13 de mayo de 2021
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Los motivos del insurgente*

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
16 de septiembre de 2019
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
16 de septiembre de 2019

De paso por Cartagena, un día caminaba por el centro de la ciudad cuando vi de repente, en un puesto de venta callejera invadido por el sol, el libro Carta abierta a un analfabeto político, de Tulio Bayer, que buscaba desde tiempo atrás y no había logrado conseguir en ninguna librería. Le pasé al librero el  billete de la compra, y él me dijo que no tenía vueltas. Le prometí volver en diez minutos, mientras le traía el dinero preciso. Y le encarecí que me guardara el libro. Mostrando una actitud de seguridad, me respondió que no me preocupara, y para mayor certeza me informó que durante el tiempo que llevaba exhibiendo la obra nadie se había interesado en ella.

Dio la casualidad de que pasos adelante me encontré con un viejo amigo, con quien entré a conversar en una cafetería. Y corrieron los minutos. Cuando regresé al puesto callejero, el libro había sido vendido. Protesté, pero mi reclamo carecía de razón, ya que los diez minutos se habían convertido en una hora. Mientras tanto, había llegado otro comprador –el diablillo que nunca falta en estas trastadas de la vida–, y el librero no podía desaprovechar la ocasión.

Este incidente de aparente trivialidad transmite, sin embargo, un signo revelador: que todo lo que giraba alrededor de Tulio Bayer era complicado, duro, tortuoso. Su vida estuvo marcada por la adversidad. Nada le fue fácil. Todas las puertas se le cerraban. Sus luchas sociales en defensa de las clases desprotegidas y en contra de los eternos explotadores del pueblo chocaban contra los poderosos y a él le creaban barreras infranqueables.

Siempre se opuso al atropello y la sinrazón. Tal vez estos dos conceptos fueron los principales resortes de sus ataques y sus diatribas en los círculos donde se desempeñó como médico, científico, profesor universitario, intelectual, periodista, diplomático, guerrillero, escritor o empleado público y privado. En estos campos quedaron huellas de su férrea oposición a las personas o los sistemas que se apartaban de los caminos correctos.

Nunca se dejó tentar por los halagos del poder ni seducir por la vida cómoda. Huía de la actitud conformista y del gesto complaciente, acaso los mayores generadores de la mediocridad y la apatía ciudadanas y causantes de grandes problemas sociales. Su tránsito por el mundo se convirtió en constante y denodada protesta contra la injusticia y la corrupción. “Yo he sido toda mi vida un luchador contra el abuso y la explotación, y además contra el absurdo”, son palabras suyas al final de su existencia.

Tulio Bayer nació en Riosucio (Caldas) el 18 de enero de 1924. Al presentarse una complicación en el momento del parto, estuvo a punto de morir. Ante dicho percance, su abuelo paterno le aplicó de afán el agua bautismal. El niño sobrevivió, y al surgir la duda de que no había sido bien realizada la ceremonia, fue bautizado por segunda vez en la iglesia del pueblo. Doble rito para un católico que se volvería ateo. Formado en un hogar católico, años después dejó de creer en la existencia de Dios. Sin embargo, creía en Cristo, pero no en el que infunde miedo por su figura amenazante, sino en el verdadero, el bondadoso, el Cristo de los pobres.

Nació con el síndrome de Marfan, que afecta a una de cada cinco mil personas y consiste en el aumento desmedido de los miembros. Este trastorno también puede lesionar el corazón. Pero no la inteligencia. Tales hechos son evidentes en el personaje: de un lado estaban su elevada estatura –que pasaba de dos metros– y la longitud inusual de sus miembros, y de otro, su aguda inteligencia. A fines de los años cincuenta lo conocí “como un simpático y extraño personaje que después se volvería leyenda en la historia de las luchas sociales que han estremecido la vida del país” (así lo percibí). Además, poseía el don de su conversación chispeante y diserta. Con tales características libró todas sus batallas.

