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Adiós a Javier García: El hombre que hizo bailar a Colombia

19 de noviembre de 2019
19 de noviembre de 2019

Por Guillermo Romero Salamanca

El corazón no le aguantó más al hombre que hizo bailar a Colombia y este 19 de noviembre, el cielo de los músicos lo acogió.

En los últimos meses se había dedicado a caminar, respirar aire puro, tomar fotos y sembrar exóticas plantas colombianas.

Se le podría calificar como un enfermo por la música. Durante 52 años escuchó toda clase de ritmos, canciones, tonadas, composiciones, cantantes, orquestas, para volverlos éxitos. Su mundo giraba en torno a los estudios de grabación, ferias de discos, cintas, casetes, acetatos y contratos.

Hace unas semanas charlamos sobre el tema que más le gustaba: la música.

UNA HISTORIA MUSICAL

“No jugué bolas, ni fútbol. Sólo oía música”. En 1966 ingresó a RCN, gracias a su voz, a presentar canciones. Era un joven locutor con futuro. Estaba feliz. Pero cuando conoció a los Yetis, a los primeros artistas de la Nueva Ola y pudo entrar “Pedro por su casa” a Discos Fuentes y se metía a los estudios cuando grababan Fuko, Píper Pimienta, Rodolfo Aicardi, La Sonora Dinamita, Los Hispanos y el genial grabador Mario Rincón, lo dejaba que estuviera allí, encontró su paraíso.

Se conocía los catálogos de las empresas discográficas y Codiscos lo contrató como director nacional de promoción del sello Zeida.

Ese era su mundo. Lo transformó y a partir de ese momento sólo tenía una intensión en su vida: grabar éxitos, ponerlos en primeros lugares y venderlos.

Se convirtió entonces en un ir y venir entre Fuentes y Codiscos. Ganó Congos de oro con sus productos. Participaba en encuentros musicales en diferentes países. Podía levantarse en Estados Unidos y acostarse en México. No tenía otro pensamiento sino en hacer éxitos, en ganarle a la competencia, en conquistar el mundo a través de las notas musicales. No dormía. A veces comía. No tenía horarios. Bien podían ser jornadas de 8, 16, 24 o algo más oyendo y oyendo canciones.

Era como loco compulsivo por programar canciones.

Aunque estuvo en BMG y otras multinacionales, lo suyo era trabajar para empresas de familias. Sin embargo, los últimos 19 años los dedicó a su propia empresa G y M Discos.

Un día lo visitamos y en su oficina, estaba escuchando una primicia que le había llegado de México. “Rata de dos patas” de Paquita la del barrio. Escuchó la canción dos veces y dijo: “Esto es un éxito”.

Lo recuerda ahora. “Logramos un exitazo con Pepe Aguilar por el tema “Con mujeres como tú”, pero Paquita nunca tuvo tiempo para venir a Colombia a dedicarle un tiempo a la promoción”.

Ahora evoca sus años dorados con Pastor López, Alfredo Gutiérrez, Los Hermanos Martelo, Juan Piña, Rodolfo, Fruko, Latin Brothers, Afrosound –“eso fue mío, yo soy el creador”–, La Sonora Dinamita  y aclara, de una vez por todas: “Nunca he trabajado siempre me he divertido con la música”.

Gozaba como nadie al observar a miles de personas bailando en diciembre sus canciones. Le fascinaba observar las filas que hacían para comprar Los 14 Cañonazos bailables. Disfrutaba oyendo en las emisoras sus éxitos que con tanto cariño había trabajado y que, a finales de año, la gente se gozara.

Javier le sacó mucha punta, en los últimos días, a su afición a la fotografía. No perdía barranquito para disparar su cámara, sobre todo a los pájaros. El avistamiento de pájaros se volvió su hobby. También disfrutaba mucho con los paisajes. Para muestra un botón.

¿Cómo conoció a Rodolfo Aicardi?

–En La voz de Medellín había un programa nacional que se llamaba El Club del Clan. Allí llegó Rodolfo, cantó acompañado de una guitarra, “Una chica Yeyé” de Manolo Muñoz. Yo trabajaba yo en Radio Ritmos la emisora número uno, tenía unos 20 añitos y encontré un acetato que había llevado Octavio Ramírez de discos Fuentes, lo presenté y nos hicimos amigos con Rodolfo. Yo tenía una novia y él fue a cantarle una serenata.

