26 de febrero de 2021
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DRESDE

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
31 de enero de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
31 de enero de 2020

La noche estaba oscura, muy oscura, tan oscura como todas las noches de invierno. Todos sabían que estaban en peligro, por una guerra que no habían provocado, en la que apenas eran unos sufrientes y que en cualquier momento, sin que se supiera de donde podía provenir, podría llegar lo peor. Trataban de dormir. No era fácil. Ya hacía tantas noches que dormir terminaba en pesadilla, que casi se quedaban dormidos por la inercia de un cuerpo que reclama la reposición de energías. Eran las 9:51  de esa noche. Alguien estaba mirando el reloj cuando sonó la alarma de  ataque aéreo. Una alarma más, de las muchas que sonaban, las que aterrorizaban al comienzo, con las que terminaron conviviendo después de tantos años   de estar metidos en algo que no hacía parte de sus acciones voluntarias, pero de lo que no podían escapar.  Muchos corrieron a los refugios. Otros, la gran mayoría, lo tomaron como un ejercicio más de los militares para mantener el clima de alteración que se requiere en un conflicto que nadie entiende, pero que a todos puede perjudicar en mucho.  Los que corrieron  no oyeron nada. Los que se quedaron en casa tampoco.

Pasó una hora sin que nada extraordinario se diera. No hubo ataque aéreo. Muchos decidieron salir de los refugios y regresar a casa, en medio de esa fría temperatura por debajo de los cero grados, con sensaciones térmicas mucho más bajas.  Se cubrían  con lo que tenían a mano. Hacía tanto tiempo que nadie sabía lo que era comprar un nuevo vestido, un abrigo  novedoso. La guerra se estaba tragando todo hacía seis años. Nadie podía dar muestras de opulencia o de exceso de recursos, porque de inmediato era objeto de acciones de despojo de un Estado voraz que no alcanzaba nunca lo suficiente y lo necesario para atender los gastos de una guerra que pensó ganar en muy breve tiempo, pero que en la medida  del curso de las enormes ambiciones imperialistas de ese cabo convertido en líder neurótico de toda una comunidad, con el discurso de estar construyendo la raza del futuro, la del superhombre, la del dominador, se fue llevando la existencia de todos hacia un abismo, cuando las agresiones  se hicieron insoportables y ya el diálogo  fue fracaso entre naciones, por lo que obligó a  que se dieran respuestas de orden militar, con la misma o mayor fuerza de lo que eran los ataques  injustificados  que se realizaban  en nombre de una causa que unos pocos  aplaudían, otros muchos sufrían, la mayoría soportaba con dolor y el mundo miraba con la mayor desconfianza.

Además de fría, la noche era absolutamente oscura. La luz mortecina de la poca energía eléctrica que aún podía ser distribuida entre sus habitantes ( se necesitaba toda para la guerra) le daba a la ciudad un halo fantasmal, corroborado con ese silencio de miedo que se abrigaba en medio de miradas interrogantes que jamás podían tener respuesta alguna. Sobre las once de la noche, se dio una extraña luminosidad que cubrió la ciudad. Eran luces de bengala, arrojadas desde los aviones, no con el ánimo de aliviar esa pesada oscuridad de la ciudad, sino con el agresivo propósito de tener a la vista los objetivos principales (si es que los hubo) para dejar caer sobre ellos las descargas  de dinamita que los destruyeran.  Primero vino la luz. Después vino el fuego de cientos de bombas que caían  en todas las direcciones. En el primer ataque cayeron un total 900 toneladas de bombas sobre la ciudad.  Fueron apenas quince minutos. Nadie supo que pasaba. Nadie sabía de donde provenía el ataque. Nadie entendía cuando se había trabado el combate. Es que no había combate. Es que en esa ciudad no se había combatido durante toda la guerra.  Es que incluso se llegó a pensar que era una ciudad que podía aparecer como objetivo neutral para cualquiera de los bandos.  Y además su gente sentía que  los grandes valores culturales y artísticos que allí se alojaban desde siempre, de alguna manera constituían un seguro de protección, pues lo menos que podía esperarse era que la crueldad llegara hasta el punto de destruir la historia, la civilización, la creatividad del ser humano a través de todos los tiempos. Los habitantes pensaban  que los militares pensaban  en esa clase de consideraciones. Desconocían completamente la mente  del combatiente para quien apenas si es posible imaginar la vida o la muerte. No van más allá. Ni un antes, ni mucho menos un después.

