25 de febrero de 2021
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¿PESIMISMO?

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
26 de julio de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
26 de julio de 2019

A mi hermano Jaime. 

Siempre dijeron que era un pesimista irredento y que  su melancolía vital le contaminaba todo lo que hacía, por lo que sus mensajes creadores no pasaban de ser lamentos  que algunos en instantes amargos – de los que tantos tienen todos-, asumían como muletillas  de consuelo al saber que las angustias y el dolor no son exclusivos de nadie y que la tristeza y la desazón pueden llegarle a cualquiera en el minuto en que menos pueda esperarse.  A veces son más las angustias y las tristezas que las alegrías y satisfacciones y en especial causan más profundidad en las huellas, al punto de que marcan la existencia y se convierten en especies de puntos cardinales desde los que se construye o deconstruye.  El paso del tiempo ha ido demostrando que no era más que un gran realista, que podía ver las cosas  con la observación del que no tiene compromiso  y que cuando lo adquiere lo hace sin perder  el criterio individual que le da su capacidad de cuestionar  todo aquello que no lograba comulgar  con lo que se predicaba  por esos tiempos, que ahora pueden verse como todos los tiempos.

No podía ser un optimista  despistado alguien a quien la vida le enseñó desde niño que todo era lucha, batallas, dispustas y que si no se  ganaba lo que necesitaba, nadie se lo iba a dar. Siendo muy niño perdió a sus padres y su hermano, Armando, 14 años mayor que él, se hizo cargo de su crianza y de su educación, orientádolo hacia la sensibilidad de los artistas, dada su vida de hombre de teatro,  en lo que fue descubriendo que ese hermano menor podía tener más talento aún que el suyo y que seria capaz de hacer muchas cosas, sin que nunca  se aferrara a esperanzas de èxito, en el que nunca creyó.

A los 17 años ya fue capaz de escribir tres obras de teatro: “El señor cura”, en la que  no se considera con la reverencia de entonces a la iglesia y de alguna manera se le ubica dentro de las erróneas conductas de simples seres humanos; “El hombre solo”, en la que ya dejó ver su obsesión por esa soledad que lo habría de acompañar por siempre, sin que sea facil definir si a la soledad la tomó como su amiga o su enemiga, pero siempre fue su compañera y “Dia feriado”, para poner en escena  esas cosas que pasan cuando la gente se siente libre del yugo del trabajo, con el que obtiene su sustento.  Fueron tres obras de teatro que su hermano puso en escena y en las que quedó plasmado  el ingenio creador de quien tuvo en el arte la mejor manera de exponer aquello que pensaba y muy especialmente sus emociones.

Todos  los seres sensibles se acercan a todas las manifestaciones del arte y aunque algunos tienen la dedicación  a alguna o algunas de ellas, de alguna manera adquieren destrezas  que pueden usar en lo que no se les considera expertos. Era básicamente un dramaturgo, que fue la orientación esencial que le dio su hermano-padre, pero no podía ser ajeno a la música y a los 24 años compuso la música del tango “Bizcochito”, sin el dominio de partituras, pero si con la intución suficiente de quien sabe que antes que nada debe ocuparse de expresar emociones que sean capaces de llegarle a quien las oye. Ese mismo año compuso el tango “Quevachaché”, que no es más que el antecedente de lo que sería su consagración en la historia, ese cambalache que es la vida, en el que da lo mismo ser cualquier cosa.

Lo que hacia  le daba para vivir decentemente, pero sin lujos, sin ventajas económicas.  Su espíritu  un tanto aislacionista y amigo de pocos,  de alguna manera lo dejaba en demasiados espacios de soledad. Cuando tenía 33 años y una larga vida de bohemia, de muchos versos, de muchos cafetines, de boliches  en los que se quedaban enredados tantos amores pasajeros, pensó  y escribió los primeros versos de su visión de lo que era en ese momento lo que estaba viviendo:

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé,
en el quinientos seis y en el dos mil, también,
que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos, valores y dublés

Pero que el siglo veinte es un despliegue
de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue,
vivimos revolcados en un merengue
y en el mismo lodo todos manoseados.

