21 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Sabe cosas que yo no

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
20 de diciembre de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
20 de diciembre de 2019

Enrique saluda con una sonrisa que está a medio camino entre la dulzura tímida y la mínima burla de quien se sabe levemente superior y condesciende a un ser de menor categoría, algo así como la que ponemos cuando acariciamos un gato o un perro que nos genera, no solo ternura, sino absoluta confianza. Yo intento entrar al restaurante resuelto, y hasta imponente, para sentarme en una de las dos mesas que siempre ocupo, y Enrique se me acerca saludando formalmente con un, “cómo está, Don Pablo”; yo entonces me siento, solo o acompañado, sin dar la espalda a la puerta, hasta que él se acerca a la mesa sobándose una mano con la otra, impecablemente vestido de mesero: zapatos, pantalón, chaleco, corbatín negro y reluciente camisa blanca. No se trata de un mesero dicharachero o amable, es más bien parco y bajo de estatura, pero tiene ese nombre sonoro que queda casi perfecto en las letras blancas, que resaltan sobre el fondo negro de la placa que pende de su pecho. Yo ni siquiera saludo, apenas pronuncio su nombre, y eso basta para que él entienda que me complace verlo. Pido entonces lo que llevo toda la mañana pensando pedir, que seguro me perturbará el resto de la tarde, pero que representa una especie de rebeldía contra los principios de la salud y la ponderación, sí, un acto de insubordinación que, no obstante, me provocará minutos más tarde un letargo, casi incapacitante: una limonada sin azúcar y unos fríjoles con pezuña, digo, por favor. Enrique sonríe con ese rictus extraño que potencia el bermejo de su piel, y que delata la dipsomanía que seguro disfruta.

Unos segundos después, una vez ha entregado el pedido a la cocina, Enrique vuelve con un par de arepitas del tamaño de una moneda grande y alisa con esmero el mantel, a la vez que reacomoda el salero, las servilletas y los cubiertos.  Infamemente me gusta descubrir algún desperfecto en el mantel, una quemadura de cigarrillo, por ejemplo. La pongo en evidencia quitándole de encima el objeto que él ha utilizado para encubrirla. Con aparente disimulo se acerca hasta la mesa y vuelve a poner pacientemente el objeto que he retirado, yo entonces vuelvo con el juego y retiro el salero, y lo veo a él contenerse hasta que nuevamente se resuelve a acercarse y acomodarlo otra vez. El juego puede durarnos el almuerzo entero. Yo descubro el roto del mantel y él viene a cubrirlo, siempre acucioso y delicado.

…Es de esos desconocidos que ves a veces en un lugar público con algo en su forma de comportarse que te dan ganas de abordarlos para decirles: Cuénteme la historia de su vida, por favor. Cuénteme todo lo que Usted sabe y yo no…”, escribió la escritora australiana Helen Garner.

Nunca le he preguntado nada, aunque imagino que él sabe cosas y verdades de la vida que yo no. Lo imagino en las tardes, camino de su casa en el Sur, después de varias horas de viaje en buses atestados, haciendo un alto en la tienda de la esquina para tomarse varias cervezas en medio de charlas animadas en las que él guarda la misma discreción y compostura que le conozco, para luego irse con un leve tambaleo dando saltos en andenes descompuestos y calles sin pavimentar, feliz de haber vuelto a intoxicar su cuerpo, sin importarle que su hígado sea ya un órgano inútil.

Esta semana, sin embargo, supe algo más de Enrique. Visité el restaurante el martes y él no estaba en su sitio, pregunté preocupado y uno de sus compañeros me contó que es su día de descanso, que trabaja los domingos para poder disfrutar del martes y acudir cumplidamente, como lo hace desde siempre, con la visita y novena a Santa Marta en la iglesia del barrio Quesada; así que Enrique es devoto de aquella santa que genera emoción en toda la cristiandad; sencilla y simple, hermana de Lázaro y humilde hospedera de Jesús, patrona de sirvientes, amansadora de dragones y rebeldes. No podía ser de otra forma, pensé, e imaginé entonces las tiendas cercanas a la iglesia de Santa Marta; las cervezas bebidas de pie, con una que otra mogolla y algún cábano, cuando la quincena había alcanzado para tremendo lujo. De tal forma que Enrique pasa todos los días en el restaurante, y el único de descanso en aquella iglesia. Evidentemente sabe cosas que yo no.  Pensé en Joseph Marti, el protagonista de la novela El ayudante de Walser: “…El hecho de estar atado, encadenado a un sitio es a veces más cálido y rico en secretas ternuras que la libertad sin fronteras, que deja abiertas puertas y ventanas al mundo entero y en cuyas estancias luminosas el hombre es muy pronto atacado por un frío glacial o un calor opresivo…

Manizales, 20 de diciembre de 2019