16 de mayo de 2021
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Cavernarios y vetustos

4 de noviembre de 2019
Por Andrés Felipe Betancourth López
Por Andrés Felipe Betancourth López
4 de noviembre de 2019

Conjurando estos adjetivos, y tratando de librarme de ellos, escribí hace algunos meses una nota de réplica frente a otra que cuestionaba el ejercicio de las mujeres en política. Hoy, de nuevo en tono de réplica, los encuentro precisos para calificar los planteamientos contenidos en la nota firmada por Uriel Ortiz Soto (¿Qué es ser primera dama? Eje 21, Octubre 31), quien esta vez no cuestiona, pero sí se adjudica la potestad de “aconsejar” a las esposas de los gobernantes recién electos. Asumiendo, claro está, que solo se eligen hombres y que quienes hacen pareja con ellos solo pueden ser mujeres, vinculadas a través del lazo matrimonial.

Al respecto, escribí en el periódico La Patria el 8 de agosto de 2014, y retomo de aquella nota la siguiente referencia: En Ecuador, en el año 2007, el gobierno de Rafael Correa abolió el cargo de «Primera Dama», por considerarlo ilegítimo, anacrónico y discriminatorio respecto de las demás mujeres de su país. Además, el comunicado oficial de la presidencia señalaba que reconocer tal cargo «…implica sexismo, ya que se transmite el mensaje de que las mujeres deben ocuparse de la asistencia social, mientras los varones deben dedicarse a las cuestiones de Estado.»

Pensando en replicar, releí los 13 párrafos tratando de encontrar el centro de los argumentos, a los cuales confrontar. Y renuncié. En primer lugar porque me siento en la ilógica gesta de plegar el tiempo, para contrastar las realidades de hoy con las de hace seis o siete décadas, que corresponden a varias de las opiniones del señor Ortiz Soto. En segundo lugar, porque no encuentro cómo podía representar un desafío para las ciudadanas, buscar entre los candidatos de las pasadas elecciones a quienes “mejor lugar” le dieran a sus esposas (si las tienen). El verdadero desafío, para toda la sociedad, es entender por qué es necesario conseguir mayor participación de las mujeres como candidatas, superando cuantitativa y cualitativamente las cuotas obligatorias. Y en tercer lugar, me parece estéril contrastar argumentos con alguien que advierte en sus primeras líneas que considera tener la autoridad moral para opinar sobre el rol de las mujeres. Una autoridad que suelen asignarse algunos en virtud de su pretendida superioridad; de su edad, que puede ser acumulación de ideas erróneas y prejuicios; de sus creencias y religiosidad que no admiten realidades sino dogmas; o en no pocos casos, de una debilidad mental y emocional que, para resistir, recurre a la violencia simbólica y física típica del machismo.

No conozco al señor Ortiz Soto y ninguna de mis afirmaciones anteriores se dirige a su persona. Pero si, con toda determinación, a las ideas que expone. Ideas que en general declaramos inofensivas, simpáticas o malinterpretadas. Sobre las que tercamente decimos que no tienen la intención de dañar ni de ofender. Las que aparecen en columnas de opinión, caricaturas o chistes de oficina. Que llevan en su entraña, desde la descalificación hasta la justificación del acoso por el aspecto o el atuendo. Las rechazo con vehemencia porque también yo me he descubierto portando y propagando esas ideas. Porque en diferentes ocasiones me he ubicado en la misma orilla que el señor Ortiz y que el caricaturista Matador. Esa, señores, aunque la terquedad nos diga lo contrario, es la misma orilla de los feminicidas y abusadores.

Como dije en mi anterior réplica, no escribo esto porque las mujeres necesiten de un hombre hablando en su defensa. Lo escribo porque es necesario reconocer que, por décadas, nos hemos ubicado en la orilla equivocada.