Esos escudos invisibles e inmateriales en que tanto confiaron  las personas que allí residían, no sirvieron de nada. Nadie los tuvo en cuenta.  Era la noche del 13 de febrero de 1945, cuando la II Guerra Mundial comenzaba su fin. Los aliados se habían decidido a agredir  en todos los campos a esa Alemania tan paranoica como su líder y jefe.  Este, a pesar de las ya numerosas derrotas que sufrían sus tropas en diferentes frentes, seguía en la confianza absoluta y ciega de que podría ganar la guerra y ser el jefe del mundo.  En otros espacios, con poderío, fuerza y recursos económicos suficientes  se decidieron a pensar que esa guerra que nunca fue de ellos, ahora si lo era y se hacía indispensable  que el combate se diera  con toda fuerza, en ataques que no solamente disuadieran a quien nadie lograba convencer de nada que no fueran sus propias locas ideas,  sino que lo doblegaran, que fueran capaces de arrodillarlo, de vencerlo y de ser posible de someterlo incondicionalmente. No contaban con la decisión interior de esa dirigencia que por siempre tuvo en la mente que el día que fueran vencidos, a ninguno de ellos los iban a encontrar con vida para pedirles explicaciones. Antes se iban de la vida como efectivamente se fueron. Pero todo un pueblo que no se comprometió con esa guerra, que lo metieron de cabeza en algo que no era de ellos, no podía tomar la misma decisión y seguía viviendo, aunque fuera para tener noches de terror  en las que todo se echó a perder sin explicación  alguna, como que en la guerra nada tiene explicación, pues es la peor manera de comportamiento del ser humano en el transcurso de toda la historia. Todas las guerras son inútiles, costosas, sangrientas, criminales, imbéciles, y en ellas ponen los muertos los  de abajo, no los de quienes las arman, provocan e instigan. Las guerras las arman los poderosos, para que las disputen los débiles, los carentes de poder, los que nada tienen, los que pierden lo único que siempre han tenido: la vida.  Los de arriba, aún vencidos, siguen  en el poder con la misma capacidad de instigación, pues no pueden vivir sin el conflicto, al que aman, porque nunca los ha dañado. Mientras vivan, serán dueños del conflicto, les quedan muchas vidas de las que disponer para que haya muchos muertos lo más lejanos de sus sentimientos.

En la madrugada del 14 de febrero siguieron esos ataques. La capacidad antiáerea  de la ciudad era completamente insuficiente frente a una agresión de la dimensión que vivieron los un poco más de 600.000 habitantes de Dresde (Dresden) que se sentían un tanto lejanos de la guerra, como que allí no existía una gran industria militar, ni eran muchos los fanáticos dispuestos a jugarse la existencia por un líder al que veían como dominante, nunca como convincente. Los del bloque aliado pensaron exactamente lo contrario, adujeron que con base en estudios previos de inteligencia (¿todos  son tan inteligentes?) que les decían que ese era uno de los grandes fuertes de dispensa de industria militar, de energía, de poder de Alemania y por tanto se trataba de un centro neurálgico que era necesario atacar con plena fuerza para someterlo y de esa manera darle un golpe muy poderoso a ese director de la guerra que se pensaba superhombre.

Las fuerzas aliadas en contra de Alemania, especialmente la Fuerza Aérea, tanto de Gran Bretaña, como de Estados Unidos, al mando de los generales  Arthur Harris, por Inglaterra, y Carl Andrew Spaatz, jefe del Estado Mayor Conjunto de USA, decidieron  que el ataque sorpresivo, masivo, poderoso, reiterado y contundente contra Dresde seria el gran motivo para que  el enemigo se diera por vencido, pues se iba a quedar sin provisiones de las que tanto le llegaban de esa parte de Sajonia. El Bombardeo fue inmisericorde.  Se usaron más de mil aviones bombarderos, de los más modernos, con alta tecnología,  de los que solamente  se perdieron 26, no por respuesta de los alemanes sino por errores propios de los pilotos.  Fueron tres días interminables de ataques. 13, 14 y 15 de febrero de 1945, pasó a ser la noche negra de Dresde, cuando se sembró la muerte en forma indiscriminada y murieron en cifra que aún no se logra determinar con precisión, entre 27.000 y 50.000 civiles indefensos, entre los que necesariamente se deben contar niños, mujeres y ancianos, todos, absolutamente todos, ajenos al conflicto.

En esos tres días de miedo fueron cuatro ataques aéreos  consecutivos. Las dos noches se iluminaron con las bengalas militares y los  días se oscurecieron  con el humo que salía de los incendios que provocaban las bombas.  Fueron cuatro mil toneladas de bombas las que cayeron  en ese asalto  indiscriminado sobre los civiles de Dresde.  Esta, por entonces, no era men ese momento era ninguna. Lo dicho por Goebellsales, de haber masacrado a toda una poblaci  tesoro de la histortia, la mayor pás que una ciudad de 642.143 habitantes  y en esencia se distinguía porque era una especie de cruce de comunicaciones, especialmente por ferrocarril, por ser un paso obligado de un costado a otro de Alemania.  Esas  comunicaciones férreas seguramente fue uno de los factores que llevó a los militares (especialmente los de inteligencia) a pensar que se trataba de un gran centro de distribución de la industria militar y por eso la decisión de destruirla.

