7 de mayo de 2021
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MEMORIAS

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
16 de agosto de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
16 de agosto de 2019

Juan de Dios Aránzazu supo cuanta tierra era suya, pero lo que nunca pudo hacer fue conocerla de manera directa y personal, pues no le alcanzó la vida para recorrer semejante extensión, que había pasado a ser de su propiedad  como efecto de una cédula real que desde España le expidiera el soberano, quien ordenaba y distribuía sobre  unas superficies que ni siquiera conocía y sobre las que le informaron unos aventureros que llegaron a arrasar, usurpar y atropellar a quien encontraran, en nombre de ese rey desconocido y de un dios que le era ajeno hasta a ellos mismos, pero del que se valían para legitimar, o al menos legalizar, sus atrocidades.

Sobre la inmensidad de la cordillera central  se dispuso que existiera la denominada Concesión Aránzazu para honrar la gloria real y sentar las bases de la verdad divina. Juan de Dios era amo y señor y podía disponer de la explotación de esas tierras como a bien tuviera. La producción de la tierra era lo de menos, pues demandaba trabajo que no estaban dispuestos a desarrollar y además carecían de la mano de obra necesaria para ello, por lo que la dedicación casi exclusiva se redujo a sacar minerales preciosos, especialmente el oro, horadando esa tierra y comenzando la destrucción de grandes recursos naturales de lo que apenas  comienza el lamento humano. La propiedad se manejaba con el solo criterio de la ambición desmedida y la riqueza pronta y fácil.

Los territorios eran inicialmente poblados  por aborígenes, a quienes llamaron indios como producto del craso error del denominado descubridor, Cristóbal Colón, quien en su viaje se topó con una tierra que lo salvó del desespero de los hampones que constituían su tripulación, que con el paso angustioso del tiempo y la sed en el soleado mar, estaban a punto de arrojarlo al agua, como comida de tiburones, quien organizó un viaje de exploración y explotación de  especias hacia el oriente y quiso llegar por una ruta que no fuera usada por los italianos, para sorprenderlos y evitar interceptaciones –su destino imaginado era la India-, por lo que a los primeros habitantes que halló los denominó de esa manera, sin que nunca lo hubieran sido. Una población  muy diezmada debido a los ultrajes, los castigos, los trabajos forzados al servicio de unos señores con barbas descuidadas y armas de metal, así como  de fuego, a más del uso del caballo como elemento de choque contra el ser humano. Los pocos sobrevivientes de esa población, eran quienes estaban  en esas montañas que le entregaron por arte de abuso del poder al señor Aránzazu para que ayudara a la gloria del rey y a la cristianización de  unos pueblos que  se alegaba estaban alejados de dios.

De todas las tierras de lo que hoy día es Colombia se apropiaron aquellos privilegiados a quienes se les hizo entrega de la misma manera, para  que se convirtieran en propietarios que aparecían legalizados  con la expedición de documentos que llegaban de un lejano y desconocido continente. Quienes no habían conseguido  esas propiedades, porque no alcanzaron o porque llegaron tarde,  pensaban que el futuro  en aquellos parajes que ya tenían propietarios, no era del todo bueno, por lo que con mucha imaginación y otro tanto de ambición,  empacaron unas pocas cosas absolutamente necesarias y con su mujer y sus hijos se fueron buscando riquezas.  Es el proceso de colonización interno, cuando se da inicio a lo que es la nacionalidad colombiana, hecha de ingenio, trabajo y muchas emociones.

Fue así como el bisabuelo Benedicto, a quien siempre llamaron Papá Benito,  con Rafaela, una mujer capaz de soportar el paso de los años, el peso del trabajo, y con la extraordinaria capacidad de poner una familia,  muy grande por cierto, a girar a su alrededor y hacer de ella  una estirpe que le dio la fuerza de la raza paisa, se fueron desde las montañas de Antioquia, a mediados del siglo XIX para aposentarse  en las montañas de la cordillera central, en lo que hoy día corresponde a las geografías del viejo Caldas y el norte del Tolima, a donde llegaron a explorar las minas casi agotadas, pero que aun conservaban algunas riquezas, con cuyos  resultados iban comprando extensiones de tierra de esa que Aránzazu nunca conoció. pero que supo suyas y echaron raíces para construir una historia que uno de sus bisnietos ahora cuenta en forma de novela, con la maestría a que tiene acostumbrados a sus lectores.

En “Guayacanal” William Ospina cuenta esa historia de colonos y de pobladores que se fueron apoderando  de las enormes cumbres, de caminos por los que se depeñaban los seres humanos y los animales, de los primeros medios de comunicación con ciertos avances técnicos, como el cable para transportar café  en canastillas entre Manizales y Mariquita, donde  era embarcado por el rio Magdalena, las carreteras iniciales que eran tan o más peligrosas que los caminos primarios y todo ello enmarcado en una de las muchas violencias que siempre han azotado a este país en el que las ideas se imponen a la fuerza de las balas y de la sangre.

