5 de marzo de 2021
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CHAMACO

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
19 de diciembre de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
19 de diciembre de 2019

Era el  14 de marzo de 1954. Ya le habían ayudado a vestir la taleguilla (pantalones ajustados al cuerpo). Le estaban acomodando el corbatín  de color rojo. Le revisaron los machos, que estuvieran bien ajustados a las piernas. Le iban a colocar la chaquetilla. Pidió  un minuto de tiempo y de silencio. Quería meditar  consigo mismo. Pensó: esta tarde salgo de la plaza a vivir bien o que me lleven  con los pies hacia adelante, hacia un cementerio. Es mi día. O lo aprovecho o me voy a morir de hambre. En ese instante decidió que se iba a jugar la vida. Que era la primera y podía ser  la ultima oportunidad en México. Pero no seria el mismo de ahí en adelante. Ya la angustia lo estaba matando, a más de los dolores intensos que genera en el estómago el hambre. Le daban  la oportunidad que había ido a buscar. Lo haría gratis. Le pagaron los gastos de desplazamiento. El alojamiento en un hotel barato, aunque limpio. La comida mejoró, al menos por dos días. No había nada más que pensar. Era ese día o nunca. Y nunca no sería la palabra propia de su vocabulario.  Lo terminaron de vestir con el pesado traje. Ante una imagen de la Virgen de Guadalupe pronunció mentalmente  una corta oración y le dijo a su acompañante: nos vamos, que sea lo que sea, pero que sea hoy, no habrá mañana.

Ya eran un poco más de cuatro meses desde ese 10 de noviembre de 1953 cuando decidió irse con los ahorros que tenía en el Banco a México, a probar suerte, por los consejos que su amigo Félix Brión le diera.  Le dijo que si quería ser  figura debía irse a un país donde  hubiera oportunidades ciertas, porque en Colombia ya se le estaban agotando. Cierto que le estaba yendo bien. Pero no pasaba  de presentaciones en pequeñas plazas, ante escaso público, con toros de cualquier clase.  Era jugarse la vida en cada salida a la plaza, pero sin que de ello se pudieran desprender ilusiones ciertas.

Habló con su amigo José Zúñiga, Joselillo de Colombia, que ya se presentaba como figura de la tauromaquia, quien había viajado a España para hacerse alguien en ese mundo esquivo, difícil y muy competido. Le contó de sus experiencias en España, donde lo primero que se debía tener era mucho dinero, para pagar  para que lo dejaran torear. A Joselillo le costó mucho dinero  torear, hasta cuando comenzó a mostrar sus cualidades y le comenzaron a pagar, aunque no los honorarios que llegó a imaginar que ganaba un torero. Le pagaban como para no tener que gastarse lo suyo. El esfuerzo había sido muy grande, pero  al final la recompensa no era gran cosa.  Por eso le aconsejó a su amigo que no pensara en España, que tratara de hacerse figura aquí mismo o buscara otros horizontes, habiendo pensado en muchos, pero sin alejarse del toro, porque desde niño quiso ser torero e iba a ser torero.  Supo de los tropiezos. De las dificultades. Y eso no lo arredró.

Cuando Félix Brión, un torero mexicano que ya era figura y hacía temporadas en distintos países de América Latina,  le dijo que el destino para hacerse figura  era México, donde por lo menos no tendría que pagar para jugarse la vida, comenzó a soñar con tierras aztecas. Eso si, tendría que aprender las condiciones diferentes de los toros de lidia mexicanos: eran grandes, no inferiores a 470 kilos, siempre con la edad reglamentaria de cuatro años, lentos, de recorrido muy suave, pero que no pocas veces miraban el cuerpo del torero y en algunas  ocasiones pegaban graves cornadas. Ya Brión lo había visto actuar y le  reconoció las enormes cualidades, como que ellos dos, con otro alternante, habían toreado una corrida en la plaza de Popayán.  Brión le dijo que se fuera, que de alguna manera lo iba a ayudar. No sería fácil, pero seria un poco menos difícil que en España, donde el futuro era casi de los nacidos en esa tierra.