La primera batalla tuvo como escenario el Colegio de Nuestra Señora en Manizales, donde recibía el trato áspero y discriminatorio del rector, Baltasar Álvarez Restrepo, quien sería obispo de Pereira. Sometido a humillaciones e injusticias, el alumno promovió contra el jerarca una huelga estudiantil. Fue expulsado del centro docente, pero volvió a ser recibido por mediación de su padre. Sin embargo, en su alma ya había quedado incrustada la marca indeleble de la rebeldía. Con el tiempo escribiría el libro San BAR, vestal y contratista, que tuvo como origen aquella experiencia traumática.

Años después, adelantó en Manizales, como secretario de Higiene y Educación, implacables campañas contra los adulteradores de la leche, los traficantes de lotes de la Beneficencia y otros depredadores de la hacienda pública. “No es leche sino veneno caro lo que se consume en Manizales”, clamó desde el diario La Patria. En esta guerra abierta contra la clase política no le tembló nunca el pulso. Los responsables de las fechorías, pertenecientes a la clase alta, de tal forma lo hostigaron que tuvo que abandonar la ciudad.

Fue a dar a Puerto Leguízamo con el oscuro cargo de jefe del puesto de Salud que él mismo había buscado luego de su salida de Manizales y de pasar hambres en Bogotá. En aquella lejanía selvática yo trabajaba en el sector bancario, y nos hicimos amigos cercanos por la empatía y la afinidad de nuestras ideas en el terreno humano e intelectual. Allí descubrió la miseria de los nativos, abandonados por todos los gobiernos y víctimas de los males tropicales y la carencia de medicinas. Protestó contra la indolencia oficial, y perdió la batalla.

De nuevo en Bogotá, ingresó como director técnico de los laboratorios CUP. Esta entidad quería aprovechar su especialización en la Universidad de Harvard en Farmacología y Toxicología. Tulio Bayer era, ante todo, un científico. En tal carácter, se hizo la ilusión de que ahora sí estaba en el lugar adecuado.

Pero se halló con otra realidad decepcionante: bien pronto salieron a flote graves anomalías en la elaboración de las drogas, con peligros latentes para la salud del pueblo. Por otra parte, se agazapaba en esa firma la ambición mercantilista con que se manejaba el negocio. Se enfrentó a los directivos con los códigos de la ética médica y el respaldo de la ciencia farmacológica, pero tales premisas sobraban en un organismo que se movía ahora con otro rumbo y otros afanes.

En consecuencia, fue despedido del cargo en corto tiempo. El caso tuvo revuelo nacional, y al científico se le presentó la oportunidad de denunciar ante la opinión pública la adulteración de las drogas y los negociados que se urdían bajo el prestigio de la entidad. Los laboratorios habían sido fundados con alta mira científica por el eminente médico antioqueño César Uribe Piedrahíta, también especializado en la Universidad de Harvard y, al igual que Bayer, agitador de ideas, escritor y novelista. Muerto el filántropo en 1951, su colega caldense ejerció el papel de ángel vengador dentro del legado que se había envilecido. Él también era filántropo.

Bayer asociaba este episodio con el ocurrido durante su año rural en los municipios antioqueños de Dabeiba, Turbo y Anorí, donde recibió la propuesta de un gamonal para que formulara determinadas medicinas –existentes, por supuesto, en la droguería del político– a cambio de una comisión. Su negativa le acarreó serias dificultades en su ejercicio profesional y de paso le descubrió los caminos de la corrupción que le mostraban desde entonces la realidad que viviría en diversos escenarios. A raíz de dicha experiencia, escribió la novela Carretera al mar.

 Su pensamiento acerca de la medicina y el área de las drogas, expuesto en conferencias, tesis, debates, artículos de prensa y en el libro autobiográfico Carta abierta, es luminoso. Durante su estadía en Manizales expuso respetables puntos de vista sobre los asuntos sociales y los pecados de la administración pública. Penetró en los terrenos de la salud, la educación, el desamparo de los humildes, las causas de la prostitución, y lo hizo con lenguaje vehemente, a veces mordaz y siempre justiciero.

El rincón del Jaibaná, su columna de La Patria, fue tribuna combativa y erudita. Nunca decayó en sus denuncias. En cualquier espacio donde actuaba, y en cualquier momento en que sufría  oprobios y persecuciones, su voz fue siempre categórica y fustigante. Como no transigía en el  terreno de la rectitud y se enfrentaba a cuanta depravación o desafuero surgían en su entorno, se hizo a grandes enemigos que lo hostigaban y no le permitían ejercer su profesión y vivir en paz. Fue un colombiano indeseable para muchos e incómodo para el “establecimiento”.