Es un recorrido estremecedor que gira alrededor de su familia, apoyado en una serie de fotos envejecidas pero reconocibles, con cuyo conocimiento va dando cuenta de una serie de personajes que fueron reales, pero cuyas vidas parecen novelas. No hace un ensayo, en lo que es maestro, como que ha publicado un total de 19 libros  con esta modalidad de estudios científicos, sino que se vale de la ficción por la enorme libertad que le concede la palabra del creador, independiente de que se base en hechos completamente históricos, en lo que también ha logrado una maestría mayúscula, de lo que es prueba su trilogía de la conquista y la colonia españolas: “Ursúa”, 2005; “El país de la canela”, 2008; “La Serpiente sin ojos”, 2012, que constituyen relatos literarios, pero que a su vez son aportes esenciales al conocimiento de lo que ciertamente es la historia de Colombia, tantas veces contada como textos oficiales, con encargos que se han hecho para crear mitos y decirle mentiras a los escolares.

En “Guayacanal” se observa, con un idioma exquisito y poético, como debe ser toda buena novela,  el transcurrir de ese mundo que se fue haciendo poco a poco desde el siglo XIX, en una lucha de hombres y mujeres que  se partieron la vida buscando riquezas a punta de trabajo y que luego fueron objeto de luchas que les eran ajenas, pero que de alguna manera los matricularon y los marcaron en un compromiso que  no iba más allá de salir corriendo desde donde sentían que les iban a quitar  la respiración de ellos y de sus hijos, que apenas constituía  su patrimonio.

El amplio conocimiento que Ospina tiene de la conquista y la colonia le da herramientas para contextualizar todos los hechos que se suceden entre finales del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, cuando el país  pasa a vivir en espacios no tan rurales, pero más difíciles en la subsistencia de los seres humanos, que no se hicieron ciudadanos de  ciudad por su voluntad de serlo, sino por el desarraigo que generan las balas y las agresiones en la oscuridad del camino. Seres acostumbrados a la subsistencia mediante la convivencia pacífica con la tierra, debieron afrontar circunstancias  que  los marginaron  en un mundo en el que la desigualdad es cada vez mayor. Conocer  lo sucedido a esa gran familia de la bisabuela Rafaela, eje central de la narración, es entender lo que ahora nos ofrece una sociedad desarticulada por las necesidades de quienes sabían hacer mucho y de un  para otro terminaron haciendo lo que no sabían hacer, solamente para obtener un pedazo de pan duro y no morir de hambre.

Seguir la parábola vital de la bisabuela Rafaela, con su serena y envejecida belleza, a quien además podemos conocer físicamente en el libro, pues las fotos de ella se repiten en muchas circunstancias, es entender  el origen de lo que es la sociedad colombiana, vista desde  la perspectiva de un gran narrador que se mete a contar una historia de familia, en cuyas páginas permanentemente se mueve como un personaje más, hasta llegar como desterrado de la violencia a Cali, donde quiso ser abogado en la Universidad Santiago de Cali, habiendo, afortunadamente, desistido de la idea de ser hombre de leyes, para dedicarse a ser hombre de letras, que es el mundo en el que se ha movido por siempre, como lo hacen saber 45 títulos publicados hasta ahora, en lo que sobresale el ensayo cultural, artístico y social.  Un gran poeta no se podía echar a perder en códigos, leyes, decretos, incisos, parágrafos, jurisprudencias y doctrinas que a veces  intentan cuadricular la mente del ser humano.  Colombia con William Ospina perdió un abogado y ganó una figura esencial de la literatura, especialmente en ensayo, novela, cuento, poesía y crítica social. Esta podría ser la novela más personal de Ospina, pero termina siendo la novela de la colonización colombiana y la historia del desarrollo de la zona cafetera en lo que es el viejo Caldas y el norte del Tolima, con sus personajes, sus situaciones y sus triunfos y miserias, todo ello, llevado de la mano de la bisabuela Rafaela que lo marca todo y a quien todo le marcó la existencia.

Allí aparece la identidad nacional, en esos hechos, en esos lugares, en esos espacios, en esos personajes del común, que de pronto no lo fueron tanto porque debieron afrontar  situaciones  que resolvían con solo golpes de intuición. Aparece un médico  general que llega a quedarse y hacer la vida en un pueblo olvidado en las montañas, que tomó como ayudante a  un músico, a quien le enseñó enfermería para que le ayudara y luego lo hizo farmaceuta para que montara un negocio de esta clase que permitiera a los habitantes proveerse de los medicamentos que les recetaba, muy acertado en todos sus diagnósticos, muy sabio en sus conocimientos, muy solidario con los demás, pero muy mal conductor, al punto de haberse estrellado con un barranco  con el resultado de que su acompañante, quien iba en la   ventanilla derecha,  se  destrozó el brazo del mismo lado,  con el que tocaba la guitarra, le hizo curaciones y lo enyesó, en la confianza de que todo saldría  bien con el paso del tiempo, lo que no sucedió, pues esa lesión se mantuvo por muchos meses, hasta cuando Luis fue a vivir, por huida de la violencia, a Cali, donde le recomendaron un sobandero de Puerto Tejada, quien al verle su brazo inmóvil le dijo que lo podría componer, siempre y cuando fuera capaz de soportar que le desbaratara de nuevo el brazo y luego rehacerlo, lo que implicó sesiones intensas e inmensas de dolor, con el excelente resultado de que Luis volvió a tocar la guitarra, volvió a cantar y lo hizo hasta el final de sus días.  Cuando se pasa por estos renglones se vive en plena ficción, pero al saber que el novelista cuenta realidades de ese deshacer y recomponer huesos en su sitio, duele intensamente. Tanto como le dolió a Luis.