Pensó muchas veces. Pensó en sus amigos. En su familia, con la que mantenía estrecha relación, menos con su padre, quien lo había alejado de su lado el día que le dijo que quería ser torero. Su padre era un hombre exageradamente rígido. Dijo lo de ser matador de toros cuando estaban sentados a la mesa, a la hora del almuerzo. El progenitor detuvo su comida. Miró con fijeza y dureza a su esposa y le dijo: mija hágale la maleta a Jesús que esta misma tarde se va  de la casa, no quiero vagos en esta casa, aquí el que quiera estudiar y ser alguien, se queda y cuenta conmigo, el que se vaya con esas ideas locas de ser torero, no puede vivir bajo el mismo techo.  Ambos se pusieron de pie. Fueron hasta la habitación del muchacho. El padre lo vigiló mientras sacaba la poca ropa que podría llevar. La madre en silencio, llegó con la maleta, le ayudó a empacar al muchacho, le echó la bendición en la frente, le deseó lo mejor y le dijo que si alguna vez la necesitaba, ella seguiría siendo su madre por siempre jamás. Ella lloró hacia adentro, ante la dura mirada del jefe del hogar.  El joven sintió que iba a llorar, pero se dijo así mismo  que había escogido la profesión de los valientes, los valientes no lloran. Sus ojos claros  lucieron cristalinos, pero por sus mejillas no rodó una sola lágrima. Salió despacio de la casa. Buscó refugio  donde un amigo y decidió definitivamente que sería torero.  Por eso cuando  determinó irse a México, lo hizo en el desarrollo del duro camino  que había escogido.

Ya en Colombia llevaba treinta corridas toreadas, unas pocas sin picadores, la mayoría de ellas con montados a caballo.  Le iba bien. Cuando toreó en Popayán con Félix Brión, fue una corrida mixta, en la que el mexicano era el matador y el colombiano el novillero. Estuvo mejor este último.  El público aplaudió, lo sacó a hombros y le grito en varias ocasiones torero, torero, torero.

Llegó a México. Llamó, por los viejos teléfonos de cuerda con un manubrio, a su amigo,  le dijo que ya estaba allí. Félix le aconsejó el hotel donde podría  estar mientras le resultaba trabajo. Llevaba una buena cantidad de ahorros, pues  en las novilladas, como novillero consagrado, le pagaban bien.  Comenzó a hacer contactos. Le presentaron al matador Pepe Luis Vásquez (llegaría ser “mi amigo, mi hermano, mi padre, mi hijo, mi todo”), quien ya estaba a punto de retirarse, luego de cumplir una extraordinaria  carrera como figura del toreo. Congenió con el muchacho colombiano, le dijo que contara con él. Lo iba a ayudar.  Pasó un mes y nadie le ofreció nada. Dos meses e igual. Tres meses y no pasaba nada. Los ahorros cuando sólo sirven para sacar, se van agotando. Primero  fue mermar una comida al día. Después dos comidas. Ahora era solamente almuerzo. El resto del día lo pasaría con la ingesta de café con leche que le ofrecían sus amigos en el Café Do-Brasil, donde se hacían grandes tertulias taurinas.  Llegó el cuarto mes y la angustia se apoderó de su vida. Ya no era cuestión de seguir  quitando comidas diarias. Ahora ya no tenía para ninguna. El dinero se había acabado.  Se acostaba todos los días pensando en que seria de su vida al día siguiente y reflexionando de su error de haberse ido a un país extraño, donde nadie le daba oportunidades. Llamó  el 3 de marzo de 1954 a Félix Brión. En tono un tanto de reclamación le dijo que no sentía que lo estuviera ayudando, que se había ido a México  por sus consejos, pero que no pasaba nada y ahora ya estaba aguantando hambre. Félix le dijo que la culpa era de él, porque le había dicho muchas veces que tenía que ir a  rezarle a la Virgen de Guadalupe  y hasta el momento no lo había hecho. Le comunicó que lo esperara en el hotel  e irían al Santuario nacional  y le rezara traerle una prueba de que efectivamente hablaba en ese cerrozque a hablar con la señora. Cnasado de los permisos, el patrsagraían con mucha devoción.

