21 de septiembre de 2020
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Juradó con tilde I

Por Jaime Jurado
21 de diciembre de 2019
Por Jaime Jurado
21 de diciembre de 2019
Juradó. Imagen Municipios.com.co

A fines de 2018 tomé en Buenaventura el barco de cabotaje Santo Stiven, con dirección a Juradó, última población del Chocó cerca de la frontera con Panamá. Se me había dicho que la travesía duraba aproximadamente 17 horas pero luego me informan que son en realidad tres o cuatro días porque el barco debe parar en Bahía Cupica para dejar allí parte de la carga y que además la llegada a Juradó puede retrasarse más si la marea está baja porque en ese caso no puede atracar en su muelle.

Montañero en alta mar

Entre viajeros y tripulantes formamos una pequeña comunidad de cerca de treinta personas y un  perro guardián. Reina una fraternidad silenciosa y discreta. Soy el único que proviene del interior del país y junto con el venezolano Jorge, la única persona que no es de la costa pacífica. Todos los demás son de esta área y desarrollan actividades habituales en alguno de sus pueblos o ciudades.

Las horas transcurren lentamente a bordo. El ritmo es marcado por los horarios de las comidas y por el sueño nocturno. El arroz es el rey absoluto de la dieta, apenas complementado por alguna escasa proteína. En las noches vemos en un viejo proyector alguna película gringa, invariablemente violenta, antes de ir a dormir hacia las 8, hora en la que se apaga la luz eléctrica.

Por suerte no hacía falta dicho alumbrado artificial porque en varias ocasiones en que me desperté en la alta noche, pude ver con asombro como las oscuras aguas marinas eran iluminadas por peces fosforescentes que las cruzaban veloces. Maravillado ante el inefable espectáculo soñaba tratando de imaginar los sorprendentes reinos submarinos de donde habrían salido estas criaturas de brillo indescriptible.

Hubiera querido compartir con todos los compañeros de viaje pero las ocupaciones de unos, el mutismo de otros y mi horario de lecturas apenas me dejaron espacio para algunos. Cada uno tiene su propia historia y resalto los que me abrieron unas páginas del libro de sus vidas. En ningún barco puede faltar un exconvicto y así encuentro que Albeiro, el pinche de cocina, de unos 45 años, negro y achaparrado, pagó 10 años de cárcel en E.U. por narcotráfico. Lo simpático es que en ese tiempo no aprendió inglés allí pero sí se alfabetizó en la prisión en español; recuerda que le daban buen trato y que las condiciones eran buenas pero que a los sindicados de terrorismo sí les dan un trato en extremo severo. Con un nombre que lo predestinaba a la religión y a la concordia, el pasajero más veterano y más sabio era Evangelista Paz, de piel aceitunada, 71 años, de gafas, estatura y complexión medias, jubilado como profesor de navegación marítima del Sena, de trato afable, buena cultura, entusiasta predicador de una rama del budismo. Me comentó que se dedicaba  a vender productos naturistas y resultó ser un gran experto en la cultura negra y de la idiosincrasia de la gente del Pacífico. Por su parte Erasmo, otro negro entrado en años, alto y delgado, se dirigía a retomar su trabajo como panadero en Juradó, después de visitar a su familia en Buenaventura por la temporada decembrina. Victoria, enorme morena de gran caderamen y fortaleza de luchador de sumo, también venía de visitar a su familia y retornaba a su empleo de cocinera en un restaurante. El más dicharachero era Arcesio, negrito menudo y bajo que decía tener 56 años pero aparentaba por lo menos 10 más, contaba historias de su vida de pescador y se mostraba muy feliz y nada preocupado por lo prolongado del viaje porque eran días en que tenía asegurada la comida y “afilaba los dientes” desde antes de cada alimento. La nota de actualidad la puso Jorge, venezolano que intentaba reingresar ilegalmente a Panamá de donde fue expulsado por estar sin documentos. Trabajaba en una compañía de vigilancia, en una de las empresas custodiadas hubo un robo, capturaron al ladrón y cuando fue a declarar él también fue detenido por papeles, ingresando a la misma celda con el delincuente. Estaba desesperado por regresar y no le importaba tener que hacerlo ilegalmente pues su esposa e hijas habían quedado solas y desamparadas en el país istmeño. Era un claro candidato a caer en manos de las redes de traficantes de personas o de drogas que pululan en las áreas fronterizas. Por su parte, Zulia Siágama, mujer indígena que viajaba con su hija Idaly, solamente accedió a decirme sus nombres, tal vez porque la niña estuvo indispuesta por el balanceo de la embarcación la mayor parte del tiempo.

Una nota muy curiosa la puso Arley, joven negro de gran estatura que hablaba de grandes negocios a menudo delante de todos por celular, a veces mencionando cifras millonarias. Esto no tendría nada de extraño, de no ser porque una vez mientras me bañaba en la parte alta del buque lo escuché mientras decía a uno de sus interlocutores telefónicos que se le habían acabado los minutos y le pedía que le hiciera una recarga de 5.000 pesos.