Por esas páginas pasan  el filibustero que engaña a todos haciéndoles creer que es inmensamente rico y llega en medio de anuncios ruidosos al pueblo, engalanado en su mula fina, que viene adornada con billetes de grandes denominaciones por todas partes, que pueden ser  tomados por los espectadores que lo ven pasar. Y nadie entiende porque luce tan rico si en verdad es tan pobre. Un día cuenta el secreto y es que tiene una máquina de hacer billetes igualitos a los de verdad, pero como en ese pueblo nadie conoce la diferencia de esos billetes, todos le dan validez a su contenido numérico y a su significado de adquisición.  Hasta que en cierta ocasión acude ante el padre Faustino,  el mismo que desde el púlpito impuso a los pobladores de Guarumo el deber de llamar al pueblo con un nombre cristiano,  como producto del viaje que recientemente había hecho a Italia y tierra Santa, costeado por los ricos del lugar,  y se comenzó a denominar Padua, como sigue llamándose  en el pie de monte del Nevado del Ruiz. Le confesó lo que hacía. El cura le dijo que eso era pecado. Que debía arrepentirse, rezar mucho y entregar la máquina fraudulenta a la parroquia, con el fin de destruirla. Así lo hizo. El cura intentó hacer los billetes y no le quedaron ni parecidos. Mientras tanto el inventor, la volvió a inventar y siguió produciendo los billetes que el padre Faustino nunca pudo hacer.  Eso luce fantasioso, pero es que la realidad siempre es más fantasiosa que la literatura. La ficción rueda todos los días por la calle. Es cuestión de la capacidad de observación analítica de los narradores –poetas, cuentistas, novelistas, músicos, pintores- que echan mano de ellas y crean obras para que los demás se apropien y vean lo  que les ha pasado siempre al frente de sus ojos, pero a nadie se le ha ocurrido aprehender.

En la familia del narrador  también se sufrió la violencia encarnizada sin razón y con furia que se dio en esos cafetales de ensueño y en el capítulo 19, se da cuenta del asesinato de Santiago, en presencia de su esposa, ante la familia, con un bebé de brazos que es salpicado de sangre y llora a gritos por el caos que se crea en la casa. Quien enfrenta a los asesinos es una mujer, que defiende a sus seres queridos con lo que tenga en la mano.  Es un retrato  de muchas historias de violencia y desarraigo que demasiadas familias colombianas  le han contado al mundo entero, sin la forma magistral de la narración de Ospina.

En esas montañas se dio de todo. Desde  capillas mandadas a construir por los conquistadores sobre los peñascos de los abismos, para que los depredadores tuvieron ante quien arrodillarse y pedir perdón, para continuar adelante con su baño de sangre, de despojo, de destrucción, de apoderamiento abusivo de lo que no era de ellos, pero aducían que  lo era porque ese lejano rey así lo había dispuesto y la iglesia lo había legitimado. Y de esas mismas montaña surgieron artistas que se hicieron así mismos, como Luis, el padre del narrador, músico por excelencia, quien durante mucho tiempo en Herveo tuvo un dúo con el que daban serenatas al frente de los balcones por unos pocos pesos. Ese músico delgado, de nariz aguileña,  de voz elegante y timbre inconfundible llegaría a ser uno de los grandes de la música nacional y se llegó a distinguir como el mejor y más grande intérprete del tango en nuestro medio, habiendo triunfado ampliamente en Argentina, donde lo respetaban como cantor. Un capitulo entero de la novela nos da el gusto de pasearnos por la voz de Oscar Agudelo y sus canciones, muchas de las que fueron inspiración para tantos amores en esa zona del país.

“Guayacanal” es la novela de la epopeya de los colonizadores antioqueños en las agrestes montañas del viejo Caldas y el norte del Tolima,  desde donde se construyó muy buena parte de lo que es la identidad colombiana. Conocer la historia del centro del país no será posible en adelante, sin ls lectura de este obra  que estremece en muchos de sus episodios, pero al final nos deja la sensación de haber sido testigos de cómo una familia, una cualquiera de Colombia, logró sobrevivir con dolores, angustias, alegrías, llantos y muchas cosas por contar, teniendo al frente un buen número de fotografías viejas que ayudan a entender mejor el lenguaje del narrador, quien al final de su historia nos dice que:

“Después nos fuimos muy lejos, y las sirenas nocturnas de la ciudad nos dijeron  que no habíamos ganado un cielo, pero que ya,  definitivamente, habíamos perdido un mundo”. (Página 245).