27 de mayo de 2022
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Recuerdos de Marquetalia

19 de diciembre de 2019
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
19 de diciembre de 2019

Regresar a Marquetalia después de una larga ausencia es reencontrarme con una tierra que despierta en mi corazón bellos recuerdos. Al respirar ese aire con olor a café que tienen sus calles, al sentir el viento cálido que besa la frente, al escuchar el sonido de las campanas de la torre de su iglesia, al mirar ese verde intenso de las montañas que lo rodean viene a mi memoria el tiempo vivido en este pueblo caldense de construcciones sencillas. Fueron cuatro años compartidos con sus gentes, descubriendo sus valores, conociendo sus costumbres, sintiendo sobre mi espalda ese sol de las dos de la tarde que juega en los balcones de madera. Los suficientes para llevarme cosida al alma la imagen de un pueblo que me abrió las puertas para ofrecerme su hospitalidad y, sobre todo, la hidalguía de sus gentes.

El nombre de Marquetalia se quedó grabado en mi mente desde aquella cálida mañana en que pisé por segunda vez sus calles. Fue un lunes, jamás lo olvido. ¿El año? 1985. La calle principal estaba engalanada por niñas que,  con sus libros bajo el brazo,  se dirigían hacia el colegio. Las campanas de la iglesia repicaban convocando a misa. Y en el interior de las cafeterías, que apenas empezaban a abrir sus puertas, algunos parroquianos degustaban un tinto. En la plaza, estacionados, los jeeps de servicio público esperaban a los viajeros. Desde entonces empecé a querer a este pueblo como si fuera mi segunda patria chica. Allí engendré mi primer hijo. Y en sus calles él empezó a descubrir el mundo, a sonreírle a la vida, a hacer travesuras de niño.

Marquetalia es un pueblo que tiene para mí un encanto especial. No sé si es ese verde intenso de sus paisajes, o la hospitalidad que brindan sus pobladores, o la belleza natural de sus mujeres, o la neblina que en la noche invade sus campos lo que lo hace inolvidable. Lo cierto es que es un municipio que marca con tinta indeleble a quiénes tienen la oportunidad de pasar un tiempo en su geografía caprichosa. No importa que para llegar hasta allí haya que recorrer una carretera tortuosa que, zigzagueante, se desprende desde Petaqueros. Marquetalia es un poblado pequeño con un cielo siempre azul en el horizonte. Aunque lleva el mismo nombre del pueblo donde Tirofijo inició su accionar guerrillero, en sus calles se respira un aire de convivencia pacífica.

Sus calles conservan esa esencia pueblerina que cautivó a Fernando González, el filósofo de Envigado, cuando anduvo por varios municipios del norte de Caldas. Sus cafetales en flor, sus pequeñas hondonadas y sus rumorosas cañadas le dan una identidad propia. Sus caminos veredales, bordeados de una vegetación exuberante, son transitados por mulas que llevan hasta el pueblo los bultos de café. Sus casas todavía rinden tributo a la arquitectura de la guadua. Con razón escribió Fernando Soto Aparicio, hace muchos años, cuando lo visitó, que en Marquetalia trinaban los pájaros con la misma dulzura con que se desplazan las aguas sobre el lecho musical del río. Yo agregaría que en este pueblo se sueña con colmenas de miel mientras se escucha el canto melodioso de los sinsontes.

Mi corazón enamorado conserva bellos recuerdos de Marquetalia. Mi permanencia en este pueblo durante cuatro años fue tiempo suficiente para valorar la calidad humana de sus gentes, su elevado sentido de la amistad, sus acendrados principios cristianos. Pero también para conocer el secreto del embrujo de sus calles, la complicidad amatoria de sus caminos, las veleidades románticas que brinda la noche y el sonido del viento que baja de sus montañas. ¡Cuántas veces se contuvo mi respiración al ver cruzar por sus andenes a una linda muchacha que no escuchaba mis piropos enamorados! ¡Y cuántas también, embelesado ante unos ojos azules, quise saciar mi sed de amor en unos labios que parecían estar preparados para el beso!

Son recuerdos que brotan así, espontáneos, en el momento de escribir esta nota. Como brotan los nombres de aquellas veredas que tanto recorrí: Alegrías, que me recuerda un paraje bucólico en las afueras de mi pueblo; Guacas, que trae a la memoria leyendas de tesoros enterrados; El Chocó, que rememora el nombre de un departamento olvidado; y La Quiebra, nombre con sabor a tierra, vereda que aparece en mitad del camino como un caserío melancólico bañado por la brisa del olvido. Estas son, en consecuencia, reminiscencias de un pasado que dejó en mi alma un extraño aroma a café recién molido, escritas después de recorrer de nuevo esas calles con sabor a madrugada. En mi libro de nostalgias siempre habrá una página reservada para Marquetalia.