11 de mayo de 2021
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El dúo de la historia

4 de septiembre de 2019
Por María Fernanda Restrepo Torres
Por María Fernanda Restrepo Torres
4 de septiembre de 2019

En estos tiempos de campaña política y ritmo informativo vertiginoso las redes y medios dan para todo: propaganda negra a diestra y siniestra, donde no se trata tanto de resaltar lo bueno de mi candidato sino explayarme en caracteres para destruir a otro. Videos van, cadenas vienen, fake news por aquí y bloqueos por allá. Mientras tanto, los seguidores de X o Y aspirante se tranzan en discusiones bizantinas por cualquier opinión/declaración.

Varias cosas me han llamado la atención en estas semanas de agite electoral: enconados contradictores de aspirantes a alcaldías y gobernaciones señalando de corruptos, hipócritas y participación en política a sus contrincantes, haciéndose campantemente los de las gafas con las investigaciones de su predilecto y las movidas de sus padrinos políticos. Equipos completos dedicados a activar bodegas, amparados por el colombiano refrán «lo importante no es ganar sino hacer perder al otro».

Y de verdad les hacen perder la cabeza y lo que les queda de escrúpulos. Un trino desata la furia. Una palabra o frase sacada de contexto y tenemos una semana de material para demandas, memes, caricaturas o columnas como esta. Lo que más me llama la atención es que en casi todas esas situaciones hay dos sonoros protagonistas: políticos y periodistas. Parece el binomio perfecto para la polémica, una pareja incendiaria.

Esto me recuerda la pelea de vieja data que sostiene el jefe natural del Centro Democrático contra el columnista Daniel Coronell, además de su aversión hacia Noticias Uno; la rencilla permanente de Vicky Dávila contra Juan Manuel Santos; el casi olvidado lío de faldas entre Petro y Leszli Kálli (ex asesora de comunicaciones), quien de la izquierda terminó desembocando en la ultraderecha; el asesinato de Guillermo Cano que por estos días cumple 30 años y, aterrizando en medios regionales, el sonado caso del crimen de Orlando Sierra en Manizales.

Es una peligrosa combinación, bien sea por militancia u oposición. El político se sentirá con derecho de manejar la opinión y la agenda informativa de los medios porque puede controlarlo casi todo: puestos, investigaciones, leyes, pueblos, empresas y ciudades. Algunos periodistas lo permitirán porque de este oficio es difícil vivir. Así que mientras reciban el dinero de la pauta o un jugoso cheque de la campaña hablarán bien del gobierno, ensalzarán cualquier hecho.

¡Y ni más faltaba que uno se atreva a cuestionar algo! Todavía recuerdo una vez que fui obligada a borrar un simple e inofensivo comentario antitaurino de redes sociales porque el gobierno de turno está a favor de la fiesta. Algunos recibimos críticas regañonas por opiniones contrarias a la Feria de Manizales -«una feria para todos los gustos»- que en cada edición se acerca más a un festival anual de despecho. Entonces uno no puede estar ni medio en desacuerdo con algo porque inmediatamente le enrostran su lugar de trabajo, su ética y su profesionalismo.

Con esto quiero sencillamente explicar que en lo poco se ve lo mucho. El día 2 de septiembre de 2019 leí en el diario La Patria una noticia donde decía lo siguiente: «Gaviria Trujillo arribó a Expoferias hacia las 2:00 p.m (…) Se negó a hablar con La Patria. Expresó que tenía poco qué decir, que los periodistas preguntaban cosas que no eran las que él quería y aunque se le insistió sobre qué quería decir, pidió buscar a su jefe de prensa«. Todavía no sé ni por qué me sorprende este proceder de los jefes de partidos.

De ninguna manera pienso que creer en una persona o sus propuestas nos haga borregos de una ideología. Así como tampoco creo que si en el camino surgen diferencias se esté obligado a seguir por la misma senda y ser constantemente señalado, como si no existiera el derecho a disentir, a no estar eternamente de acuerdo, a debatir o a cambiar de parecer. Hace poco leí algo que si bien no es nuevo, me dejó pensando: ni el fútbol, ni la religión, ni la política son malos per se: lo nefasto es el fanatismo.

Por eso es que la ciudadanía y las corporaciones tildan a este gremio de ser un comité de aplausos y unos sobachaquetas de las clases políticas. Porque por tener un puesto «bien» pago (una verdadera utopía en este campo) en ocasiones se acepta, soporta o calla el ser testigos de malos tratos, imposición de ideas, censuras, acoso laboral y sexual; pues lo contrario significaría suicidio profesional: contradice o desobedece al poderoso y verás como se cierran las puertas. Y a veces, cerrándolas, lo que hacen es un gran favor.