Así lo vió cuando apenas se iniciaba la dècada del treinta del siglo XX y eso no cambió, no cambia y parece que no fuera a cambiar, pues avanzada la segunda década del XXI, las cosas siguen igual o peor, pues cada día la gente se entera de nuevas maniobras de los poderosos  que  se enriquecen sin hacer nada y los pobres  siguen trabajando por el mismo magro salario para comer.

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor
ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador,
Todo es igual, nada es mejor
lo mismo un burro que un gran profesor,

Y a veces dan ganas de bajar los brazos y darse por vencidos, porque los que menos esfuerzos vitales hacen son los ganadores y los que luchan por ser mejores nunca lo serán, porque ese manto de los que todo lo pueden lo tapa todo y deja a los que piensan en el saber en el limbo de saber mucho y que ello sirva de poco.

No hay aplazados, ni escalafón,
los inmorales nos han igualado.
Si uno vive en la impostura,
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que si es cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón,

Todos se mezclan, pero nadie se junta. Todos  buscan lo mejor para cada quien y la moral que se predica no es más que la moral que no se practica, porque detrás de esos innumerables discursos de salvación de todo, no está sino la de los que la pregonan. No es cuestión de siglo. Es asunto de mucho tiempo, un tiempo que no parece terminar.

Que falta de respeto,
que atropello a la razón,
cualquiera es un señor
Cualquiera es un ladrón;
mezclado con Stavisky
va Don Bosco y La Mignón
Carnera y Napoleón
Don Chicho y San Martín.

Tantos decentes mezclados con los menos decentes, pero estos presentados siempre como los más decentes. Es que  no se cambia y si se cambia, de pronto es para peor.  Lo dijo Enrique Santos Discepolo  hace ya 85 y es como si lo estuviera cantando hoy.

Ese hombre delgado, con perfil de torero triste (tenia cierto parecido facial con Manolete), que muy pocas veces alcanzó la felicidad  y que fue por una vida de apenas 50 años, que comenzara en el barrio de la Balvanera en Buenos Aires el 27 de marzo de 1901 y se le fuera cuando el corazçón se cansara de tantas tristezas y de tantas angustias un 23 de diciembre de 1951, en el mismo Buenos Aires, sin que nunca dejara de ser un rebelde, que fue ultrajado por  mencionar en sus tangos a las putas, a los ladrones, a los criminales, a todo eso que el mundo ha vivido, pero que en ocasiones se piensa que ocultarlo es una buena solución para las estadísticas de gobierno, a quien una de esas muchas dictaduras militares del sur del continente le aplicara censura en la radio para no dejar oir sus lamentos tristes y de profunda reflexión de lo que es el ser humano, hasta cuando en 1949 Juan Domingo Perón echó por tierra la disposición legal que así lo determinaba y los versos de siempre se volvieron a cantar en la radio, que era el gran medio de difusión de entonces.  Era peronista, pero jamás incondicional. Nunca compartió la demagogia como herramienta de trabajo colectivo y por ello los peronistas lo consideraban contradictor y hasta traidor.

En el amor  tuvo la mala suerte de encontrarse en la vida con una española, Tania, que cantaba bellamente sus tangos, con quien vivió muchos años y a quien quiso dejar cuando las pasiones se calmaron y consideró que era hora de darse una nueva oportunidad. Estando  en México se enamoró de la actriz Raquel Diaz de León, con quien quería casarse, ante lo que  se presentó el drama de que Tania viajó hasta allí, se le presentó a la pareja y amenazó con suicidarse delante de ellos si se casaban. Debió regresar  a Argentina y seguir  en esa resignación del amor que ya no es amor.  A cualquiera se le puede ocurrir cantar:

¡Aullando entre relámpagos,

perdido en la tormenta

de mi noche interminable,

¡Dios! busco tu nombre…

 

No quiero que tu rayo

me enceguezca entre el horror,

porque preciso luz

para seguir…

 

¿Lo que aprendí de tu mano

no sirve para vivir?

