7 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Un modesto rincón

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
19 de julio de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
19 de julio de 2019

Hernando vivía en la casa de mis abuelos. Era el hermano mayor de mi abuelo pero no lo parecía. Renunció a su condición de primogénito desde siempre y le dejó el papel al abuelo Daniel, que lo asumió sin mucho aspaviento. Hernando, entonces, ocupó el papel de segundón, convirtiéndose en secretario del abuelo, y con el tiempo, en “el maestro”, encargado de las obras menores, de las tareas de reparación y de asistencia, corrientes en una casa llena de familiares, tareas y necesidades. Era flaco, alto, vestido siempre de traje y corbata, llevaba sombrero negro de fieltro y zapatos lustrados por él mismo. Silencioso se desplazaba con las manos en la espalda, medio gacho, llevando un paso acompasado por un melancólico pasillo que siempre iba silbando; al margen de todos y todo, como si en algún momento se hubiera sentido extraño en el mundo, ajeno a lo que sucedía. Si alguien quiere saber cómo era Hernando, puede buscar algún retrato de Robert Walser, y si quiere saber a qué me refiero con su extrañeza frente al mundo, puede leer Los hermanos Tanner del escritor suizo. Como Walser, además, emprendía largas caminatas, sin aparente sentido, en las que lo único importante era caminar, irse yendo. Era capaz de caminar de Manizales a Cartago o a Armenia y regresar a pie, con sus manos atrás y la mirada fija en el piso, marchando al son de su música mental, solo para visitar un cementerio o a algún pariente o amigo. No escribió nunca, no que yo sepa.

Tampoco se internó en un sanatorio mental como lo hizo Walser, en Herisau, con la ayuda de su hermana Lisa, pero sí era capaz de guardar largos silencios y ausentarse física y mentalmente, a veces en medio de algunos aguardientes que solo incrementaban su mutismo y melancolía. Tal vez Hernando nunca imaginó una estrategia de escape tan aparentemente radical. Walser en cambio sí. A la de edad de cincuenta años, cuando ya había escrito una obra portentosa, integrada por quince libros, –celebrados por Kafka, Musil, Benjamin y Canetti–, resolvió internarse para no volver a salir nunca, a no ser para dar largas caminatas por las montañas que rodean Herisau, en compañía de su amigo Carl Seelig.

Pero Walser no dejó de escribir durante los casi treinta años que estuvo internado, al contrario, durante su estadía en el sanatorio, en medio de sus actividades cotidianas, casi todas simples como pelar papas o sacar lustre a algún mueble, escribió en papeles reciclados de 8×16 cm., sin dejar margen alguno, con una letra gótica pequeñísima, casi ilegible. Tales páginas, así llenas, con una meticulosidad enfermiza, son, además de una obra literaria tan genial como la que ya había publicado, una obra pictórica. Ver aquellos papeles es hipnótico, la sensación de arrobamiento que provocan difícilmente puede alcanzarse de otra forma. Walser se tendía en un rincón, y con un lápiz afilado dibujaba aquellas letras abstrusas pero bellas, como si copiara un dictado proveniente del otro lado de la conciencia, que solo es posible escuchar si se está tumbado en una esquina, como un árbol caído, soñando desde un modesto rincón.

El holandés Jan Schoonhoven, miembro del grupo de artistas Nul, elaboró una obra plástica hermosa y enigmática, se trata de cuadros abstractos hechos con papel maché y cartón barato –casi siempre el de los tubos de papel higiénico–, o acuarelas en blancos, grises y negros, en tamaño reducido, dado que solo podía hacer aquello que cupiera en la cocina de su apartamento y luego pudiera cargarse por la escalera. Toda su obra la produjo después de las cinco de la tarde y durante los fines de semana, una vez salía del trabajo en el servicio postal de su país, donde laboró por más de treinta años, y del que nunca quiso retirarse para no contaminar su arte, ni perder la concentración. Los críticos, que valoran cada vez más, con razón, el expresionismo de Schoonhoven, han resaltado que sus líneas y construcciones se podrían extender hasta el infinito, tal como si quisiera evidenciar un orden extrahumano, del cual todos, aún el artista que lo evidencia, estamos simplemente al margen. La obra de Schoonhoven y los papeles de Walser tienen el mismo espíritu, además de un inmenso parecido, la ilegibilidad de las notas del escritor es idéntica a las pinceladas repetidas y arbitrarias de las planas de Schoonhoven, nombradas además extrañamente con títulos como T59-82 o T81-58.

El pintor holandés era retraído, huía de las cámaras fotográficas y las reuniones sociales, desconfiaba además de cualquier cambio exabrupto o exceso; Walser, más que huir, se ocultó tras los muros de su sanatorio; Hernando, mi tío, a su manera, en medio de todos, encontró también su modesto rincón en la pieza de atrás de la casa de mis abuelos.

Walser se preguntaba si, “¿no es hermoso que en nuestra existencia algunas cosas se mantengan extrañas y ajenas, como detrás de muros de hiedra?” Claro que es hermoso, y casi siempre creativo. Todos oímos, a veces gruñidos amenazantes y en otras ocasiones un silencio pacífico; pero solo si somos capaces de encontrar el rincón adecuado.

 

Manizales, 19 de julio de 2019