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Protestas y mociones de censura

Abogado, analista y columnista de opinión en El Espectador, Revista Semana y Eje 21.
21 de noviembre de 2019
Por Uriel Ortíz Soto
Por Uriel Ortíz Soto
Abogado, analista y columnista de opinión en El Espectador, Revista Semana y Eje 21.
21 de noviembre de 2019

Comunidad y Desarrollo

Está de moda que los opositores al gobierno Duque, se inventen toda clase de disculpas para amenazar con: paros y mociones de censura, que después de realizados no quedan sino el descontento general de quienes los promovieron y participaron.

En el Congreso de la República, que bien caro les sale a los contribuyentes, existe el síndrome de la moción de censura, producida por falta de: mermelada, contratos y burocracia, con los cuales los gobiernos anteriores tenían acostumbrados a los “mal llamados padres de la patria” para que les aprobaran sus proyectos, aún sin haberlos estudiado.

Casos se han visto, cuando varios proyectos finalmente aprobados por el congreso y sancionados por el ejecutivo, pasan para su examen a las altas cortes, donde finalmente caen como pepa guama, mientras los sufridos contribuyentes continúan esperando se les defina la norma para proceder de conformidad.

Las protestas sociales y las mociones de censura, tal cual han venido sucediendo en los últimos meses, no pasan de ser toda una vergüenza para el País y las instituciones que las promueven, valga decir, sin ningún fundamento de causa, salvo algunas excepciones, cómo la del exministro Botero, que tenía que renunciar por haber ocultado la verdad al País, sobre el holocausto de los niños abatidos en combate.

Para que una protesta sea válida, se requiere que esté sobre base cierta e institucional, es decir, que la norma haya entrado en vigencia, pretender hacerla sobre supuestos, es tarea de revoltosos, muchas veces pagados por las fuerzas opositoras.

Las protestas y las mociones de censura en los últimos meses, se han convertido en todo un telón de Aquiles, por donde se esfuman los políticos viudos de poder y los merme lados que están sedientos, se les tenga en cuenta para vincular sus pupilos a la nómina burocrática o contratos leoninos, que, para fortuna de nuestro País, en el gobierno Duque desaparecieron.

Hay que dejar en claro, que las protestas, manifestaciones y así mismo las mociones de censura, son un derecho constitucional, que asiste a todo ciudadano, comunidad, o parlamentario, para que previamente organizados, hagan valer sus derechos, cuando consideren, les están siendo birlados.

Es apenas lógico que las protestas y las mociones de censura, bien dirigidas y orientadas a buscar soluciones a una problemática social, tienen su razón de ser, y las autoridades están en la obligación de prestar su debida colaboración para que no se desvíen de los objetivos inicialmente trazados.

Permitir que en una protesta se mezclen delincuentes enmascarados, es tirar por la borda la parte programática de la misma y tergiversar su misión – visión, generándose desde todo punto de vista, el caos como vergonzosamente lo hemos visto en las recientemente realizadas.

Las fuerzas opositoras al gobierno del presidente Duque, han perdido su discurso, puesto que el País está hastiado de tanta violencia y las protestas recientemente realizadas han dejado un cúmulo de desaciertos, que no se compadecen con la situación tan delicada que está viviendo el País.

Considero que con las explicaciones que ha dado el señor Presidente, sobre las causas que llevan a los revoltosos a promover una protesta para el 21 de noviembre, ya no tiene razón de ser, puesto que todas han sido desvirtuadas por el primer mandatario de los colombianos.

Valdría pena que los señores promotores entraran en razón, se encontraran con la verdad, para que desistan del paro programado para el 21 de noviembre y así eviten que el País soporte nuevamente un desgaste innecesario.

A los señores congresistas enfermos por el síndrome de la moción de censura, se les recomienda que sean más puntuales al momento de proponerlas y eviten quedar en ridículo, proponiéndolas en forma inocua, que al final de varios discursos altisonantes, terminan en nada con un alto costo para el País y sus instituciones democráticas.

 

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