26 de febrero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Inmortalidad práctica

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
5 de julio de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
5 de julio de 2019
“El clochard es asocial, secreto, callado, desconfiado. Su pasado sólo le pertenece a él”
Michel Tournier

 Alguien dijo que Saida Johana murió como consecuencia de su trato con las drogas, casi endilgándole a ella misma la culpa de su asesinato. Por poco y no dice que por ser mujer y por estar en un lugar oscuro y alejado. Se trata de la infame costumbre de endosar responsabilidad a la víctima, tal como lo hacen, casi siempre, con las mujeres que sufren algún tipo de atropello o abuso sexual. Hubo además quien narró su vida en dos breves párrafos, aludiendo apenas a sus encuentros, de nuevo, con la droga y a la preocupación de la familia. ¿Y de Saida qué? Quiero decir de sus pasiones y amores, de su dolor existencial o de sus ansias de libertad. De eso nadie habla, y claro, porque es casi imposible hablar, a no ser que lo hubiese hecho ella misma. Algo difícil, dado su silencio, que contrastaba con la dulzura en el trato.

Saida tenía todo el derecho a vivir a su modo, y en la calle si le parecía lo mejor, y dormir sobre el prado, en uno de los pocos rincones abiertos y enrrastrojados que nos quedan en el barrio, mirando las estrellas o recibiendo el rocío o la lluvia. Suponer que esa libertad es la culpable de su muerte, es un error. Para los seres como Saida “la vida no es ni larga ni corta”, no se preocupan “de ahorrar tiempo”, ni se apresuran “más de lo que puedan hacerlo los árboles y las estrellas”, como en una especie de “inmortalidad práctica”. Así, tal cual lo deseaba John Muir, o como lo intentó Thoreau.

Hasta hace poco recorría nuestras calles otro ángel, uno que decía llamarse, bellamente, Helen Matilde de Alcapargana. Ella resolvió, por sí sola, pero con la ayuda de la familia, regresar a su casa, serenamente. Sigue en todo caso igual de bella, como nunca dejó de serlo mientras caminaba las calles, preocupada siempre por la ropa y el maquillaje. Y digna, más digna que muchos que llevan una vida ajustada a las buenas costumbres, los mismos que una tarde me reclamaron porque le di una moneda, bajo el pretexto de que se amañaría en el lugar y sería para el vicio. ¿Y qué si lo era? Seguro que sí.

Toda ciudad, por pequeña que sea, es una arbitraria aglomeración de seres a los que les gusta vivir arrumados. Juntos, si quieren ser más delicados. Unos de una manera, otros de otra. Algunos procuran y se complacen con el orden, otros con la lentitud y la apatía. Suponemos que estos últimos viven al margen justamente de aquella aglomeración, pero no hay tal, ocupan los renglones de su existencia con resolución, convirtiendo el gentío en algo universal. Sin aquellos seres vagabundos la ciudad no sería ciudad, sino apenas una caja de Pávlov, ordenada y pavorosa.

Narra Vila-Matas, en Doctor Pasavento, que alguna vez un clochard en Paris invitó a su personaje Angelo Scorcelletti, un día en el que se encontraba solo y angustiado, a que se sentara a su lado, en la calle. Angelo aceptó y “estuvieron los dos largo rato en silencio, allí en la entrada de la librería, contemplando desde abajo el paso apresurado o errante, pero siempre indiferente, de los transeúntes invernales, hasta que el clochard rompió el silencio para decirle: ¿Lo ves, amigo? Pasan los hombres y no son felices”.

El fin de semana que escribía esta columna, me enteré que otro amigo, Calidad, o Mala, fue apuñalado: casi se desangra antes de ser socorrido, en plena Avenida, a media tarde del sábado. No sé si ha logrado sobrevivir, pero su situación me conmueve, no importan ahora sus arrebatos de violencia, recuerdo en cambio sus historias fantásticas y reales, su familia que arma y desarma bajo el influjo de sus olas emocionales. Calidad es un hombre culto, capaz de debatir a cualquier hora, a veces en medio de balbuceos etílicos, un asunto de política internacional o de literatura; tal como Miss Shepherd, la “Dama de la furgoneta”, aquella mujer que un día parqueó su destartalado carro al frente de la casa del escritor inglés Alan Bennett, y le exigía a éste que le fuera a hacer la compra y de paso le pusiera en el correo una carta dirigida a la reina. Una aristócrata era la Señora, y unos aristócratas los vagabundos que nos observan a ras del suelo, a veces, mirando con el desprecio que les merecen nuestras vidas burguesas.

Manizales, 5 de julio de 2019