28 de febrero de 2021
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En medio de la confusión…

29 de noviembre de 2019
Por Mario García Isaza
Por Mario García Isaza
29 de noviembre de 2019

Los colombianos estamos viviendo un momento de tremenda confusión. No es fácil desentrañar ni los verdaderos orígenes, ni los reales propósitos, ni las consecuencias, previsibles o imprevisibles, del llamado paro del 21 de noviembre y de todo lo que ha seguido aconteciendo a partir de él. Y evidentemente existe el riesgo, al analizar esos factores, de caer en explicaciones simplistas, unívocas, de realidades que son muy complejas y en las que con seguridad se mezclan múltiples elementos. Leyendo o escuchando los análisis que hacen las distintas autoridades, los politólogos, los periodistas, los que de algún modo han sido protagonistas en los sucesos, los analistas de la situación colombiana y latinoamericana, uno diría que crece el desconcierto. ¡Son tan distintas, a veces tan contradictorias, las explicaciones que se dan de lo que ha pasado, y tan diversas las propuestas de lo que debería hacerse!

Yo, sin el más mínimo propósito de posar de politólogo, pero sí con el corazón estrujado y con la clara percepción de que sobre nuestra patria  se ciernen gravísimos peligros, y, por supuesto, convencido hasta la medula de que sólo el rescate de los principios emanados del Evangelio nos puede librar de ellos, aporto esta reflexión.

Ante todo, tengo la certeza de que si hay colombianos que se muestran proclives a  ideas y a proyectos que, por un lado van en contravía de los valores éticos, antropológicos y sociales cristianos, y por otro le abren las puertas, insensatos y ciegos, a la corriente ideológica comunista que aúpa tras bambalinas los movimientos de protesta en Latinoamérica, es porque desde hace años, en los organismos oficiales de nuestro país, quiero decir en las altas Cortes, en el parlamento, en la fiscalía, en algunos de los ministerios, especialmente el de educación y el de salud, fueron sistemáticamente enquistándose personajes siniestros, con un propósito, generalmente camuflado hipócritamente: el de ir minando poco a poco los cimientos cristianos de la sociedad colombiana.

De los sucesos dolorosísimos de estos últimos días; del daño material y social que las turbas vociferantes, integradas en su mayoría por estudiantes, indígenas y otros que ni saben por qué o contra qué protestan,  han causado; de las muchas heridas, físicas y morales que hoy sangran y nos duelen, hay, por supuesto, culpables. En alguna medida, lo somos todos nosotros, por acción o por omisión. Por cobardones. Porque nos hemos dejado anestesiar, y ya no reaccionamos como deberíamos hacerlo  en defensa de los valores y principios que profesamos. Sí, pero hay otros directamente culpables, a quienes no se sindica y que deberían ser enjuiciados. ¿Acaso el presidente de FECODE, o el de la central comunista CUT, o el señor Petro, no sabían lo que iba a pasar en las “marchas” que promovían? ¡Claro que lo sabían! Es que era eso lo que buscaban. Y cuando en medio de la tumultuosa caminata se ve a los senadores Cepeda y Cristo agitando las manos con una sonrisa de triunfo mientras simultáneamente sus encapuchados torturan a los agentes del orden y destruyen los bienes de la comunidad, a uno le parece escuchar un grito de victoria.

Nos duele, ¡y cuánto!, la muerte de unos niños barridos a la luz por el estallido de las bombas en una guarida guerrillera; pero los verdaderos culpables son quienes allí los tenían criminalmente raptados. Nos duele, ¡y cuánto!, la muerte de un joven herido en medio de la marcha; pero también nos duele, y no parece dolerles a los promotores de la asonada, el sufrimiento de los agentes salvajemente golpeados, o de las dos mujeres policías brutalmente agredidas por los encapuchados en la sede del ICETEX. Vemos bien las veladas, con flores, luces y letreros, en memoria y honor de Dylan; pero nos preguntamos: ¿dónde está el mensaje de repudio de la CUT, o de FECODE, o de Petro y compañía, en solidaridad con los abnegados agentes del orden que,  protegiendo a la comunidad, han resultado gravemente lastimados, o con los que han visto sus negocios destruidos por los vándalos que ellos instigan? Reconocemos sin reticencia que hay muchos problemas, que el pueblo colombiano enfrenta múltiples necesidades insatisfechas. Pero en grandísima parte ellas son consecuencia de lo que la nación recibió en herencia de quienes antes nos desgobernaron, y es un desatino exigir soluciones que precisamente esa herencia hace difíciles o imposibles a corto plazo. Se requiere, cómo dudarlo, que el gobierno desarrolle programas serios que, en todos los terrenos, vayan cerrando la brecha de injusticia e inequidad que hiere la sociedad colombiana. Pero no es destruyendo los bienes que sirven a todos como se logrará ese propósito.

En medio de la confusión, nos hará mucho bien el recordar las hermosas palabras con que el santo padre Francisco nos habló, el 7 de septiembre de 2017, en el parque Las Malocas : “Quisiera, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios, déjate reconciliar. No le temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos, no  tengan miedo de pedir y de ofrecer perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades.  Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno”.  Esta orientación luminosa, y no las desatentadas incitaciones al desorden, marcan nuestro camino. ¡Dios nos tenga de su mano!

 

Ibagué, noviembre 29 de 2019