Yo siento que mi fe se tambalea,

que la gente mala, vive

¡Dios! mejor que yo…

Si la vida es el infierno

y el honrao vive entre lágrimas,

¿cuál es el bien…

del que lucha en nombre tuyo,

limpio, puro?… ¿para qué?…

 

Si hoy la infamia da el sendero

y el amor mata en tu nombre,

¡Dios!, lo que has besao…

 

El seguirte es dar ventaja

y el amarte sucumbir.. al mal.

 

No quiero abandonarte,

demuestra una vez sola

que el traidor no vive impune,

¡Dios! para besarte…

 

Enséñame una flor

que haya nacido

del esfuerzo de seguirte,

¡Dios! Para no odiar:

al mundo que me desprecia,

porque no aprendo a robar…

Y entonces de rodillas,

hecho sangre en los guijarros

moriré con vos, ¡feliz, Señor!

Es que confiar en lo que todos confían  y ver que la vida se va yendo por caminos negativos, pero que aquellos que a lo mejor no confian pero viven a voz en cuello predicando nombres providenciales, si consiguen metas  que los mejores no logran, permite y legitima que se eleve la voz para reclamar  y solicitar señales para seguir confiando. Vivir en la desconfianza no es bueno, así se debe decir en un poema al que le pusieron ritmo de tango.

Cuando en la vida apenas se tienen 24 años  y tantas ilusiones entre las manos que se van desvaneciendo  entre los dedos y surge una voz que suena a señal de alerta para poner en el lugar a quien  pretende construir la existencia con base en sueños, el dolor del abandono en que te obligan a irte lejos no puede cantarse de mejor manera

Piantá de aquí, no vuelvas en tu vida.

Ya me tenés bien requeteamurada.

No puedo más pasarla sin comida

ni oírte así, decir tanta pavada.

 

¿No te das cuenta que sos un engrupido?

¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?

¡Si aquí, ni Dios rescata lo perdido!

¿Qué querés vos? ¡Hacé el favor!.

 

Lo que hace falta es empacar mucha moneda,

vender el alma, rifar el corazón,

tirar la poca decencia que te queda…

Plata, plata, plata y plata otra vez…

Así es posible que morfés todos los días,

tengas amigos, casa, nombre…y lo que quieras vos.

El verdadero amor se ahogó en la sopa:

la panza es reina y el dinero Dios.

 

¿Pero no ves, gilito embanderado,

que la razón la tiene el de más guita?

¿Que la honradez la venden al contado

y a la moral la dan por moneditas?

¿Que no hay ninguna verdad que se resista

frente a dos pesos moneda nacional?

Vos resultás, -haciendo el moralista-,

un disfrazao…sin carnaval…

 

¡Tirate al río! ¡No embromés con tu conciencia!

Sos un secante que no hace reír.

Dame puchero, guardá la decencia…

¡Plata, plata y plata! ¡Yo quiero vivir!

¿Qué culpa tengo si has piyao la vida en serio?

Pasás de otario, morfás aire y no tenés colchón…

¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio!

Vale Jesús lo mismo que el ladrón…

Y apenas comenzaba a vivir  cuando ya había identificado plenamente el tiempo que le había correspondidndo y  el que sigue correspondiendo ahora,  cuando todo sigue girando sobre esa misma plata que unos pocos ganan y cuando pierden ponen a todos a que la paguen. Y la vida le fue enseñando  que esa veracidad cantada tan joven, se le consolidó –se consolidó para todos?- con el paso de ese tiempo que no se detiene en su andar. El tango se lo enseñaron a Carlos Gardel y de inmediato dijo que lo quería grabar y lo hizo con guitarras, volviéndolo inmortal. Después harían muchas y bellas versiones con grandes orquestas.

Esa realidad  de la trascendencia de lo material frente a los valores humanos, fue siendo cada vez más plena y cuando se tiene la lucidez de identificar el futuro daño que se genera cuando no se es el mejor, permite dar un paso al costado para beneficio de quien se ama y mediante unos versos acompañados con un bandoneón  se le puede decir en silencio, para no cargar culpas: 

Fue a conciencia pura

que perdí tu amor…

¡Nada más que por salvarte!

