18 de mayo de 2022
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Memoria de mis noviembres tristes

20 de noviembre de 2019
Por Jaime Jurado
Por Jaime Jurado
20 de noviembre de 2019

Este penúltimo mes de 2019, de mañanas brumosas y tardes de aguaceros interminables, con su cortina de lluvia produce la sensación de un tiempo inmóvil y solo. La eternidad y fugacidad del agua, a la vez distinta y la misma retrotrae la memoria treinta y cuatro años al mes más triste en la historia de Colombia, cuando a la tragedia sufrida por la justicia en el holocausto del Palacio se sumó la mayor catástrofe natural: la erupción del Volcán Nevado del Ruiz.

En ambas situaciones Caldas puso una gran cuota de sacrificio. En la primera murieron Fanny González Franco, magistrada de la Corte Suprema  y Roberto Echeverri Correa, su auxiliar. Después de la horrorosa cifra de Armero, fue Chinchiná con cerca de dos mil víctimas fue la segunda localidad más afectada.

Por su parte Manizales, aunque en menor medida, también sufrió la furia de los elementos cuando un campamento con 80 trabajadores fue barrido por las aguas henchidas con el deshielo en la zona de La Manuela.

Prédica en el desierto helado

Sin embargo, otro hijo de la tierra, injustamente poco recordado, trató de impedir el desenlace fatal. La explosión y el alud no podían evitarse, pero sus consecuencias sí hubieran podido anularse o al menos mitigarse. Así lo proclamó desde la Cámara de Representantes el por esa época congresista Hernando Arango Monedero, actualmente columnista de Eje 21, sin que su voz fuera escuchada por quienes en el alto gobierno tenían el deber de proteger las comunidades ribereñas y los recursos para ello.

Cuán proféticas fueron sus palabras “Que Dios nos tenga de su mano”, en  sesión a la que convocó un mes y medio antes de la erupción.

El entonces Ministro de Minas, Iván Duque Escobar, lo tildó de apocalíptico y dramático y otro parlamentario quiso ridiculizarlo diciendo que no tenía el menor sentido que el legislativo se ocupara de la presunta explosión de un volcán. Tampoco la prensa contribuyó porque la única mención que se hizo en los medios fue el comentario de la periodista Daisy Cañón, del Noticiero 24 horas, quien en breves palabras informó a la opinión pública que en el Congreso acababa de darse un “insulso debate  sobre el Volcán Nevado del Ruiz”.

Nuestro coterráneo no se limitó a intervenir en la plenaria. Persistió en sus advertencias y después de la sesión le insistió al ministro en que al menos debían comprarse e instalarse alarmas, a lo que el alto ejecutivo respondió que eran muy caras. Arango le replicó: “venda algunos de los carros que tiene allá en el ministerio y compre cuatro o cinco alarmas”. Ni siquiera eso se hizo y las palabras del vidente quedaron convertidas en una prédica en el desierto, con apenas algún eco en la historia porque nadie en el gobierno asumió responsabilidad alguna y todos siguieron tan contentos en sus altos cargos con sus no menos flamantes vehículos.

Luto en el sindicalismo

Uno de las primeros víctimas en el genocidio del por esos días recién fundado movimiento Unión Patriótica fue el obrero tipógrafo, exconcejal y presidente de la Federación de Trabajadores de Caldas, Rubén Darío Castaño Jurado, acribillado en pleno centro de Manizales el 28 de noviembre de 1985. Su asesinato estremeció la sociedad caldense e inició el martirologio de ese partido de izquierda en la región, que posteriormente incluyó a dirigentes tan destacados como Alberto Cardona Mejía, académico y  líder político chinchinense, Ramón Castillo, abogado manizaleño que llegó a ser alcalde de Apartadó y del también dirigente obrero Gonzalo Castaño Zapata, hijo y continuador de la lucha del inmolado Rubén Darío.

El recuerdo de este líder comprende no sólo un legado de entrega a la causa popular sino también una obra poética inédita.

A su morada final, en Jardines de Paz, donde ahora duerme el sueño eterno al lado de otro gran hijo de la comarca, Bernardo Jaramillo, lo acompañamos miles de acongojados ciudadanos en el noviembre más oscuro del que  tengo memoria. De las emociones de esa marcha recuerdo con especial nitidez una nota tragicómica cual fue la de ver en cada uno de los vagones de la rueda de Chicago del Batallón Ayacucho apostados sendos soldados con el dedo en el gatillo de amenazadores fusiles. ¿Precaución por posibles alteraciones del orden público o sentimiento de culpa de altos mandos que un mes atrás lo habían detenido  ilegalmente y que luego se vieron involucrados en las investigaciones judiciales iniciadas a raíz del crimen?

Orfandad de los cóndores

Este noviembre, en principio alegre por el reencuentro con mis raíces y matizado por el ameno diálogo con un amigo de siempre, el manizaleño por adopción Alirio Mendieta, se ensombreció con la noticia del atroz asesinato del ambientalista Carlos Aldairo Arenas “Cejas”, defensor de los cóndores, alcanzado por la mano homicida de Caín en su modesto y solitario hogar al pie de su amado glaciar  Santa Isabel.

¡Qué triste y sola queda la majestuosa ave de los Andes sin su ángel guardián de cara de oso de anteojos y alma de niño que nunca quiso abandonar sus lares a pesar de los riesgos!

Que Dios nos tenga de su mano si no paramos este desangre y no logramos que en vez de aniversarios grises celebremos los noviembre y todo el año en paz y alegría entre hermanos.