24 de febrero de 2021
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Las «Juanas» en la independencia

8 de julio de 2019
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
8 de julio de 2019

Eran las mujeres que acompañaban a los soldados y que estaban presentes en las batallas; pertenecían al pueblo y seguían a la tropa como madres, esposas y amantes; disfrutaban de los triunfos y sufrían con las derrotas, pero también salvaban vidas, curaban a los heridos, alimentaban a los enfermos y muchas veces tenían los hijos en los caminos y después del parto seguían detrás de la tropa.

En la historia se habla de los soldados, de los generales, de las batallas, pero muy poco de las mujeres en el proceso de independencia; sin embargo ellas quedaban huérfanas, viudas y pobres. Mientras los hombres estaban en la guerra ellas se encargaban de la familia, de buscar los recursos para sostener el hogar, pero también reclutaban soldados para el ejército y participaban en las batallas curando a los heridos, limpiando las armas, preparando las municiones y consiguiendo provisiones, ropa y comida, para la tropa.

En esa época la mujer tenía dos ocupaciones, el hogar o el convento; pero desde finales del siglo XVIII muchas mujeres de las villas y ciudades aprendieron a leer y a escribir y participaban en la vida social, política y cultural. En el período de la Ilustración se impulsaron la prensa y las tertulias literarias, pero en estos espacios solo participaban las mujeres criollas de la élite. Un ejemplo lo ofrece Manuela Sanz de Santamaría, aficionada a las ciencias y a la literatura, quien dirigía en su casa la “Tertulia del Buen Gusto”, donde se hablaba también de política y de ideas revolucionarias. Las mujeres del pueblo tertuliaban de otra forma; como manejaban las chicherías, o sea la producción y venta de esta popular bebida, podían socializar con la gente del “común” y hablar de política, participaron activamente en los eventos del 20 de julio de 1810 y en las batallas que desencadenaron la independencia.

De otro lado casi todas las esposas de los dirigentes comprometidos con el proceso libertario de 1810 los acompañaron en esta lucha. Por ejemplo, Catalina Tejada, esposa de José Acevedo y Gómez, convirtió su casa en sitio de reunión durante la reconquista española. Y la esposa de Camilo Torres, Francisca Prieto, organizó reuniones secretas donde se planearon las acciones del 20 de julio de 1810.

En estos hechos del “Grito de Independencia” jugó destacado papel Melchora Nieto, propietaria de un bazar de mercancías en la Calle Real; esta dama, en compañía de un grupo de mujeres del pueblo, dueñas de “chicherías”, levantaron la voz pidiendo “cabildo abierto” y se sumaron al levantamiento general. En las provincias dominadas por los realistas ejecutaron sin piedad a las mujeres comprometidas con la causa patriótica. En Pasto, en 1812, cuatro damas planearon una acción para liberar al presidente de la Junta de Popayán, don Joaquín Caicedo y Cuero y al comandante de los ejércitos patriotas, Alejandro Macaulay, prisioneros de los realistas; pero fueron delatadas, las capturaron y luego las fusilaron. Estas valientes mujeres fueron Luisa Góngora, Domitila Sarasti, Andrea Velasco y Dominga Burbano.

Otro caso para destacar es el de las cuatro heroínas del Valle de Tenza, en Boyacá, en pleno régimen del Terror. El 3 de diciembre de 1817 llegaron a Tenza los coroneles del ejército realista, Carlos Tolrá y Simón Sicilia, para someter al grupo guerrillero de los hermanos Ambrosio y Vicente Almeyda; aquí descubrieron a cuatro mujeres que tenían conexión con el grupo rebelde, porque lo abastecían de armas y municiones que llegaban de contrabando y que luego llevaban al ejército del Casanare. Las acusaciones contra estas damas eran gravísimas: María de los Ángeles Ávila se comunicaba con los rebeldes a través de su tienda de productos domésticos; Salomé Buitrago trabajaba en una tienda donde vendía textiles, granos y medicamentos. En coordinación con María de los Ángeles escondían en sus casas a los patriotas que marchaban a encontrarse con la guerrilla del Casanare; Genoveva Sarmiento, se vinculó al trabajo clandestino apoyando a las anteriores conspiradoras; y Juana Ramírez, quienes e vinculó a la guerrilla de los hermanos Almeyda, cerca de Zapatosa. Las cuatro fueron fusiladas y hoy son consideradas símbolos de la mujer tenzana.

Una dama sobresaliente “salvada del olvido” es Concepción Loperena, nació en Valledupar y contribuyó a liberar los pueblos de Tamalameque, Badillo, Chiriguaná y La Paz; cuando se enteró de los hechos del 20 de julio de 1810, entró a los salones del cabildo de su ciudad, que estaba lleno de gente y arrancó el retrato de Fernando VII y el escudo real y les prendió fuego, luego tomó la palabra y leyó la Declaración de Independencia de Valledupar. Después le ofreció a Bolívar 300 caballos de sus haciendas; cuando quedó viuda heredó 36 esclavos y les dio la libertad. Después de la Independencia se dedicó a la educación y murió en 1835 (Martha Elisa Lux Martelo. Las mujeres en las guerras de independencia)

Las heroínas olvidadas

Los historiadores casi no se acuerdan de las “Juanas”. Cuando se trazó la ruta de la campaña libertadora de 1819, saliendo de los llanos del Casanare y cruzando la cordillera, se expidió una orden para que ninguna mujer marchara en esta peligrosa travesía, sin embargo las “Juanas” no cumplieron el mandato. Sobre esto hay un relato conmovedor. El 3 de julio de 1819 la tropa se detuvo cerca de Pueblo Viejo, en el desolado páramo de Pisba, porque la mujer de un soldado estaba dando a luz; dicen que se llamaba María Josefa Canelones. El niño fue envuelto en camisas rotas, y la madre al día siguiente estaba “recuperada” y “caminó dos leguas por escabroso terreno con su recién nacido en brazos”.

El ejército ya era “un cuerpo moribundo” cuando llegó a Socha, “el pueblo que se desvistió en el templo de Dios para vestir a la patria recién nacida”, escribió el sacerdote Ernesto Reyes. Las mujeres entregaron la ropa de sus hogares para hacer camisas, calzones y chaquetas para los soldados. Estas damas se convirtieron en las “heroínas olvidadas de la Independencia”.

Muchas “Juanas” murieron en las batallas o fusiladas en el Régimen del Terror, otras regresaron a sus casas después del proceso independentista, sin recibir ningún reconocimiento y desaparecieron olvidadas por la sociedad y por la historia. El pueblo de Pasto las recuerda en el hermoso poema “La Guaneña”, una tonada de guerra, alegre y nostálgica, compuesta por el músico pastuso Nicanor Díaz, enamorado de la bella ñapanga Rosario Torres, conocida como La Guaneña. Las ñapangas eran las mujeres del pueblo que acompañaban a los soldados, como amantes y como cocineras, pero también empuñaban el rifle. El bambuco guerrero La Guaneña se convirtió en un himno de libertad.

Guay que sí, guay que no la guaneña me engañó

Con un peso y cuatro riales con tal que la quiera yo

 Guay que sí, guay que no, la guaneña bailó aquí

Con arma de fuego al pecho y vestido varonil

Por el pueblo, con el pueblo la guaneña al frente va

Con un fusil en el hombro alertaba a disparar

Guay que no, guay que sí, la guaneña es todo amor

Canción que alegra a los pobres y a los ricos les da dolor.