3 de marzo de 2021
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Voces transparentes y profundas

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
6 de diciembre de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
6 de diciembre de 2019

Sus amigos pintores del centro cultural Impulso le ofrecieron utilizar como bodega alguno de los pequeños salones del edificio, pero el tiempo transcurrido ya era un exceso, así que, con cariño, y seguro con algo de humor, le pidieron que recogiera las cajas intocadas y cubiertas por el polvo, e hiciera algo con ellas. Estaban allí guardados casi todos los ejemplares del libro que había publicado con sus propios recursos. Antonio Porchia no se ofendió, ni más faltaba, así es la vida, habrá pensado, no hay que excederse con la hospitalidad que brindan los amigos y menos la de alguien como el pintor Benito Quinquela Martín, que ya le había obsequiado alguno de los pocos cuadros que cubrían las paredes de la casa en la que vivía con sus sobrinos. Recogió entonces los libros y comenzó a regalarlos, la mayoría los donó a la Sociedad Protectora de Bibliotecas Populares.

Porchia debía tener un poco más de 58 años, era su primer libro, sería el único además, aunque fue creciendo levemente con los años, apenas un poco. No era un escritor en el sentido estricto del oficio, había desempeñado muchos otros, más concretos y humanos, seguro más útiles: carpintero, tejedor de cestas, contable, impresor. Él mismo, sin embargo, se consideraba un poeta, no un escritor de epigramas o aforismos como cabría suponer dado el formato de sus textos, sino un poeta en el sentido más antiguo del término, un filósofo incluso. El escritor Roberto Juarroz contó que cierta noche entraron ladrones a la casa de Porchia, él les dijo que no había nada de valor pero que podían llevarse los libros y cuadros que quisieran, uno de los ladrones notó la dedicatoria en un cuadro: “al filósofo”; los intrusos después de deliberar decidieron que no podían robarle a un filósofo, así que decidieron irse, no sin antes preguntarle a Porchia si le gustaban los higos. Una semana después uno de los ladrones le llevó a su casa una bolsa llena. Estoy seguro, sin embargo, que la dedicatoria no fue lo importante, lo trascendente debió residir en la figura y la mirada del poeta, o incluso en la posibilidad de que uno de los ladrones ya conociera alguna de las Voces que en el barrio de La Boca circulaban de mano en mano, como si fueran sentencias universales y populares. Tal como sucedió unos años más adelante con una reclusa, finalmente desaparecida durante las dictaduras militares argentinas, que envió a otra una tarjeta de navidad con la voz: “el amor que no es todo dolor, no es todo amor”, así, sola, sin reconocer al autor, o tal vez sabiendo, más bien, que el autor podíamos ser todos.

Uno de los libros que repartió el poeta fue a parar a la revista Sur, donde afortunadamente lo leyó Roger Caillois que lo tradujo al francés, e hizo que aquel humilde libro se convirtiera en un clásico del que André Breton dijo, contenía “el pensamiento más dúctil de expresión española”, y Alejandra Pizarnik: “el (pensamiento) más solitario, el más profundamente solo que se ha escrito en el mundo”. No obstante, probablemente el origen barriobajero de Porchia hizo que las puertas de la revista de Victoria Ocampo estuvieran cerradas durante mucho tiempo, bajo el argumento de que los textos tenían errores gramaticales y debían corregirle las comas, que eran para él, “la sal de la tierra”.

Borges, a pesar de la avaricia con que prodigaba elogios a sus contemporáneos, llegó a manifestar: “Si Porchia fuera un autor antiguo sería uno de los mejores poetas del mundo. Le ganaría a Heráclito en su terreno”, “y nosotros sabríamos poemas suyos de memoria”. Es evidente que el juicio crítico de Borges confluía con el de unos maleantes y unas desafortunadas, eso le habría emocionado comprobarlo, tanto como saber que Porchia era un poeta camino del olvido del que sobrevivirían sus Voces, carentes de pretensiones, y tal vez por ello, transparentes y profundas. En el prólogo a la edición francesa preparada por Fayard en 1978, Borges sugirió que tal vez una lectura adecuada de las Voces fuera la que en el pasado los romanos prodigaron a Virgilio. La Sortes Virgilianae consistía en leer al azar un trozo de la Eneida e interpretarla en clave de adivinación, o simplemente de gozo. También Homero tuvo el mismo trato, y La Biblia y El Corán, por supuesto. El elogio es tal que parece desmedido. Pero no importa, al fin y al cabo Porchia nunca se enteró de la opinión de Borges, y no se conocieron personalmente, aunque la comparación con Heráclito la formuló en privado en 1963, cinco años antes de la muerte del poeta.

Yo mismo he intentado leer así las Voces, y el ejercicio ciertamente tiene la gracia del asombro y el disfrute de la adivinación. Jugando, sugerí a Carolina, Susana y Emiliana unos números, y así resultó:

Quien no llena su mundo de fantasmas, se queda solo”. No hacemos, todos, otra cosa que poblar nuestra vida de ellos.

El ir derecho acorta las distancias, y también la vida”. Nos devolvemos morosamente y queremos extraviarnos, aun yendo al supermercado de la esquina.

Situado en alguna nebulosa lejana hago lo que hago, para que el universal equilibrio de que soy parte no pierda el equilibrio”. Y, aun así, siempre voy temeroso de algún movimiento, o cierta decisión, que lleve al traste mi frágil e irreal universo.

Manizales, 6 de diciembre de 2019