Después de la salida de CUP fue médico indigenista en el Vichada. Además, cónsul en Puerto Ayacucho (Venezuela). Desde este cargo puso su mayor empeño en resolver los apremios de los residentes en esa zona fronteriza, pero tropezó con escollos insalvables al no recibir respuestas del ministerio ni el apoyo del embajador colombiano en Venezuela. Por otra parte, la aversión del cónsul anterior, hombre fuerte en la zona y dedicado a operaciones oscuras, tornó nugatoria su labor.

Se sentía solo, arrinconado, impotente para brindar soluciones. Quería trabajar por el bien de la comarca y de la gente, y nadie le prestaba ayuda. Mientras tanto, desde el interior del país le llovían epítetos como “conflictivo”, “revoltoso”, “locato”, “comunista”… Vientos huracanados se arremolinaban en su territorio selvático para frenar su misión e impedirle una vida digna. La patria le era ajena. Sintió entonces que el destierro y el desprecio lo lanzaban a la rebelión.

En el Vichada conoció a Amira Pérez Amaral, quien fue su secretaria en el consulado y era hermana de varios coroneles venezolanos. La bautizó con el curioso nombre de “Tanque”, y se convirtió en su intrépida aliada de la subversión y su leal compañera sentimental hasta la muerte del médico en París dos décadas después. Fue su segunda esposa, después de Morelia Angulo Peláez, efímera relación que había quedado atrás. Cuando todos lo abandonaban, apareció Amira, la razón perfecta para no sucumbir.

El hambre fue una constante en la vida y en la literatura de Tulio Bayer. Dedicó una página entera de Carta abierta para escribir la palabra hambre en distintos tamaños y en diversas direcciones, como apuntando hacia todas partes. El hambre fue símbolo del abandono que padecía en su propia vida y que veía manifiesto en miles de colombianos marginados. Repitiendo palabras de Gaitán, decía que “el paludismo no es liberal ni conservador, ni el hambre es liberal ni conservadora”.

Cuando todos los caminos se le habían cerrado, se levantó en armas en el Vichada. Corría el año 1961. Organizó un grupo subversivo y se lanzó a la guerra contra el régimen. Su destino guerrillero era ya imparable. Su caso produjo impacto en el país. Desde luego, un joven médico de 37 años, con capacidad para ser brillante científico o destacado político, llamaba la atención de la opinión pública.

Colombia estaba a cinco años de presenciar el levantamiento en armas del sacerdote Camilo Torres, asesinado por el Ejército en febrero de 1966. En octubre de 1967, caía en Bolivia el Che Guevara, líder de la revolución cubana. Dentro de la Iglesia católica latinoamericana avanzaba la Teología de la Liberación, corriente cristiana que se basa en el Evangelio para redimir la miseria de los pobres.

El momento era de agitación social y de toma de conciencia de las desigualdades humanas, toleradas y fomentadas por los gobiernos y la propia sociedad. Contra ese estado de cosas se rebeló Tulio Bayer. Pero su voz se ahogó en el abismo.

No duró mucho tiempo en la guerrilla. El 10 de diciembre de 1961 fue capturado, junto con su esposa, por el coronel Álvaro Valencia Tovar. Varios hechos se conjugaron en su contra: la arremetida militar, la traición de algunos de sus compañeros y el agotamiento físico. Llevado a Villavicencio, quedó incomunicado más de un mes en los calabozos del Batallón Vargas.

La prensa nacional no cesaba en los improperios: “desquiciado mental”, “desadaptado social”… El coronel Valencia lo calificaba de “esquizofrénico con complejo de Edipo”, “bandido sin ningún ideal social o político”, “frustrado”, “fracasado”… Pero, cosa extraña, fue el presidente de la Corte Suprema de Justicia quien dijo estas palabras cuando se producían los mayores ataques y las peores injurias: “Tulio Bayer no es un bandido ni un asesino, ni un loco, simplemente es un rebelde”.