Rodolfo era un muchacho normal, de buena figura, tenía una gran voz, un don de gentes, en el escenario se transformaba. Es una gracia que Dios les da a las personas. Es de los mejores que he visto en un escenario y en un estudio de grabación. Su éxito fue muy rápido, poseía un carácter muy fuerte. Participamos con Jaime Ayala en la grabación de “Sufrir”, número uno en Nueva York.

Luego, cuando se fue Gustavo Quintero de Los Hispanos buscaban una voz y se quedó con ellos. Rodolfo hacía dos elepés por año, cuando llegaba a grabar se sabía ya las canciones, no había que empatarle, ni editarle, eso era de una. A veces pedía que le repitieran algo. Era perfeccionista. Era un genio en el estudio. Muy Consagrado.  

–¿Cuántos discos vendió?

–Arrumes. Rodolfo de “Sufrir”, el primer pedido fue de 150 mil. Lo pedían en Venezuela, Ecuador, Perú, Centroamérica. Con “La Colegiala” vendió millones en Europa. Lo vendimos hasta en Arabia. Con el apoyo de disqueras independientes lo vendimos por muchos rincones del mundo. Esto era un mercado virgen y a la gente le gustaba. Fue el primer colombiano en aparecer en los listados de la Billboard. No se puede calcular cuántos discos vendió, pero sí fueron arrumes.

Fuimos muy amigosLa última vez que hable con él, sabía que estaba enfermo, pero no tanto…y me dijo: “siempre pensaste en mi bien…siempre pensaste en lo mejor para mí”. A los dos meses falleció. Era un buen muchacho. A los artistas los enloquecen les dan cosas y se los tiran…Él siempre quiso ser el mejor. Rodolfo no gastaba se quedaba encerrado en su casa, tuvo casas, apartamentos.

Nos sentábamos horas a escuchar música. Tuvo un bajón pero después rehicimos “Tabaco y ron” y comenzó a despegar nuevamente. ¡Qué gran artista era Rodolfo!.

Javier García viajaba cada semana. Vivió con un número reducido de verbos: escuchar, grabar, promocionar y vender. No sabía que era descansar. Iba a Caracas como ir a hacer mercado. Se recorría medio mundo. Llevaba a Londres, París, Madrid y Roma las nuevas canciones que se hacían en Medellín. Se quedaba corto. Le pedían hasta del Japón.

Regresaba a Colombia y se metía al estudio y escuchaba nuevos éxitos “El cocinero mayor”, “El patillero”, “A la memoria del muerto”, “El preso”, “El Ausente”, “Las caleñas”, “Lloró mi corazón”, “Cariñito”…

Se metía en su oficina, un rincón que le había acondicionado Fuentes en el tercer piso y seguía escuchando canciones. No le alcanzaba el tiempo para oír producciones que le llegaban de Perú, Ecuador, México y de distintas partes de Colombia.

Durante 18 años tuvo la responsabilidad de programar “Los 14 cañonazos bailables”. En agosto mínimo ya tenía siete como grandes éxitos. Se inventó un nuevo producto para sacarlo a mitad de año “Síganme los buenos”.

Bebía como loco, fumaba como prisionero. Ir a su oficina era encontrar a un hombre que no paraba de hablar, era nervioso, ponía una y otra canción. Decía esta puede funcionar, con esto no pasa nada… Parecía un robot.

–Javier, vamos a almorzar, le decía el doctor Conrado Domínguez, presidente de Discos Fuentes.

–Vayan ustedes, no tengo tiempo, ahora pido cualquier cosa. Y se excusaba.

Trajo a Colombia a Franco de Vitta, presentó a Jesucristo Super Star, Los Galos y se puso feliz en 1974 cuando impactó con “La Roncona”. Compraba licencias. Vendía temas. Negociaba aquí y allá.

Sólo le importaba vender “arrumes de discos”.

“Desde luego que muchas cosas no funcionaron, pero nos pagaban para que nos equivocáramos menos. La música había que trabajarla al mayor común denominador posible. Todo el catálogo tropical se hizo a base de cariño y de buena música.

En 1986 comenzó a frenar su carrera. Dejó el licor. En el 2000, el cigarrillo.

Ahora, retirado, se dedica a escuchar sus propios éxitos, en su IPad. “Hoy sí disfruto de la música, antes la trabajé…ahora no tengo competencia. Ahora sí me puedo gozar los diciembres”, dice.

El hombre que decía en sus charlas que “es más importante una canción que un artista”, ahora es un obsesionado por la fotografía. Desde las 5 de la mañana manda a sus amigos de Facebook tomas de lunas llenas, de montañas verdes, de paisajes inmensos.

Era un lunático feliz. Inolvidable. Gran persona. Buen viaje viaje maestro.