4 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La palabra conduce todo

24 de noviembre de 2019
Por Eduardo Aristizábal P.
Por Eduardo Aristizábal P.
24 de noviembre de 2019

Superlativa fue  la importancia que en la antigüedad se le dio a la oralidad y la forma como permanentemente se prepararon todos los actores  en general, porque desde esas remotas épocas, se tenía la convicción que el poder de persuadir o disuadir eran directamente proporcionales al manejo de la oralidad y ese concepto todavía está vigente en pleno siglo XXI.

No podía faltar la guía de la argumentación, que como la oralidad en general se tienen que volver familiares y convertirse en una actividad natural y espontanea para poder lograr sus efectos, en cualquier actividad.

En la tragedia Filoctetes de Sófocles, Ulises dice:

» Veo que en la vida de los hombres, es la palabra y no la acción lo que conduce todo «

En Ensayo sobre Elocuencia Jurídica, Maurice Garzón dice que » vivimos en una época en la cual cobra cada vez más importancia. El poder, en efecto, pertenece, al menos por principios, a una mayoría a la que es necesario conmover y a la que se alcanza mejor por medio de discursos, que de escritos. Sin embargo no se hace nada para enseñar el arte de la oratoria «

» En una época como la nuestra en que la palabra desempeña un papel eminentemente activo en todos los medios para todos los asuntos; en países democráticos, donde los oradores se encuentran tanto en todos los tipos de foro como en todas las formas de reunión; en una sociedad en que la palabra ha sustituido en todas partes a la escritura para discutir y para resolver, es indispensable enseñar la ciencia de la voz humana como se enseña cultura física o armonía de las actitudes – Prefacio le l, orateur, de A. Wicart –

Isócrates dice que no nos diferenciamos de los otros animales sino por la palabra. El talento para persuadir a nuestros semejantes de todo aquello que deseamos nos ha liberado de la vida salvaje y ha formado la sociedad, levantando las ciudades, estableciendo las leyes e inventando las artes.

En la Historia Crítica de la Elocuencia escrita por el tratadista Belin de Ballu, leemos: » Una vez que se ha sentido la importancia de un arte que éste ha obtenido  la estimación universal, se estudian sus principios, se los reúne en un cuerpo de doctrina, se los enseña y ya está el arte formado”.

Saber hablar en público adquiría cada vez mayor importancia, por eso fueron creadas escuelas especiales. De acuerdo con testimonios de Aristóteles, el siracusano Corax y su discípulo Tisias, son los fundadores de la retórica.

Todo parece indicar que Corax fundamentalmente pretendía enseñar a los numerosos litigantes de su país, la forma de ganar las causas ante los tribunales. La retórica es una maestra de persuasión, decía la definición de su manual.

Los primeros maestros que enseñaron la palabra en Atenas fueron los sofistas, precursores de los retóricos, quienes pretendían desarrollar la facultad de juzgar, de hablar y de obrar.

La crítica de los poetas era una lectura explicada de las obras de Homero o Hesíodo, a lo cual se le agregaba una verdadera disputa filológica. Las disputas erísticas o ejercicio de dialéctica eran verdaderos combates de palabra. Partían del principio de que no existe una verdad universal sino opiniones individuales y variables, concluían en que era posible sostener sobre cualquier tema, dos proposiciones contradictorias. La erística era un verdadero  arte: tenía  su naturaleza y sus leyes propias. Al empezar las sesiones se asignaban los papeles; habitualmente el sofista era el interrogador y era el quien gobernaba la discusión. Otro de los participantes tenía  la misión de responder; i el primero que respondía se confesaba vencido, otro lo reemplazaba.

Los sofistas cultivaban la palabra, el vocabulario, el estilo, los modales y los gestos. Sus discípulos aprendían a hablar con facilidad, pero especialmente a argumentar.

La retórica nació y se perfeccionó  en una sociedad como la giega antigua, de carácter y sistemas políticos predominantemente orales y para la cual el dominio de la palabra era una necesidad práctica.

Isócrates de Atenas , discípulo del retórico Gorgias, fue el forjador de los  grandes oradores griegos, fue él quien hizo incluir la retórica en los estudios regulares de los jóvenes atenienses al darle, por su verdadera utilidad práctica, un carácter verdaderamente educativo y la retórica se convierte en un verdadero instrumento de cultura. » Aprender a hablar bien,  es aprender a vivir bien » Isocrates.

Tras la infiltración de la cultura griega en Roma, se crearon escuelas en donde se enseñaba introducción a la filosofía y retórica para los jóvenes romanos.

Como soñar no cuesta nada, es gratis, que bueno que en colegios y en los primeros semestres de las universidades se implementaran talleres permanentes para enseñar a hablar a los estudiantes. Hablar en público.