Como la vida es rica en paradojas, a veces incomprensibles, Valencia Tovar fue a visitar a Bayer en su sitio de reclusión y entabló con él un diálogo civilizado e incluso cordial. Se encontraban cara a cara dos escritores e intelectuales. Con el tiempo tendrían un franco intercambio epistolar, y el militar publicaría sobre el médico algunos artículos en la prensa. Ya habían cesado los dardos venenosos y brotaban en el coronel palabras de elogio hacia ciertas facetas de su adversario. Ahora el síndrome de Estocolmo se producía al revés: el sentimiento de admiración iba del captor hacia el capturado. Bayer lo acusó de haberse apropiado de algunos papeles personales cuando lo capturó en Santa Rita, los que dieron origen a la novela Uisheda (1969) que escribió Valencia Tovar en torno al conflicto armado.

Por otra parte, el biógrafo enjuicia novelas y escritos que a lo largo del tiempo calificaron al médico como personaje caricaturesco, deformándolo y ridiculizándolo. Entre los textos de esa índole están las novelas Bulevar de los héroes, de Eduardo García Aguilar; La guerra en todas partes, de Jaime Restrepo Cuartas; Uisheda, de Álvaro Valencia Tovar; algunos artículos de Gustavo Álvarez Gardeazábal; un reportaje desenfocado de Eligio García Márquez, y la presunta biografía titulada Tulio Bayer, solo contra todos, de Carlos Bueno Osorio, que es en realidad un plagio elaborado con la propia redacción de Bayer en sus libros.

Tulio Bayer fue recluido un año en la cárcel Modelo. A raíz de aquella vivencia, a la vez tétrica y creativa, escribió la novela Gancho ciego: 365 noches y una misa en la cárcel Modelo. Testimonio patético de su última desventura en Colombia. Se le imputó el delito de rebelión. La rebeldía era su fuerte y lo movía a combatir la desigualdad social. Después del año de encierro quedó en libertad, sin haber sido juzgado ni definida su situación. Luego, viajó a Caracas.

Estuvo varios días en Méjico y de allí pasó a Cuba, donde fue director de un hospital. El régimen y la ideología de Cuba lo desencantaron. Se convenció de que el castrismo no era la solución para las angustias del continente. Visitó varios países socialistas, habló con importantes líderes y sufrió la misma frustración. El comunismo no lo seducía. A la postre, se radicó en París como refugiado político. Allí se le consultaba como experto en los problemas latinoamericanos. Y declaró que era un “guerrillero en uso de buen retiro”.

En París prestó servicios ocasionales como médico de un hospital y médico legal al servicio de la policía. Con todo, obtenía mejores resultados económicos como traductor de una enciclopedia médica. Los años finales de su vida los dedicó al estudio y difusión de la ecología como base de la vida del hombre en el planeta, y hacía énfasis en los peligros que encierran las centrales termonucleares, para aprovechar, en cambio, la energía solar. No cesaba de insistir en que Colombia no tenía conciencia ecológica. Nunca dejó de pensar en la patria. Era un gran patriota.

Maestro de la palabra, sus escritos son modelo de sabiduría y belleza idiomática. Carta abierta, su inicial obra autobiográfica (en realidad todas poseen ese carácter), puede leerse como novela. Vigorosa, poética y espléndida narración de su vida combativa. Toda su verdad está contenida en este libro. Fue lector empedernido y poseía vasta cultura. Iba por el cuarto libro, y quedó sin publicar Fineglass, un tratado sobre el homosexualismo. “Dejo mis libros –manifestó– como testimonio de un hombre que morirá como ha vivido: como territorio libre del cosmos”.

Durante los últimos cuatro años mantuve con él nutrida correspondencia, parte de la cual está  recogida en mi página web. En ese lapso fui su corresponsal más constante y más convencido del significado de sus luchas, de la ingratitud del país hacia este patriota incomprendido y de la certeza de que algún día Colombia sabrá reconocer su mérito. El médico batallador, que nunca echó marcha atrás, se calificaba como un especialista en bancarrotas a quien no asustaban los fracasos.

