25 de enero de 2022
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El adiós

2 de enero de 2020
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
2 de enero de 2020

La última vez que visité Aranzazu, fue con ocasión del lanzamiento del libro “Oda a la Alegría”. Aquellos eran momentos de felicidad, llenos de emotividad y acompañados de Juan El Ermitaño, mi padre. Corría el año 2017. Los instantes que ahora rememoro fueron mágicos. Desde muy temprano en la mañana recorríamos las calles estrechas del municipio saludando los amigos íntimos de mi procreador. Su dicha estaba plena al ver sus camaradas reunidos, compañeros que le brindaban sinceros abrazos de apoyo y reconocían la pluma excepcional que siempre lo caracterizó. “Oda a la alegría” fue una exaltación de la literatura, una apología a la belleza, una declaración a la eternidad. César Montoya Ocampo, mi Juan El Ermitaño, hizo de aquel instante, uno de los más felices de mi vida.

Juan El Ermitaño nació en esta cordillera teñida de esmeralda. Fueron los cielos de Buenavista las sábanas que lo mecieron en su infancia, sus aguas los manantiales que lo bautizaron en baños primerizos y sus laderas los campos donde se entrenó para hacerse fuerte. En esta comarca caldense maceró su carácter que le permitió forcejear a nivel nacional en los estrados y las tribunas y, cuando pudo, se destacó por el conocimiento jurídico, literario y filosófico que lo acompañó. No nacen con frecuencia personajes como él. Es un orgullo para su prole jactarse que nuestra sangre es herencia suya. Nunca abandonó el olor a café y se ancló en esta región hasta su muerte. Acompañado por amigos íntimos como Omar Yepes, Augusto León Restrepo, José Miguel Alzate, Jaime Ramírez Rojas, Evelio Giraldo y Hugo Tovar Marroquín partió el pasado 3 de mayo dejando un hondo vacío.

Hoy hemos regresado vestidos de luto a esta tierra para retornar sus cenizas al Guarango donde nadó. Hace ocho meses su voz se silenció, sus manos desaparecieron y su presencia solo la percibimos en sueños. Lo extrañamos como se extrañan las esencias del alma, como un todo cuando falta solo una parte. Con lágrimas que cicatrizaron nuestros días recordamos cada detalle suyo. Desde su efusivo saludo, sus ponderados consejos, sus silencios meditativos, sus cavilaciones políticas, sus discusiones jurídicas. Rememorarlo hace parte de un nuevo yo que se ha formado en su partida, y que hoy vuelve a Aranzazu para entregar su padre al espacio que lo vio nacer.

Comprendo que es el momento de la despedida, del desprendimiento absoluto del cuerpo físico y de la ausencia definitiva de la sustancia corpórea. Consciente de ello, reconozco que no es fácil decir adiós. Faltan las palabras, las emociones quebrantan el espíritu, los recuerdos laceran la memoria. Llantos y risas se amalgaman en inquietudes que son difíciles de reconocer. Se oscurece el corazón cuando se enfrenta al final de un importante periplo de su vida. Pero el amor filial no se sepulta en este suelo, perdura con las alboradas, crece cada amanecer, se eleva en el cenit, pero no conoce de ocasos, no sabe de olvidos.

Mientras las cenizas de mi padre reposarán en Aranzazu considero su legado postrero. Su escritura depurada en un estilo inconfundible, colmado de adjetivos que pincelan la imaginación del lector y que fueron el alma de 7 libros que ha dejado para releerlos como parte de la historia cultural de caldas. Sus amigos, que son un testimonio imborrable de la lealtad que sobrepasa la barrera de la muerte. Su personalidad como faro que guía a los suyos. Su disciplina, como la memoria de un hombre que no se doblegó ante las adversidades y me enseñó que del barro también se construyen estatuas.

Finalizo estas líneas con el recuento de un suceso y un deseo. La noche que mi padre murió, con su cuerpo tibio aún, me acerqué a su féretro y cité al salmista: “Jehová es mi pastor; nada me faltará. / En lugares de delicados pastos me hará descansar; / Junto a aguas de reposo me pastoreará. / Confortará mi alma; / Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. / Aunque ande en valle de sombra de muerte, / No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; / Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.”

Se que me escuchó y que desde donde se encuentre, El Señor le acompañará para continuar su tránsito a la eternidad.

Papa, te extraño y te amo.

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