 

Hoy me odias

y yo feliz,

me arrincono pa’ llorarte…

 

El recuerdo que tendrás de mí

será horroroso,

me verás siempre golpeándote

como un malvao…

 

¡Y si supieras, bien,

qué generoso

fue que pagase así

tu buen amor..!

 

¡Sol de mi vida!…

fui un fracasao

y en mi caída

busqué dejarte a un lao,

porque te quise

tanto…¡tanto!

que al rodar,

para salvarte

solo supe

hacerme odiar.

 

Hoy, después de un año

atroz, te vi pasar:

¡me mordí pa’ no llamarte!…

Ibas linda como un sol…

¡Se paraban pa’ mirarte!

 

Yo no sé si el que tiene así

se lo merece,

sólo sé que la miseria cruel

que te ofrecí,

me justifica

al verte hecha una reina

que vivirás mejor

lejos de mí..!

 

Más simple: buscar la felicidad del otro, no importa que en la vida propia se construya la mayor infelicidad.

Una vida en la que las felicidades fueron tan escasas, no pudo escapar a las malas voluntades de la gente que se molesta si ven a los otros bien, pues validos de la mejor intención – según ellos- de ayudar, se dedican a meterse en la ajenidad de los demás, sin que logren nada distinto a que retorne la infelicidad, como para ellos sentirse acompañados. Eso siempre será una infamia, y un poeta es capaz de decirlo tan bien, como cuando cantó:

La gente, que es brutal cuando se ensaña,

la gente, que es feroz cuando hace un mal,

buscó para hacer títeres en su guiñol,

la imagen de tu amor y mi esperanza…

 

A mí, ¿qué me importaba tu pasado…?

si tu alma entraba pura a un porvenir.

Dichoso abrí los brazos a tu afán y con mi amor

salimos, de payasos, a vivir.

 

Fue inútil gritar

que querías ser buena.

Fue estúpido aullar

la promesa de tu redención…

La gente es brutal

y odia siempre al que sueña,

lo burla y con risas despeña

su intento mejor…

 

Tu historia y mi honor

desnudaos en la feria,

bailaron su danza de horror,

sin compasión…

 

Tu angustia comprendió que era imposible,

luchar contra la gente  infernal.

Por eso me dejaste sin decirlo, ¡amor!…

y fuiste a hundirte al fin en tu destino.

 

Tu vida desde entonces fue un suicidio,

vorágine de horrores y de alcohol.

Anoche te mataste ya del todo y mi emoción

te llora en tu descanso… ¡Corazón!

 

Quisiera que Dios

amparara tu sueño.

muñeca de amor

que no pudo alcanzar su ilusión.

 

Yo quise hacer más

pero sólo fue un ansia.

Que tu alma perdone a mi vida

su esfuerzo mejor.

 

De blanco al morir,

llegará tu esperanza,

vestida de novia ante Dios…

como soñó.

Y esa soledad casi constante se hizo de nuevo presente, por la aplicación de la moral  nacida en los prejuicios y las creencias, que arrasa al ser humano. Es que la vida de Enrique Santos Discépolo fue un ir y venir por las angustias, por las carencias, por las ausencias, por los desprecios, pero muy especialmente por la conciencia de lograr entender como ninguno el momento que le correspondió vivir que en poco o nada se diferencia al de ahora, en todo se ha trastocado y saber que es el bien y que es el mal constituye casi un desafío.

Hablar de que Discépolo, dramaturgo, actor en 7 películas, guionista de 11 filmes y director de 6 producciones cinematógricas, compositor prolijo y el mayor poeta del tango que diera Argentina, era un simple pesimista, es ignorar a conciencia el enorme contenido filosófico que hay en sus escritos, algunos de los cuales fueron recopilados y editados en libros de baja circulación en el año de 1977. Repasar en detalle sus poemas, es pensar en que el hombre debe recuperarse a si mismo, antes que intentar recuperar a los demás. La sumatoria de quienes sean capaces de ser leales con el hombre, será lo que garantice el futuro de todos.  Seguir viviendo del engaño, mantendrá las cosas en ese eterno cambalache que ahora es más patente que nunca. No fue pesimista, supo retratar en tangos la realidad. La de entonces y la de ahora.