Por poco no logran entrar a la iglesia donde se venera la imagen de la aparición –así lo dice la leyenda- de la imagen patrona, que se apareció en el zarape de un indígena trabajador, quien todos los días sacaba un buen rato para ir hasta el cerro de Guadalupe dizque a hablar con la señora. Cansado de los permisos, el patrón le dijo que debía traerle una prueba de que efectivamente hablaba en ese cerro con una señora o no le volverían a dar licencia de ausentarse.  El indio le dijo de la exigencia del jefe  y que ella le dijo que tomara unas rosas rojas, de esas que habían por allí y las llevara en su zarape. Cuando llegó donde su patrón, este le interrogó por la prueba de su afirmación. Sacó el zarape, lo abrió para entregarle las flores, pero al extenderlo apareció la imagen que los mexicanos creyentes  veneran y tienen como patrona del país azteca. El Santuario es visitado todos los días por miles de peregrinos. Era un río humano, por el que debían desplazarse para llegar hasta el frente de la imagen. Brión le dijo que rezara con fe. Trató de rezar. Sintió que tenía mucha hambre. No recordó ninguna oración, solamente se puso a contarle a la imagen la situación en que estaba y que necesitaba de su ayuda. Salieron. Regresaron hasta el café de sus tertulias.  Estando allí, en la tarde, llegó   un empresario  y le dijo que le habían hablado muy bien de él, que lo había programado en el cartel del día siguiente en Irapuato, donde se celebraban en ese fin de semana las fiestas del dulce.

Se quedó pensando si alguien le estaba jugando una broma de mal gusto, a él, que no gusta de las bromas, que es muy serio y que todo lo toma en su medida real. Andaba dándole vueltas a la idea, cuando llegó el matador Pepe Luis Vásquez. Le interrogó por lo sobria de su imagen, lucía preocupado. Le contó lo que le había acabado de suceder. Le dio el nombre del empresario  que era  abogado, Vásquez le confirmó que efectivamente era un hombre serio  y que podía confiar.  Le ofreció ayuda  consistente en que lo acompañaría a Irapuato, en el Estado de Guadalajara, región del Bajío, que estaba bastante retirado de ciudad de México, que irían en su carro, para que no se fuera en bus.  Fueron casi seis horas de viaje.  Se hospedaron en un hotel humilde, muy limpio. Esa noche durmió tranquilo, pero se hizo a la idea de que era su primera oportunidad y la iba a aprovechar.

El torero que había nacido en la cabeza del casi niño Jesús Tenorio al ver en el Teatro  Rívoli  de Cali, la película “Ora Ponciano”, en la que se hace una biografía novelada del primer matador de toros que tuvo México, Ponciano Díaz,  en el siglo XIX y comienzos del XX,  se iba a hacer figura de una vez por todas. Esa película, filmada en 1937, realizada bajo la dirección de  Gabriel Soria, con las actuaciones estelares de Jesús Solórzano y Consuelo Frank, con música   y la voz de Lorenzo Barcelata, guión de  Pepe Ortiz y  Elvira de la Mora, estrenada en el teatro Alameda de la capital mexicana, impactó de tal manera a ese muchacho estudiante de segundo año de bachillerato, que se la vio siete veces. Se quedaba extasiado cuando la cámara en blanco y negro, con su rudimentario sonido, tomaba las escenas  de una plaza de toros, donde ese matador sacaba pases y cosechaba la gloria. Ese matador que había nacido hijo de un peón de la hacienda de reses de lidia, que de niño soñaba con enfrentarse a los astados y jugaba a ello con la hija del hacendado, quien al sorprenderlos juntos, la envió a estudiar a un convento. A su regreso se volvieron a ver y se encontró con el torero figura. Esa imaginación del guión fue determinante para que un día en la familia, a la hora del almuerzo comunicara su decisión, que llevó a la del padre de echarlo de la casa.