Los ataques iniciales  en la noche del 13 al 14 de febrero de 1945 se dieron con intervalos de tres horas.  Fueron los más destructores, porque iban dirigidos especialmente contra el centro histórico de la ciudad, eminentemente cultural, como que fue llamada “La Florencia del Elba”, por ser sede de grandes museos y obras de arte especialmente antiguas.  Era una especie de tesoro de la historia, la mayor parte del cual quedó por el suelo, sin importar que allí se borrara tanta creatividad del ser humano para hacer del mundo de los humanos algo bello. Militarmente Dresde no representaba nada. Culturalmente lo representaba todo.

Alemania asimiló el golpe. El 17 de febrero el Ministro de Propaganda Joseph Goebells emitió un comunicado  tildando a los aliados de criminales, de haber masacrado a toda una población civil, desarmada, ajena al conflicto.  La credibilidad del Estado alemán en ese momento era ninguna. Lo dicho por Goebells casi se convirtió en el acicate para que a los comandantes de la operación aérea se les llamara héroes y les llenaran el pecho de esas latas que llaman condecoraciones y de las que son tan amigos quienes gustan de los charreteras.  El mundo comenzó a hablar de la victoria de los aliados y el castigo al enemigo universal.  Churchill y Roosevelt no dudaron  en exaltar a sus generales.  En poco tiempo Churchill entendió mejor el hecho y criticó a Harris duramente, pero más adelante lo reivindicaron de nuevo. El paso del tiempo y el análisis de la historia ha sido implacable con esos generales, a los que ahora no se duda en llamar criminales. Todas las guerras son criminales, pero en su desarrollo hay unos actos más criminales que otros.

El ataque aéreo a Dresde  desde la noche del 13 de febrero de 1945,  es uno de esos actos criminales que la historia ha ido decantando y que en la medida en que se ha contado lo sucedido en la II Guerra Mundial, se ha podido entender en su calidad delictual. Era un ataque para humillar, para doblegar, pero nunca fue un combate. No hubo quien combatiera. No había quien combatiera. Se trataba de una población civil, en la que se refugiaban muchos judíos con miras a lograr huir de esas persecución infame a que fueron sometidos, para tratar de escapar de los campos de concentración y de los hornos crematorios.  Era una ciudad de gente culta, que trataba de entender la guerra, pero que nunca la había aceptado. Fue masacrada, fue violentada, fue asesinada.  Todo para que a unos generales les dieran más medallas de esas que no les caben en sus guerreras.

Han pasado 75 años de esa masacre humana indiscriminada, sorpresiva, salvaje, miserable y el asunto se sigue estudiando. Se han hecho muchas investigaciones históricas y sobre ello existen grandes tratados, sin que ninguno sea capaz de concluir que se trató de una acción que fuera necesaria para ganar la guerra. Si doce semanas después Alemania claudicó y se entregó al enemigo, no fue como consecuencia de la masacre de civiles en Dresde, fue como resultado de las sistemáticas derrotas que los hombres del III Reich fueron sufriendo en todos los escenarios. Tenían todos los enemigos habidos y por haber. Hasta el invierno ruso se graduó de general para derrotarlos. Los aliados no necesitaban asesinar tanta gente indefensa y ajena a la guerra. Lo hicieron. Hubo calificaciones positivas y condecoraciones al comienzo, la historia fue poniendo a esos personajes  en su sitio, el de la infamia, pues en lo infame que es la guerra se puede ser más infame, como lo fue el ataque aéreo de los días 13, 14 y 15 de febrero de 1945 a Dresde. Matar civiles en medio de la guerra, nunca será guerra, siempre será un crimen.

En el amanecer del día 16 de febrero, comenzó a volver la luz del sol a Dresde. El temor y el terror seguían acumulados en los sobrevivientes, porque fueron muchas las pausas e interrupciones del bombardeo que dejaron la sensación de que todo había acabado, pero de un momento a otro se reanudaban los estruendos y la siembra de muerte. Al final unos pocos se decidieron a salir a la calle. Ya no había más agresión aérea. El centro histórico de la ciudad lucía destruido. Los monumentos en el piso, destrozados, borrados de la memoria de la creatividad humana. Las pocas estatuas que quedaron en pie, se confundieron con unas estatuas humanas de personas a quienes las bombas los sorprendieron en la calle, iban caminando (seguramente corriendo) hacia cualquier lugar de protección y quedaron petrificados, bañados en polvo  de cemento como testimonio cierto  de un crimen colectivo que se cometió en nombre y defensa  de una posición militar determinada en una guerra  que los de abajo nunca decidieron. Volvió el día y cesó esa negra e interminable noche. Las huellas quedaron en lo físico y en lo humano. Lo que había aparecido como la victoriosa batalla de Dresde, para los Aliados,  comenzó a aparecer  en su justa realidad: un crimen  cometido  contra una población civil no combatiente. El debate aún está abierto para la historia.