28 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Los gritos de independencia

22 de julio de 2019
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
22 de julio de 2019

La revolución granadina de 1810 se inició en las provincias y culminó en la capital; el pueblo se levantó en Cartagena el 23 de mayo, cuando se estableció la Junta de Gobierno en nombre del Rey Fernando VII; siguió Cali el 3 de julio, Pamplona al día siguiente y el 10 del mismo mes en El Socorro. Estos levantamientos populares no fueron de independencia sino de fidelidad al rey. Es una insurrección del criollismo que denunciaba el mal gobierno de las colonias, reclamaba el derecho a ocupar cargos públicos y la libertad de comercio. Cuando se produjo la coyuntura se movilizaron las élites y el pueblo, cansados del atraso y pobreza de la Nueva Granada. A finales de 1810 y principios de 1811 las juntas se radicalizaron y platearon la independencia absoluta.

Santafé  era la capital del Nuevo Reino de Granada y aquí la insurrección, o el levantamiento popular, la organizaron los criollos ricos en el Observatorio Astronómico que dirigía Francisco José de Caldas. Todo lo planearon el 19 de julio de 1810, pero faltaba la chispa, la oportunidad; en este punto se inventaron el “Florero de Llorente”, para alborotar el criollismo contra los desmanes del gobierno colonial. Esperaban la visita de Antonio Villavicencio, de padre quiteño y de madre santafereña; Villavicencio promovió la creación de Juntas de Gobierno en todo el virreinato, siempre y cuando reconocieran al Consejo de Regencia de España. Los criollos de Santafé necesitaban organizar una Junta en la ciudad, pero con apoyo del pueblo para amedrentar a las autoridades españolas, especialmente al virrey y a la Real Audiencia.

Para la protesta social se inventaron el detonante; organizaron un banquete en la casa de Pantaleón Santamaría y para adornar la mesa necesitaban un florero, un charol o un ramillete, para lo cual acudieron a la tienda del chapetón José González Llorente, personaje cascarrabias y de malas pulgas, que odiaba a los americanos; también seleccionaron el día apropiado, viernes de mercado, al medio día.

Don Pantaleón Santamaría fue el encargado de solicitar el lujoso objeto al grosero Chapetón pero éste le contestó que no lo prestaba porque después se lo devolvían en mal estado y perdía valor; en ese momento pasaba por allí Antonio Morales y le dijo a Caldas que no le hiciera caso a Llorente porque era un pobre sastrezuelo que había dicho cosas terribles contra los criollos. Morales levantó la voz para que la gente escuchara y luego cogió un palo y le pegó una golpiza al pobre chapetón quien salió corriendo y se escondió. En este punto los conspiradores habían logrado su propósito; la calle real hervía de gente y a la protesta se sumaron los estudiantes de El Rosario y de San Bartolomé.

La gente pidió cabildo abierto y que se nombrara una Junta de Gobierno. El virrey Amar y Borbón no quería que sesionara el cabildo, sin embargo no resistió la presión de los dirigentes del complot, donde estaban Camilo Torres, José Acevedo y Gómez, Miguel Pombo y Frutos Joaquín Gutiérrez; pero los verdaderos “incendiarios”, que convocaron al pueblo, fueron tres personajes: el presbítero Juan Nepomuceno Azuero, quien reunió a los mercaderes con su elocuencia, utilizando un lenguaje verdaderamente revolucionario; al mismo tiempo el joven José María Carbonell recorrió la ciudad, fue a San Victorino, subió hasta el barrio Egipto y visitó los extramuros invitando a todos a concentrarse en la plaza principal; el tercer agitador fue el padre Pedro Lobatón, nadie menos que el confesor del virrey; tenía la facilidad de palabra por su experiencia en el púlpito y se puso al frente de la multitud.

Cuando el pueblo se subleva

Como el pueblo se armó y se alborotó, el criollismo rico y elegante se asustó. Al respecto escribió José Acevedo y Gómez que “no había calle en la ciudad que no estuviera obstruida por el pueblo; todos se presentaban armados y hasta las mujeres y los niños andaban cargados de piedras pidiendo a gritos las cabezas de los principales chapetones […] Todo era confusión a las cinco y media; los hombres más ilustres y patriotas asustados por un espectáculo tan nuevo se habían retirado a los retretes más recónditos de sus casas” (Forero Benavides, Abelardo. El 20 de julio tiene 300 días).

Acevedo sabía que después de la tempestad viene la calma y que, si los ánimos se enfriaban, al día siguiente rodarían las cabezas de los conspiradores; salió a la calle para sacarle partido a la rebelión popular. Su gran mérito fue darle a la subversión y a la protesta del pueblo una consecuencia política; entonces incendió los ánimos y pronunció su histórico discurso que lo convirtió en el “Tribuno del Pueblo”. La reunión del cabildo duró toda la noche; se nombró Junta de Gobierno y eligieron presidente al virrey. Como resultado del fervor popular se firmó el Acta de Independencia que reconocía a Fernando VII como rey, pero si venía a gobernar desde estas tierras.

El movimiento tomó fuerza, se despertó el entusiasmo entre la juventud y muchos estudiantes se alistaron en las filas del ejército para aprender el manejo de armas; mientras tanto los jóvenes del pueblo llegaban con sus lanzas mohosas y machetes, vestidos con pantalón corto, camisa, pañuelo “raboegallo”, sombrero de lana y con la ruana que servía de cobija. Luego se inició la guerra civil que se conoce como “Patria Boba” porque fue un enfrentamiento entre patriotas, o federalistas contra centralistas.

La independencia en la tierra del oro

Mientras tanto veamos que pasaba en el territorio de la futura región caldense. Los pueblos coloniales de la Vega de Supía, Marmato, Quiebralomo y Ansermaviejo giraban alrededor de las minas de oro y estaban rodeados de pueblos indígenas descendientes de los ansermas: cañamomos, lomaprietas, lorenzos (de San Lorenzo), guáticas, quinchías y tachiguíes. La región dependía de Popayán, estaba aislada, sin embargo, llegaron las noticias de los gritos de independencia, aunque un poco tarde. Los rumores entraron por Armaviejo y por Cartago y los comerciantes los divulgaron en los pueblos mineros. En este ambiente de independencia aparecieron los grupos de chisperos en Supía y Marmato; eran mestizos entusiasmados por la circulación de las ideas de libertad.

El clima político contagió a los esclavos y desde el año 1811 se produjo lo que se conoce como la “Rebelión de los negros”, cuando numerosos esclavos huyeron de las minas de Marmato, Supía y Quiebralomo, hacia la región de Cerritos, a la cabecera del río Otún y al valle del río Risaralda, para iniciar una nueva vida en lo profundo de la selva. En cuanto a los pueblos de la “tierra del oro”, el proceso independentista se aceleró con el Acta de la Independencia de Supía, firmada el 28 de noviembre de 1813.