Cuando toreó en Irapuato, que en realidad se llama “Congregación de San Marcos de Irapuato, fundada el 15 de febrero  de 1547, por españoles, tierra fría, a 1.800 metros sobre el nivel del mar, lo contrataron como si fuera matador de toros, alternativado. Lo cierto era que había salido de Colombia siendo novillero y seguía siéndolo. La primera advertencia que le hizo Vásquez en el largo recorrido fue que no dijera nada al respecto. Si pensaban que  era matador, que se quedaran con la idea. No era necesario aclarar nada.  Salió a la plaza decidido y al primer toro le corto una oreja y levantó grandes aplausos. En el segundo toro, cuyo nombre era “Campanero”, que con el paso de los años no ha olvidado, cuajó una faena de antología. Salió en hombros, en medio de la  alegría  y el entusiasmo de los asistentes. Cuando estaba reposando en el hotel, llegó el empresario y le dijo que lo invitaba a comer, junto con Vásquez. Salieron a un muy buen restaurante. En la comida el empresario le dijo que iría nuevamente en el cartel del día siguiente, pues la gente había salido de la plaza pidiendo volver a verlo.  Jesús  se puso feliz, pero Vxico, que consideraba su nueva patria. do por la aficcide siete mil dolares.onales, pero con hechura en Mahora y debe pagar la másquez se puso serio y dijo: cuanto son los honorarios. El abogado les dijo que le iría bien, que con él le iría bien, que toreara y que no se arrepentiría. Vásquez se paró en la raya y dijo, como si fuera su empresario, no señor, el matador va, si arreglamos y el arreglo es ahora y debe pagar la mitad de los honorarios ahora mismo. El empresario no tuvo alternativa: le pagaría dos mil dólares. Jesús por poco se va de espaldas. Nunca en su vida había visto esa cantidad de dinero junto y en efectivo. De una vez le adelantó la mitad que eran 12.000 pesos mexicanos y Vásquez para acabar de cerrar el negocio, exigió que la empresa pagara  los subalternos y demás gastos del matador y que la otra mitad  de lo acordado sería pagado antes de iniciar la corrida.  La plaza se llenó hasta las banderas. Se ganó en  México sus primeros honorarios y fue el inicio de lo que sería una carrera en el mundo de los toros como una de las grandes figuras nacionales, pero con hechura en México , siendo considerado en más de una ocasión como si fuera de allí. Nunca fue a torear a España, no lo necesitó.  Se hizo figura y toreó en muchos otros  países como Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, donde recuerda haber recibido la mejor paga, que fue de siete mil dólares.

Con el paso del tiempo y siendo apreciado por la afición, anunció que renunciaba a su alternativa –que nunca había recibido- y que la tomaría nuevamente en México, que consideraba su nueva patria. Efectivamente  la tomó de manos de Manuel Capetillo, legendaria figura de los toros, teniendo como testigo a Félix Brión, en Guadalajara, en marzo de 1955.

