28 de febrero de 2021
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Darío Echandía

16 de enero de 2020
Por Jorge Meléndez Sánchez
Por Jorge Meléndez Sánchez
16 de enero de 2020

“El que piensa todo primero no escribe nada después”. Francisco Umbral.

Durante los agitados días del primer semestre de 1965, un grupo de estudiantes recibió una improvisada invitación para visitar al doctor Darío Echandía. La curiosidad por conocer al personaje, nos llevó hasta su apartamento, quien no tuvo inconveniente en aceptarnos, contrariando la opinión de las personas mayores, que pronto se retiraron, para dar paso a los extraños visitantes. El señor Echandía se ubicó en un lado de la sala y detallé sus gafas que ocultaban, prácticamente, sus ojos, y, luego, con tranquilidad, estuvo disponible a las preguntas que desearan hacerle.

Uno de los estudiantes preguntó por su opinión por los acontecimientos recientes, en América Latina, en Colombia y en la Universidad Nacional[1]. Otra intervención impidió que él hablara de inmediato y produjo la distracción de la primera pregunta. Después, entre ideas sueltas, se diluyó su punto de vista o, al menos, no se escuchó debidamente.

La congestión de los jóvenes visitantes en la sala neutralizó preguntas y respuestas. Solo al final, una intervención, ya no como pregunta, sino como petición de consejo, facilitó que le solicitaran alguna recomendación política. Él respondió con mucha naturalidad: “hay necesidad de fortalecer la izquierda en la universidad”.

Ya en el campus, los comentarios de la visita llevaron a conocer otras opiniones sobre el personaje. Alguien decía que lo consideraban el genio jurídico, sin haber escrito un renglón al respecto. Otros, que se trataba de un maestro de la política. Para muchos fue una curiosidad haberlo visitado. Tampoco faltaron las censuras.

Sobre esto último, tema para debatir, se fue ampliando la participación, hasta convertirse en motivo de mini asamblea. Según uno de los estudiantes de sociología, el pueblo colombiano ya ni se acordaba de estas momias, hasta que montaron el Frente Nacional para reencaucharlos. Otro, estudiante de Derecho, discrepaba señalando que fue el organizador de la reforma constitucional del 36. En medio del campus, las opiniones encontradas abundaban y ello destacaba, de por sí, al personaje.

En el antes y el después de aquella visita al maestro Echandía, inusualmente mereció reseña en El Tiempo, y sirvió de abrebocas a la aparición del sacerdote Camilo Torres Restrepo, a finales de abril, en la tribuna política nacional. Ahora, después de más de medio siglo, se puede mirar el hecho de la improvisada visita, como una motivación a lo que sería el movimiento del Frente Unido, el cual, cuestionaba la tradición bipartidista colombiana, anclada en el poder con la fórmula de la alternación y el monopolio en todos los cargos del Estado. Un sacerdote, sociólogo y carismático docente, además de mantener su misión religiosa, conmovió a la sociedad colombiana, al convertirse en símbolo de la renovación postconciliar.

Su conducta apostólica reconciliaba a los sectores católicos progresistas con la nueva izquierda de los años sesenta. Sus puntos de vista empalmaban con los presupuestos de la izquierda posterior a la Revolución Cubana, interpretados desde la sociología funcional y en manos de un sacerdote en plan de integrarse al zeitgleist de los años sesenta. Los mensajes sencillos que presentó para unificar las opiniones de todos los sectores sociales, pudieron considerarse dentro de la Teología de la Liberación, tendencia posterior en la interpretación del Concilio Vaticano II, con tal revuelo, solo comparable al impacto que en nuestros días ha causado el Pontificado de Francisco quien, con su avasallante personalidad y desempeño, oficializa la línea “revolucionaria”, ya no solo en las respuestas a las peticiones de muchos, temas neurálgicos, sino como vanguardia en el llamado de atención ante la negligencia de países y ciudadanos del mundo, frente al problema ambiental.

Para el grupo de estudiantes de la Universidad Nacional, en 1965, lo que quedaba claro era la destacada proyección de la vida política del maestro Darío Echandía. Eso remitía a los problemas del régimen liberal, referencia vigente hasta nuestros días, y a las soluciones que se dieron en ese momento modernizante a los problemas colombianos. Lo que no resultaba claro era el juicio rápido sobre él, expresado por personas que se tenían como de izquierda.

En el Maestro Echandía encontró el pueblo colombiano y liberal, en especial, al sustentador de una visión más justa de la normatividad de la convivencia. Su certera defensa de lo social, abrió brecha en el andamiaje jurídico del viejo país de privilegios heredados y mal desempeñados. La voz del reformador en los agitados años de la Revolución en Marcha, estremeció el Parlamento y orientó a los participantes.

