21 de mayo de 2022
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El Doctor Calle

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
16 de agosto de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
16 de agosto de 2019

Conocí al Doctor Calle apenas entrando a la universidad de Caldas; llevaba él un pantalón verde de pana, una camisa a cuadros y un saco café, a sus gafas les faltaba una pata, que había sido reemplazada por un nilon. Nos hablamos casi de inmediato. Dos días después recibí su clase de derecho penal y al terminar me recomendó Bartleby y compañía. Así conocí al que sería durante años mi único amigo; luego fue mi primer jefe, y luego fui yo el suyo, aunque nunca debió haber sucedido esto último. Pero eso era posible porque Calle era un hombre desprovisto de cualquier afán protagónico, era sereno y sabio. Mi ímpetu y arrogancia contrastaba con su tranquilidad. Recuerdo que en un viaje del consultorio jurídico a Aguadas, tuvimos un problema con el conductor del carro que la alcaldía había mandado por nosotros. El hombre insistía en llevar a unos amigos que no cabían.  Yo le reclamé al Doctor Calle por la injusticia que pretendían cometernos. Él me miró y me dijo, “sabe que Pablo, le doy poder”. Envalentonado alegue al conductor con una vehemencia tal, que el hombre no tuvo otra cosa que hacer que desistir del favor a sus amigos. Y así viajamos, medianamente cómodos. En la noche no dormí debido a que en el pueblo me enteré de que el conductor no era una mansa paloma, imaginaba que el personaje vendría a cobrarse su humillación. Que va, no sucedió nada, a la mañana siguiente, mientras desayunábamos, vimos pasar al conductor riendo en medio de su amigos. Calle guardó silencio.

Seguro no tuve mejor profesor que el Doctor Calle.  Era flemático e inteligente, y confiaba en la ley como debe hacerlo cualquier abogado. Combinaba además una lógica impecable, con su capacidad de lectura y comprensión. Verlo agachado, leyendo – encorvado-, cogiendo las gafas en sus manos, era casi mágico.

Calle era penalista, pero no lo parecía. No tenía ese mal gusto que casi siempre los caracteriza, no se daba ínfulas, no se promocionaba como lo hacen corrientemente, no se vestía como nuevo rico, no andaba en vehículos de alta gama, no apabullaba con su presencia, todo lo contrario, era parco y discreto.  Tal como debería serlo un abogado que va a defenderlo a uno de sus vergüenzas. Siempre quiso, y nunca tuvo, un Fiat cinquecento o un Renault twizy. Y su dinero se esfumaba comprando literatura, en comidas o cenas en restaurantes, y en su adorada Irene. Mejor dicho, el Doctor Calle, era un maestro de verdad, y yo lo extraño mucho, hasta el colmo de las lágrimas solitarias y nocturnas.

Esta columna no iba a ir ser sobre Calle, aunque pensándolo bien, tal vez sí, tal vez todo lo que pienso tiene que ver con él, o fue definido en alguna de las conversaciones, aparentemente intrascendentes, que teníamos casi todos los días de los treinta años que fuimos amigos.

Hace varios meses asistí a una audiencia de adjudicación de un contrato público.  Era un día impropio, en un lugar también impropio, 28 de diciembre, en la biblioteca Virgilio Barco.  O tal vez el día de los santos inocentes no fuera tan impropio. Esas audiencias son divertidas, vistas con el tiempo, pero en su momento son un absoluto tormento debido a la tensión que provocan y a la mala actitud de casi todos los que asisten.  Ningún proponente quiere quedar por fuera de la lista de selección y todos quieren sacarse entre sí. Es una carnicería brutal. Algunas empresas se aparecen con un ejército de abogados, que en cuanto tienen la oportunidad, agobian al auditorio con una perorata plagada de lugares comunes, palabrejas y gramática trasnochada.  El caso es que en la audiencia de los santos inocentes, una empresa se apareció con uno de los conspicuos penalistas del país, uno de esos que interviene en todo y cree saber de todo. El hombre llegó con un vestido de lino, color crema, que contrastaba con una camisa vinotinto estampada con arabescos dorados. Llevaba un maletín Louis Vuitton, que nunca abrió, y gafas de oro. El personaje entró de último, para que todos pudiéramos ver como balanceaba su inmensidad, seguida de dos guardaespaldas.  El empresario asistido, desesperado, levantaba las manos desde su silla, como un naufrago en medio de un enorme pozo séptico. Al final el abogado se paseó y luego se dejó caer en una silla que difícilmente lo aguantó. Nunca habló, solo miró fiera y concentradamente a quien presidía la audiencia.

En la penúltima fila del auditorio se habían acomodado tres ancianos, vestidos con sudadera y gorras.  Se reían entre ellos y se codeaban para señalar a algún despistado que intentaba darle seriedad al acto.  Los hombres presenciaban la audiencia como lo que era: un espectáculo, un vodevil de baja factura, que no obstante los hacía reír a carcajadas. Cuando faltaban apenas unos minutos para las cinco, se levantaron al tiempo y se marcharon, dejando atrás aquel mundo absurdo.  Seguro debían tomar a tiempo el bus que fuera para sus barrios.

Así es la vida: un contraste entre su inmensidad y los tres ancianos, y ya sabemos quien ríe.

Ahora entiendo las vueltas de mi mente. Calle estaba conmigo en aquella audiencia, aunque ya era imposible que lo hiciera, y creí ver su sonrisa cuando vimos al fantoche, y una mayor cuando descubrimos a los viejos colados; entonces, se atusó el bigote, y me preguntó sino era mejor salir ya para el aeropuerto, tal como lo hacían ellos.

Manizales, agosto 16 de 2019