10 de mayo de 2021
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Inmoral pero real

26 de septiembre de 2019
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
26 de septiembre de 2019

No es tierra celestial el mundo que habitamos. No son ángeles nuestros compañeros, ni cánticos de alabanza las palabras pronunciamos, ni cítaras divinas los sonidos que escuchamos, ni bendiciones los deseos que comúnmente recibimos. El entorno de nuestras faenas es opuesto a estas hermosas ilusiones. Las batallas debemos librarlas en espacios salvajes, donde la envidia, la codicia, la traición y la mezquindad hacen parte de la cotidianidad. El éxito moderno valora el canibalismo sobre la bondad y la crueldad sobre la compasión. En estos ámbitos no existe espacio para la duda que generan los valores morales o para la evaluación de nuestras conductas y mucho menos para defender lo injusto. Seguir adelante, contra lo que sea o contra quien sea, es una prioridad en este nuevo contexto.

La moral es un asunto del bien y del mal. Surge del fuero interno y crea juicios de valor que no se alinean, realmente, con las nociones de molaridad y legalidad. En este sentido, nuestra conducta podrá ser moral pero ilegal o, por el contrario, inmoral pero legal. Esta dicotomía ha sido analizada a través de la historia con postulados que ofenden la virtud: Sun Tzu en China con “El Arte de la Guerra”, realiza un metodológico análisis de las estrategias (legales e inmorales) para confrontar los enemigos en el campo de batalla; Julio César con “Comentario de la Guerra de las Galias”, desnuda las intrigas y batallas (legales e inmorales) que se libraron al interior y exterior de la campaña de nueve años que se emprendió contra los bárbaros que se oponían a la dominación Romana; Báidaba en “Calila y Dimna”, sintetiza el modelo del cortesano perfecto y la forma como puede ascender a la cima a través de maquinaciones (inmorales e ilegales) que resultan mendaces y que disfrazan la verdad y hacen de la falacia su mejor amiga y  Maquiavelo en “El Príncipe”, ideó en César Borgia el prototipo de estadista perfecto, sin piedad, cruel, mezquino, egoísta y decidido a sobreponer sus intereses a los de cualquier otro  (ilegal algunas veces, legal otras, pero siempre inmoral).

Robert Greene es un autor estadounidense de origen judío. A corta edad logró ubicar cinco de sus obras dentro de las mejor vendidas y más leídas en la literatura norteamericana: Las 48 leyes del poder, El arte de la seducción, Las 33 estrategias de la guerra, La Ley 50 (con el rapero 50 Cent), y Maestría. Pocos autores han obtenido un logro semejante en un entorno digital en el que priman los “blogs” y la información superflua. ¿Y el secreto de su éxito?. Greene se expresa sin tapujos morales sobre las modernas estrategias de la guerra con teorías o “leyes” que son aplicables en la economía, los negocios, las relaciones o en cualquier otro ámbito donde intervenga la interacción humana. Desconfiar de los amigos, halagar al gobernante, mentir mucho, hablar poco, llamar la atención, cuidar el prestigio, abrogarse el trabajo ajeno, distinguirse por medio de acciones antes que argumentos, apartarse los perdedores, generar dependencia, seleccionar los amigos, ser egoísta, pensar como espía, aplastar al enemigo, administrar las ausencias, ser impredecible, elegir las víctimas, evadir los compromisos, simular incapacidad, transformar la debilidad en capacidad, atraer la atención sin aburrir al público, mantener las manos limpias, jugar con la necesidad del que tiene esperanza, actuar sin dudas o titubeos, planificar las acciones, controlar las opciones, aprender a ser oportuno, menospreciar aquello que no se puede obtener, armar espectáculos imponentes y aprender a adaptarse, son solo algunas de las recomendaciones que da en sus libros para los poderosos.

Al leer a Green, no se puede evitar un sinsabor a realidad. Un aliento divino nos advierte sobre la impureza de sus argumentos, la negatividad de sus postulados y la enorme indecencia de su teoría. Pero es real. Después de cerrar el texto, vemos a nuestros gobernantes jugando con la fe de sus electores, candidatos creando espectáculos para engrandecer vanidades personales en pro de algunos votos, disidentes comprometidos con la destrucción de sus enemigos en todos los ámbitos, empresarios disimulando sus verdaderas intenciones a través de fundaciones que les sirven como trampolín para su próximo objetivo, palaciegos condescendientes con el soberano para ganar su favor. En esta comedia advertimos que el mundo que nos rodea no difiere de aquello que minutos antes nos escandalizó y comprendemos que, aunque nos asombre, lo inmoral es nuestra realidad. ¡Qué horror!

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