Considerar a Tulio Bayer un quijote del siglo XX no es comparación despectiva. Por el contrario, es la manera genuina de representar su vocación idealista y altruista como fórmula para buscar la dignidad humana. Así precisa el Diccionario de  la lengua española al quijote: “1. Hombre que, como el héroe cervantino, antepone sus ideales a su conveniencia y obra de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas. 2. Hombre alto, flaco y grave, cuyo aspecto y carácter hacen recordar al héroe cervantino”.

En ambas acepciones está descrito, en cuerpo y alma, el luchador solitario de que se ocupan estas páginas. En su lecho de enfermo, le dijo Bolívar a su médico minutos antes de morir: “Los tres grandes majaderos de la historia hemos sido Jesucristo, Don Quijote… y yo”.

La insuficiencia aórtica con que llegó al mundo terminó con su vida en París a los 58 años, el 27 de junio de 1982. Al enterarme de la triste noticia, recordé las palabras que me había expresado días antes: “Pongamos las cosas en su punto: yo no soy sino un episodio de una larga guerra. Las batallas que me tocó librar las perdí. Pero aun perdidas, esas batallas contribuyeron a crear una conciencia política”. Esa conciencia política es la que se ventila a lo largo de esta biografía.

Este estudio biográfico le hace justicia a Tulio Bayer. Es el resultado de varios años de investigación en los sitios donde el personaje protagonizó sus acciones insurgentes. Orlando Villanueva Martínez se fue en busca de datos a poblaciones y entidades donde estaba escrita la historia, y por lo general permanecía oculta. Habló con la gente, revisó archivos, cartas, sumarios, documentos de distinta índole, tomó fotografías, y hoy saca a la luz sucesos inéditos y reivindicativos de la vida del médico. Todo esto le permitió conformar el material gráfico que exhibe el libro y que constituye prueba amplia de su rigurosa indagación.

Por otra parte, el historiador explaya la realidad de una etapa convulsa del país, en la que Bayer   abanderó solitarias y valerosas campañas a favor de la gente desprotegida y en contra del atropello. Y chocó, como queda dicho, contra el poder arrasador de la clase dominante, situada bien en la esfera oficial o bien en la privada. La obra no solo establece la evidencia de aquella contienda social, tan desdibujada en sus días, sino que pone al descubierto a los detractores y los señala con nombre propio, y de manera fehaciente, a través de sus escritos o libros vejatorios.

En estas páginas emerge el Tulio Bayer que merece un puesto digno en la historia colombiana, como paradigma que es de la justicia y de la equidad. Fulguran el literato y el intelectual, el ideólogo y el periodista, el ecólogo y el científico. Y ante todo, el luchador solitario que le da el título a esta obra. Aquí está el líder ignorado y vejado en su tiempo, que con su duro trajinar en la vida contribuyó a crear la conciencia política que él resaltó en una de sus cartas. Yo, tan conocedor de la vida de Tulio Bayer, quedé muy satisfecho con su biografía. Es una investigación seria, exhaustiva, precisa y justa. Está bien documentada, y esto dará credibilidad ante los lectores.

En la prestigiosa producción de Orlando Villanueva Martínez figuran textos de famosos líderes de la insurgencia, como Guadalupe Salcedo, Dumar Aljure, Camilo Torres, Sangrenera, Biófilo Panclasta, Manuel Quintín Lame. El año pasado publicó Canciones de la guerra, libro que recoge el folclor musical que ha corrido de boca en boca y describe el alma llanera a través de su historia, su gente y sus tradiciones.

Mi novela Ráfagas de silencio (2007) fue publicada con ocasión de los 25 años de la muerte de Tulio Bayer, como homenaje a su memoria. Su escenario es la selva, y la obra presenta una semblanza del médico insurgente que comenzaba a sobresalir con su rebeldía en aquella lejana frontera de la patria. No tuve la pretensión de hacer una novela histórica sobre este personaje legendario, sino la de dibujar su espíritu justiciero y sus gritos de protesta social en la selva del Putumayo. Esa fue la antesala de su vida guerrillera.

Bogotá, abril de 2018

 * Prólogo del libro Tulio Bayer, el luchador solitario, de Orlando Villanueva Martínez (Universidad Distrital Francisco José de Caldas, abril de 2019). Junto con dicho libro salió un segundo tomo: Tulio Bayer: una vida contra el dogma. Correspondencia y otros escritos, del mismo autor y publicado por la misma universidad.