniado el ardid de que la vejez en lugar de ser un proceso gradual, es hecho singular y sorpresivo, así más fácil de eludir. Simone de Beauvoir la toma como un momento de revelación.

Muchos prefieren no devanarse los sesos con lo que sucederá mañana, el que dejan librado al destino. Aunque son numerosos los filósofos que han madurado su obra en la vejez, no reflexionan sobre ese, su estado. Lo hizo Cicerón, en su libro De Senectute, cuando tenía sesenta y cinco años, y a partir de su imaginario diálogo con un Catón de ochenta y tres años. Es de los pocos libros que se halla en la literatura universal, y sigue siendo hoy, después de dos mil años de escrito, referencia obligada.

Circula en librerías un texto que contiene las reflexiones sobre los dilemas a los que se ha de enfrentar toda persona que quiera Envejecer con sentido, que es su título, escrito al alimón, por los profesores de la Universidad de Chicago, Marta Nussbaum, y Saul Levmore, una más centrada en inquietudes filosóficas, que el otro que lo hace sobre las dimensiones económicas de esta etapa de la vida.

La literatura sobre la vejez es además de escasa, poco leída por sus destinatarios, bajo sospechas de contener mensajes de pesadumbre con los que agobiaría su hedonismo vital, el amigo de esta casa periodística, Augusto León Restrepo.

Nussbaum y Levmore se ilustran en la vejez en EE.UU, contexto del cual tenemos enormes diferencias; la de allá es una sociedad en la que, si bien existe la seguridad social, – es la más pobre de los países de la OCDE- la protección de la vejez es asunto de cada uno, resuelto con un financial planner y en un village en la Florida, lejos de la familia, por lo que, en ocasiones, mejor se valora si regula restrictivamente la visita de los nietos.

Pero muchas de las reflexiones que de estos autores prestan buen servicio a la generación baby boom del trópico, en particular para los nacidos en la década de los cincuenta, a quienes ya les puede inquietar la vejez. Para ellos ya se consumó su ocaso político. En las elecciones presidenciales pasadas fueron relevados  del poder que ejercían desde los años noventa. Y constituyen un grupo que se enfrentan a la disyuntiva de si se retiran o siguen profesionalmente activos. Poco cambia la situación el salvavidas que les lanzó la ley de retiro forzoso, que aplazó cinco años la inminente pérdida de vigencia burocrática.

Este es el contexto en que los jóvenes mayores adultos, -para acudir al eufemismo-, deben enfrentar el dilema de si siguen sometidos a horarios y responsabilidades laborales o se dedican al ocio permanente. ¿Es la ocupación laboral condición para mantener la salud, en especial el vigor mental? ¿Disfrutar de la familia o entregarle el tiempo a la empresa? ¿Cuál es la oportunidad de gozar de la vida? ¿Existe una sola forma de vida placentera para los que padecen y no ven, la adicción al trabajo?

Estas opciones adquieren dimensiones adicionales, si la actividad está atada a un contrato de trabajo o a un cargo público. Saltan a la palestra problemas diversos. La productividad de la empresa. ¿Cuantos gerentes al iniciar su gestión piden la lista de los prepensionados y pensionados, para librase del lastre que ellos representan para la adopción de nuevas tecnologías? Es el relevo generacional presionado por los ansiosos por ascender. Muchos parten del supuesto de que este no es que deba darse, sino que se debe anticipar. La discriminación laboral. La edad, se ha venido introduciendo, como el sexo o la raza, en condición por la cual no se puede dar trato diferenciado a un trabajador.

Hay un punto que domina. ¿Se tienen medios para el sostenimiento en la vejez?  ¿Se cuenta con una pensión adecuada al estilo de vida, ya moderado por una menor intensidad vital? ¿Es imperativo prolongar la vida laboral para mejorar una precaria mesada pensional? ¿Es alto el sacrificio de la renuncia al salario para pasar a la nómina de pensiones?

El caso de los magistrados en Colombia es ilustrativo. Reciben un buen salario sin topes, los que tendrían su pensión. Y pese a que esta es alta, prefieren no retirarse, no renunciar. ¿A qué ritmo se cumplirá el retiro laboral en el escenario del régimen de Ahorro individual, en el que las mesadas, a todo nivel, estarán lejos de solventar el estándar de vida del afiliado?

Se ha de buscar prolongar la vida laboral para hacer más corto el tiempo de disfrute de la pensión, más no para mejorar la mesada, -salvo si contara la reencarnación- que era la perspectiva que contemplaba la ley para oponerse al empleador que invocaba la pensión como justa causa para el despido.