19 de mayo de 2022
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¿Nuestro destino es ser corruptos?

22 de septiembre de 2019
Por Víctor Zuluaga Gómez
Por Víctor Zuluaga Gómez
22 de septiembre de 2019

En varias ocasiones, cuando he participado en conversatorios sobre temas históricos, me han hecho la pregunta sobre las razones por las cuales hemos llegado a tales niveles de corrupción en todas las esferas de lo público  y lo privado.

Lo primero que debemos tener en cuenta es que al producirse la invasión española, los indígenas fueron despojados de sus tierras, sometidos a pagar tributos, marginados de cualquier tipo de educación, menos la religiosa porque ella reforzaba la dominación. Y toda la población de África que fue sometida a esclavitud y fue introducida en América para su explotación, igualmente es marginada de procesos educativos y apenas lógico, obligados unos y otros a obedecer ciegamente unas leyes dictadas por los monarcas europeos y que legalizaban el monopolio absoluto del poder social, político y económico.

En esas circunstancias, cuando no existe ninguna participación y la dignidad humana es pisoteada, es apenas natural que se produzca una reacción hacia la arbitrariedad de las normas y cada vez que se podía, se buscaba la manera de burlarla, de transgredirla.

En el caso del esclavo, cuando no se encontraba presente su amo o quien hacía las veces de él, sencillamente dejaba de trabajar o dañaba los instrumentos de trabajo, como una respuesta a la opresión. Igualmente se diría (y hay todavía algunos que lo dicen) que el indígena era mentiroso, solapado, conducta que se podría catalogar como un recurso de defensa de sus intereses.

Pero afirman algunos, vendría la independencia y con ella una valoración por quienes incorporaron en sus ejércitos a indígenas y esclavos para luchar contra el poder de España. Pero no fue así. Las propiedades de los indígenas (resguardos) comenzaron a ser atacados por los criollos  y poco a poco fueron desapareciendo una enorme cantidad de ellos: baste con decir que en esta región del Eje Cafetero, desaparecieron los Pindaná, los Tabuyos, los Quinchías, Guáticas y Tachiguíes. Y que la libertad de los esclavos solamente se dio en 1851.

Sin duda alguna podríamos decir que durante todo el siglo XIX, continuó el sometimiento a una clase dominante, heredera de los criollos que lucharon contra la monarquía española. Recordemos que una vez declarada la independencia, no todos los ciudadanos tenían derecho al voto, sino aquellos que era propietarios de tierras. De esa manera se aseguraba una dominación absoluta.

Recordemos que la Constitución de 1886 no hacía ninguna alusión a la población indígena y mucho menos a los afros. Por esa razón se expidió la Ley 89 de 1890, cuyo encabezado textual decía: “Ley por medio de la cual se regirán los salvajes que se vayan incorporando a la vida civilizada…·”. Los comentarios sobran al respecto.

Y si avanzamos al siglo XX podríamos decir que hubo algunos logros en materia de participación política, pero también es cierto que se continuaba con un tipo de educación que finalmente sustentaba la necesidad de acatar las leyes, entre ellas, las divinas, porque de lo contrario vendría un castigo en la otra vida. De esa manera, quienes llegamos a este mundo en el siglo pasado, aprendimos a actuar de acuerdo a ciertos principios, por el miedo al castigo, al infierno, al purgatorio. Y también por el miedo a la “correa” a la “chancleta” y a todos los fantasmas que poblaban el mundo en aquella época. Es decir, no hubo una educación fundamentada en el respeto al otro, por su dignidad sino por, repito, el miedo.

Llegaría entonces una etapa en la cual los fantasmas fueron desapareciendo, el poder del clero se fue diezmando y entonces, aquellas barreras que de alguna manera impedían la transgresión, fueron desapareciendo, a tal punto que, como decía al comienzo, la corrupción aparece galopante por todas partes. Y habría que añadir un elemento que viene a reforzar esa actitud que conocemos como las del “vivo”: en estos tiempos contemporáneos en donde la producción de mercancías suntuosas, viviendas lujosas y tecnologías de transporte que nos permiten ir y venir por el mundo, el deseo de acumular riqueza para darse esos lujos, es un hecho innegable. Porque si miramos el siglo pasado y mucho más en el antepasado, un viaje al Viejo Continente era una verdadera odisea. Sobra decir que en general, se aplaude al “vivo”, al transgresor, por su osadía. En este sentido, la radio y la televisión jugaron y siguen jugando un papel fundamental en todo lo que tiene que ver con incitar al consumo, con reeditar pasajes de narcos y corruptos, con  valorar al ser humano, no por lo que se es sino por lo que se tiene.

La tarea que no se puede aplazar es educar en valores desde la infancia y durante toda la vida, como la única forma de controlar el impulso, la emoción, la pasión. Porque como bien lo ha dicho la neuróloga Montalcini, la ética no es genética sino epigenética, es decir, aprendida.