13 de mayo de 2021
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Puede ser una dulzura

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
11 de octubre de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
11 de octubre de 2019

Hay un anciano que veo con frecuencia atravesar mi calle, debió ser un gigante. Aún hoy, a pesar de que el tiempo lo ha doblegado, es considerablemente más alto que yo. Sus piernas, de las rodillas para abajo, se han desplazado hacia afuera, seguro por el peso del resto de su cuerpo, de tal forma que camina con cierto ritmo singular, una especie de cojera que, además, ha venido aumentando. A pesar de su altura, sin embargo, el hombre aparentemente no tiene nada peculiar, es tan corriente como todos los demás.

No obstante, la entrada del gigante en mi escenario fue estruendosa, y casi fantástica: la primera vez que lo vi fue así: giró en la esquina, dio unos cuantos pasos y se paró en medio del andén, con sus piernas torcidas y una chaqueta holgada y ladeada. Se llevó con parsimonia la mano a la nariz y se apretó una fosa nasal con fuerza, mientras por la otra expulsaba sus mocos. Tal como lo hacen los deportistas agitados, en medio de su faena, y ante las cámaras de televisión. Nadie miró, o quienes lo hicieron fingieron no ver, yo en cambio quedé extasiado. Aquel hombre era algo extraordinario. Irrumpía con una fuerza y una brutalidad especial, o más vale decir, con una displicencia admirable. Era evidente que los demás le importábamos muy poco. Luego se recompuso, respiró profundo y siguió su paso con esa extraña cadencia. Era un gigante apático en medio de seres angustiados, afanados y vanidosos. Pasó por mi lado, gruñendo algo, mientras sus manos se iban moviendo a un ritmo diferente del resto de su cuerpo. Si las piernas iban renqueantes, las manos parecían tener vida propia.

Luego he visto al gigante casi cada vez que salgo a la calle, camina por los mismos sitios que yo lo hago; o pasa por el frente de la terraza de Libélula. Siempre renegando entre dientes, y con sus manos moviéndose a su propio ritmo. Alguna vez, incluso, lo vi hablar con ellas, las miraba y les decía algo, o le decía algo al dueño de aquella parte del cuerpo que parece no pertenecerle. Otro día lo vi caminar hasta el rincón de una pared, apenas a unos pasos de la avenida. Dando dos de sus enormes trancos, evitó las plantas con púas que algún alma escrupulosa sembró infructuosamente en el sitio para evitar que lo convirtieran en sanitario público, y de espaldas a los demás transeúntes, orinó de manera plácida y tranquila, tal como si fuera Gargantúa. Al final se subió a medias la cremallera y regresó al andén, batiendo su bolsa plástica.

Michel Tournier dijo que los viejos “flotan sin asideros en la superficie de la existencia”. Así desapareció aquella tarde el gigante, flotando, mientras todos se arrastraban con pesadez y yo casi no podía levantarme de la silla en la que estaba.

El gigante, solitario y maltrecho, camina bendito entre los demás ciudadanos, ya ha alcanzado la pureza objetiva que lo exime, casi, de lo terrenal. Puede darse el lujo, y se lo da, de sonarse la nariz sin pañuelo u orinar contra un muro; porque sabe que la prudencia ya no es un mandato. Borges, atrevido y ya anciano, dijo que la vejez “puede ser el tiempo de nuestra dicha”. Puede, se cuidó de escribir: “puede ser el tiempo de nuestra dicha. / El animal ha muerto o casi ha muerto./ Quedan el hombre y su alma…”, y aludiendo a sí mismo en Elogio de la sombra, y dejando claro que la vejez es algo similar a la ceguera, escribió: “Vivo entre formas luminosas y vagas/ que no son aún la tiniebla…/ Esta penumbra es lenta y no duele;/ fluye por un manso declive/ y se parece a la eternidad./ Mis amigos no tienen cara,/ las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,/ las esquinas pueden ser otras…/ Todo esto debería atemorizarme,/ pero es una dulzura, un regreso”.

Bioy Casares dice en su diario que en alguna conversación con Borges, concluyeron que “la vejez consiste en que nuestras costumbres, nuestros tics, nuestras manías, se apoderen de nosotros”. Imposible saber si aquel diario es cierto y no apenas una sarta de chismes pasajeros inventados por la mente provinciana y clasista de Bioy, el caso es que son mucho más bellos los versos del poema citado, que advierten una verdad menos común, más sutil, aquella de que la vejez puede ser una dulzura, e incluso, parecerse a la eternidad.

Tal vez el gigante no exista, tal vez no sea más que yo mismo caminando por mis calles, e intentando imaginarme dentro de unos años; no es la primera vez que me sucede.

Manizales, 11 de octubre de 2019