9 de mayo de 2021
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INTELECTUALES

13 de septiembre de 2019
Por Óscar Iván Sabogal Vallejo
Por Óscar Iván Sabogal Vallejo
13 de septiembre de 2019

Con los intelectuales sucede lo mismo que con las democracias, no se  puede hablar del ellos sin mencionar su crisis. Aunque sobreviven, están ahora desprovistos de esa aura  de prestigio que solía acompañarlos.

El intelectual clásico, el “verdadero”, es aquel cuya opinión cobraba una especial importancia, debido al  prestigio ganado en  campos generalmente científicos o literarios, cuyas opiniones políticas merecían la atención porque  estaban fundadas sobre mejores argumentos.

No solo el buen juicio vinculado a la capacidad intelectual o al éxito académico hace  parte del perfil del intelectual, también algo de provocación no ajena a la inevitable naturaleza controversial de la mayoría de las decisiones  políticas. Su rol no era el de facilitar la decisión de los gobernantes sino  sacudir las conciencias detectando temas importantes, tesis fértiles, ampliando el espectro de temas relevantes con el fin de mejorar el pobre  nivel de los debates públicos. En este juego de razonabilidad y provocación pudo estar la clave para que su acción pública fuera  escuchada, seguida y respetada.

Poco a poco su reinado fue sustituido por el de los expertos. La complejidad de una política cada vez más tecnocrática ha hecho que  la comprensión de la profusión de las noticias del dia a dia   requiera de recurrir a los especialistas de distinto pelajes dejando de lado las reflexiones profundas de aquellos.

El mundo académico dejó de ofrecer generalidades y propició la especialización que generó expertos, muchos de ellos con acceso privilegiado al “mercado de las ideas” donde grandes intereses económicos desempeñan también su papel a la hora de promocionar – patrocinar – unas u otras de sus reflexiones.

El resultado de todo esto es una perdida generalizada de autoridad por parte de instituciones, grupos o personas que antes cumplían una función orientadora, entre ellos los intelectuales, cuya influencia es cada vez menor en esta sociedad proyectada a un escenario fragmentado y dominado por quien más ruido hace y no por quien aporte mayores argumentos.

Ahora bien, si la democracia es el gobierno de la opinión, no el de los filósofos ni  los científicos, quien  decide es la opinión mayoritaria que no necesariamente tiene que ser la más fundada en la razón. Por eso los teóricos de la democracia han abogado por la necesidad de someter las diferentes opiniones a la prueba de la deliberación pública. Aquí es donde fueron bienvenidos los intelectuales, los que alertaban sobre dimensiones de la realidad que se nos escapa. El problema es que la mayoría de ellos se han dejado llevar por la polarización y se han matriculado en alguna de las esquinas de esta nueva política de fracciones irreconciliables. Con ello pasaron a ser ideólogos, si a esos agregamos los pensadores que se empecinan en disquisiciones pedantes digeribles solo para los que están bien anclados  en la cada vez minoritaria subcultura humanista, tenderemos que corroborar que  personajes como Chomsky, Rawls y Foucault, serán de los  últimos ejemplares de esta especie en extinción.