6 de mayo de 2021
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Estimado Santiago

30 de septiembre de 2019
Por Humberto de la Calle
Por Humberto de la Calle
30 de septiembre de 2019

A raíz de la jugadita, el truco para acallar la voz de la oposición en el Congreso, escribí diciendo que la artimaña correspondía a una vena maluca de muchos colombianos. Peor que eso, creo yo, es que fue recibida en general con una sonrisa. Como astucia de niño inquieto y avispado. Con excepción por fortuna de Fernando Carrillo, el Procurador, que entendió la hondura del asunto. Es otro caso más del “se obedece pero no se cumple”. El impostado respeto a la ley que suele ser bastante superficial. Aprobar un flamante estatuto de la oposición para hacerle pistola a las primeras de cambio.

El vecino Santiago Montenegro replicó en escrito titulado “No somos bellacos”. Recibí con gusto esa bocanada de optimismo. En serio. Lo digo sin ironía. Para Santiago yo incurrí en una aporía. Eso es, una paradoja irresoluble. Quizás la clave es que, a pesar de haber señalado la existencia de una “vena maluca”, hablé luego de manera impropia del “promedio” de los colombianos. Con bisturí de economista, Santiago me reprendió. Pero al hacerlo, trasladó el asunto al terreno estadístico. Para él, la mayoría de los colombianos somos buenos. Lo cual implica que si mi afirmación es una aporía, la de él sufre el mismo defecto. La verdad, es que no son aporías ni la una ni la otra. Son generalizaciones de columnista esclavo de 3200 caracteres. Porque entre los colombianos, simplemente hay de todo. Buenos, regulares, malos y bellacos. Peor aún. Nadie es químicamente bueno o malo. Y la estadística no es de mucha utilidad. Porque las hay para todos los gustos. Dijo la literatura española: “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos. Que Dios protege a los malos cuando son más que los buenos”. De tal manera que el modelo de colombiano, que Santiago define como “gente honrada y trabajadora, que cruza solo con el semáforo en verde, paga Transmilenio y se gana legítimamente su diploma”, claro que existe. Pero ese mismo, y no otro, alguna vez ha desfallecido, alguna platica le ha escondido a la DIAN y así sea solo en su imaginación, habrá querido matar al chofer que se le atravesó, odiará al avivato que se salta la fila y votará en las elecciones de manera equivocada. Y hasta cometerá adulterio mental mirando el rabo de alguna famosa. La aporía mayor, Santiago, es esa, la de creer que hay un modelo de ser humano impoluto.

En efecto, si en algo ha avanzado la psiquiatría es en descubrir que la vida mental se desenvuelve en planos simultáneos y volátiles. “No hay grande hombre para su ayuda de cámara”, dijo alguien.

A propósito del voto, ¿cómo se explica que la mayoría de “buenos” ni siquiera vaya a las urnas, mientras casi siempre “los malos” triunfan? Hasta ahora, lo que parece que va a pasar en Octubre, es que la base del sistema político va a quedar en manos de estructuras mafiosas, cuasimafiosas o simplemente interesadas en controlar la hacienda y la política locales para su propio beneficio. ¿Cómo hacemos, Santiago, para que ese hombre honrado que tú describes, se levante y rompa la tiranía de la mala política?

Quedemos en esto Santiago: en el plano del deber ser, de la construcción de país, no hay que desfallecer. De acuerdo. Toca seguir sin amilanarse. Pero desconocer nuestras fallas contradice el principio de realidad, debilita el papel de la crítica social y genera el riesgo inverso: el del conformismo.