No se encontraron en él, los vicios de las costumbres políticas, ni se establecieron sobre su hombro las veleidades del poder. Su actuación fue el compromiso propio de los demócratas: idoneidad y eficiencia. Quienes lo conocieron y quienes se han ocupado de su biografía, resaltan al hombre que sin grandes ambiciones, registró y sustentó el paso de las reformas posibles, en los términos de la vida constitucional.

Las reformas del año 36 y el proceso de reforma al régimen concordatario, lo ejemplifican en la idoneidad. En los años iniciales del Frente Nacional, le solicitaron dar una visión filosófica de lo acontecido, durante el régimen liberal y él, con altura de Maestro, expuso en conferencias de varias horas, aquellos logros que, todavía, sirven de referencia para comprender mejores logros sociales y mejores ambientes para una paz duradera. Hoy en día, con otra caracterización diferente de la problemática social, vale la pena retomar su método y sus fines de contemporización en las soluciones.

El estadista permanece en la memoria de nuestras tradiciones jurídicas y en la misión del partido liberal. Vale la pena recordarlo, porque el liberalismo fue un partido vanguardista, de magistral desempeño en el periodo radical del siglo XIX, promotor del reformismo social y económico en el siglo XX. Es el mismo partido que ya en las postrimerías del siglo pasado, y bajo la égida de jóvenes seguros de sus principios y de su realidad, buscaron el consenso para la reforma que se concretó en la Constitución de 1991, la cual, elevó a norma la atención a todas las quejas represadas desde todos los tiempos y, ahora, está en mora de revisarse seriamente, en el desempeño de la Justicia y del reordenamiento territorial, argumento permanente en la vida republicana, para responder a exigencias de reconciliación nacional.

De manera que, los estudiantes que evaluaron, en 1965, su preeminencia como un lastre, estuvieron equivocados en ese momento. Echandía, paradójicamente, en su juventud, supo responder como crítico del viejo país y logró influir en su destino, con la solvencia que le facilitaron los claustros universitarios y la condición de lector consagrado, es decir, con el empoderamiento de la racionalidad, con los adecuados términos de la traducción intelectual en el compromiso social y político, personal y de partido. Ahora, él, sometido al escrutinio ligero que lo lapidaba en la sumatoria de la irrelevancia, se reconsidera la opinión y, más bien, se presenta su caso personal como un grande en la titánica labor de enfrentar la incomprensión y salir ileso con la naturalidad de sus argumentos.

Además, quienes ante sus respuestas, llenas de reposada reflexión, lo acusaban de desfachatez en momentos críticos, como lo fue el 9 de abril, con su sabia respuesta: “el poder ¿para qué?”, cuando nadie lograba ponerse de acuerdo, para lograr un relevo gubernamental o, al menos, para recobrar la calma, su respuesta resultó cargada de sabiduría, ante las responsabilidades que una decisión implicaba. Otros dirán que faltó perrenque para tomarse el gobierno, lo cual, equivalía a desconocer las condiciones del desbarajuste frente al orden público, y por ello, la pregunta atinaba en medio de la confusión. Otra sentencia famosa, remite a los años iniciales de la dictadura de Rojas, 1953, cuando pudo sintetizar, en lenguaje metafórico, la nueva realidad política del país, al destacar “que ya se podía volver a pescar de noche”.

Si hay alguien más que pueda servir para homenajear al reformismo liberal, tendrá su referencia en él. Darío Echandía es símbolo de un país inteligente y comprometido: liberal ejemplar. Su orientación permitió la reconfiguración del liberalismo en condiciones diferentes a otros países y le garantizaron vigencia por muchos decenios.

La semblanza que presentó en los días de revisión de los pecados políticos en todos los partidos, vale decir, en los inicios del Frente Nacional, el escritor y político conservador Rafael Azula Barrera, sirve para tener un adecuado marco de evaluación desde el ángulo de sus detractores partidistas: “…Darío Echandía, reconcentrado y sofista, ladino y malicioso, lleno de distingos y reservas mentales, pero dueño de una admirable capacidad de análisis para desmontar los problemas con implacable lógica y darle a su discurso un tono de convicción impresionante, que suele ilustrar con pesadas citas latinas, extraídas del derecho romano y de sus clásicas lecturas;…”. Echandía, aún lejos de su tiempo de protagonista sabio, robustece la mención académica de sus intervenciones e invita al rigor, a quienes desde los deletreos dogmáticos, introducen la superficialidad en lo jurídico y en lo político. El ejemplo de su vida y de su legado permite enrumbar a los legisladores de nuestros días por los caminos de la receptividad a la evolución de la sociedad, con sus prioridades y con la permanente invitación al estudio oportuno y adecuado.

¡Inolvidable en él, el reposado desprecio a los cafres impertinentes!

[1] La noticia de esos días fue la invasión a la Republica Dominicana por parte de los norteamericanos, para impedir cualquier imitación del régimen cubano.