No recuerda cuantas corridas toreó, pero si tiene en su mente que mató un total de 720 toros de lidia. Nunca le correspondió, como novillero, torear ganado criollo, que embiste poco y es peligroso. Sólo de novillero se presentó como Jesús Tenorio, siempre fue conocido como Chamaco, nombre adoptado en una tarde  bogotana, cuando  el Bombero Torero  hacía su temporada de comienzos de año en varias ciudades, lo contrataron para hacer la parte seria de la muerte de un novillo. Antes de salir a la plaza el torero bufo ibérico le preguntó el nombre y le dijo: Jesús Tenorio. El hispano le dijo; eso no es taurino. Has tenido algún apelativo, algún apodo. Jesús pensó: toda la vida ,desde niño, me han dicho Chamaco, porque me ha gustado mucho oír y cantar la música mexicana. Pues a la plaza sales como Chamaco, Jesús Tenorio se murió hoy. Volvería a nacer después de 1979 cuando se retiró y regresó a ser  el hombre del común, que pasados sus ochenta y siete años disfruta de sus hijos, de sus nietos y de su tertulia en el Café Gardel de Cali, con sus amigos empresarios, poetas, escritores, empleados  docentes universitarios,  viejas figuras del toreo. Donde se sienta lo llaman la “mesa de los toreros”. Defiende hasta el cansancio la fiesta de los toros y no deja de asistir a las temporadas –las pocas que quedan- que se dan en nuestro medio. Ya camina con la ayuda de un bastón.

Tuvo un solo apoderado, el español  Francisco Escalona, quien había sido matador de toros y artísticamente se conoció como “Campanero”, un hombre serio, terco y duro. Alguna vez que no le fue muy bien, en sus inicios, en una corrida, al llegar al hotel le dijo a su apoderado: creo que me voy a retirar de torero. El apoderado de manera contundente le respondió: para retirarte, primero tienes que ser torero, te falta mucho. Nunca sintió miedo ante el toro. Dice: quien sienta miedo, el toro lo detecta y seguro va a hacer por él. Ante el toro se actúa con valor, con decisión y con mucho respeto de un ser vivo que se comunica constantemente con uno.  Solamente fue corneado dos veces. Una de gravedad en la plaza de Guadalajara, que lo tuvo en la Clínica por casi tres meses,  durante un buen tiempo inconsciente. De allí salió con más ganas.  Jamás pensó que un toro lo iba a matar. Gozó de la vida, de su arte, de las mujeres. Tuvo fortuna, hasta cuando la inseguridad de todas las violencias que siempre se han paseado con la anuencia de las autoridades en Colombia, lo dejaron apenas disfrutar de su vida, como que tuvo que abandonarlo todo, para que no lo mataran por negarse al pago de vacunas y extorsiones.

En 1979 decidió que había llegado la hora del retiro. Lo hizo de manera digna, con mucho éxito. Al año siguiente vino a Cali y se encontró con el ganadero Pepe Stella, quien le dijo que  tenía una corrida que se le iba a pasar de edad y no se la habían comprado en ese año. Que montara la corrida y él iba de socio, con el aporte del ganado. Montó la corrida con Joselito Torres, César Faraco, dos toreros venezolanos y el colombiano Hernán Medina. La Undetoc, Unión de Toreros de Colombia, el día anterior, le ordenó no dar el festejo, con casi toda la boletería colocada, porque en nuestro país no se podía programar una corrida con dos extranjeros y un colombiano, que tenían que ser dos y dos. No tuvo ninguna duda: se volvió a vestir de luces y en lugar de seis, fueron ocho toros, en la que actuó como espada más veterano, con un discreto resultado y fue el adiós definitivo a ese mundo de luces, lentejuelas, olés y mucho amor por una profesión que prácticamente lo escogió a él, cuando le dio por meterse a cine a ver una cinta de toros en blanco y negro.

En Irapuato dijo que saldría a vivir bien o a morir. Salió a lo primero y ahora  en la respetabilidad   de los ochenta años, con su gorra toledana que no le falta sobre su testa carente de cabello,  sigue hablando de toros y viéndolos en televisión y en directo, mientras los animalistas le dan la estocada final a una fiesta que fue muy grande y ahora no lo es tanto. Los tiempos cambian, pero Chamaco, Jesús Tenorio, dice, ya no está para cambios. Vivió la vida y la vivió bien, gracias al toro.