27 de febrero de 2021
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Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
19 de julio de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
19 de julio de 2019

Robert se cruzó sobre la malla, cubriendo el lado izquierdo por donde venía la bola,  que había salido de su contrario con fuerza, con velocidad, fuerte, con la sensibilidad de la muñeca de su mano y brazo derechos, le quitó totalmente la velocidad, la dejó caer hacia la raya derecha contraria, la durmió,  se ganó el punto que en él generó la emoción de soltar la raqueta y caer boca abajo sobre el césped, mientras Juan Sebastián caía pero de espaldas, dando la cara al sol, era la emoción inmensa de ser los ganadores del más tradicional de los torneos de tenis de campo del mundo, que existe desde hace 142 años, Wimbledon.  Era la gloria  en dos raquetas que llevan jugando juntas 21 años y que han luchado contra todo lo que se puede presentar como inconveniente en una carrera deportiva de alta competencia.

Habían soñado con ese momento. Lo habían planeado. Lo habían hablado muchas veces. La noche anterior a ese 13 de julio de 2019, hablaron mucho  a la hora de la comida. Ambos estuvieron de acuerdo en que dormirían tranquilos, relajados. Lo conseguido hasta ese momento ya era el punto más alto del tenis colombiano. No tendrían nada que perder. Todo seria ganancia, incluso si llegaren a salir derrotados. Eran conscientes de la calidad de la pareja que les había correspondido enfrentar, ganadora de muchos grandes torneos y ubicados en los primeros lugares del escalafón mundial.  Sería cuestión de mucho corazón, en el sentido de no dar ninguna bola por perdida, de poner todo el entusiasmo en cada jugada, de no dar ninguna bola por perdida, de no darse por vencidos. Lucharían todo. Y de pensar, de razonar, de no hacer nada apresurado. Le iban a poner  corazón y cabeza al partido. Juan Sebastián  se lo recordaba a Robert a cada momento.

Sobre las once de la mañana  de ese sábado comenzó el partido. El primer set fue muy largo, incluido el tiempo de detención por un golpe accidental que Robert le dio en el arco superciliar izquierdo de Nicolás Mahut. Los médicos debieron examinar al jugador francés. Se temió que el partido no pudiera seguir. Fueron muchos minutos de expectativa. Los colombianos lucían preocupados. El marcador estaba igualado en  puntos a 6. Debían jugar un tie break, en que  sólo se sirve y se gana punto por punto contando por unidades. Finalmente los médicos le dieron vía libre al lesionado.  El tie break  se definió a favor de los galos.  Faltó muy poco.  Ya todo un país, Colombia, estaba frente a las pantallas de televisión. Hasta en las tiendas de barrio estaban atentos, aunque la mayoría no entendieran reglamentariamente el tenis. Era la emoción de una competencia de colombianos y las explicaciones de los narradores dejaban saber  que se trataba de uno de los torneos más importantes del mundo.  Que ganar ese campeonato sería glorioso para el país.

Fueron al segundo set. En el descanso Juan Sebastián  le mostraba a Robert su corazón y su frente. Le recordaba que debían jugar con toda la entrega, pero pensando muy bien en lo que hacían. En el primer set no perdieron nunca el servicio. Eso ya era un buen síntoma de que estaban enfocados.  Era una lucha de igual a igual. Y la paridad se volvió a dar. Llegaron nuevamente a 6-6. Debían jugar otro tie break para definir el ganador. Esta vez  correspondió el triunfo a los colombianos, por la misma diferencia, la mínima.

En el breve reposo que permite el reglamento del tenis, Robert y Juan Sebastián hablaron de seguir jugando de la misma manera. Podían ganar. Claro que podían ganar. Comenzó el tercer set y ya llevaban más de dos horas de juego.  De nuevo ninguna de las dos parejas cedía en lo más mínimo. Cada pareja mantenía su servicio, lo que dejaba saber que la calidad igual de los competidores era  evidente. Otra vez el empate en el marcador. Otra vez la definición de servicios. Y otra  vez con la mínima diferencia, ganaron los colombianos. Ya iban por encima en el marcador general 2-1.

El reloj seguía corriendo y ya habían pasado un poco más de tres horas. Fueron al cuarto set. La puja no cedía. Ambas parejas hacían respetar su servicio y volvieron a arribar al tensionarte 6-6- Otra vez a definir por puntos de servicio. Mientras tanto los millones de espectadores en Colombia teníamos confundidas las emociones. No sabíamos si estábamos alegres, tensos, nerviosos, preocupados, ansiosos, no sabíamos. Pero estábamos clavados en los asientos, cada quien haciendo fuerza a su manera.  En la definición por servicios los colombianos estuvieron adelante. Pensamos que ganarían. No fue así. Ganaron los franceses. Tenían que ir a un quinto  y definitivo set.  En esa igualdad cualitativa  en que estaban cualquier cosa podía pasar.

Cuando estaban  iniciando el quinto set otra vez Robert accidentalmente golpeó con la bola el lado izquierdo de la cara  de Mahut. Se dolió. Un bolazo de tenis es como un quemonazo con una piedra.  Se reanudó el juego. En el mismo set Robert, sin intención alguna, golpeó al contrario en la ingle y el jugador se lamentó y dolió  de rodillas. Mahut se molestó y en la siguiente jugada  intencionalmente quiso golpear a Juan Sebastián, quien en  ese grado de alerta con que estaba jugando, se puso en guardia, dio la espalda y el bolazo fue allí. No se dolió, no dio muestras de molestia y siguió en lo que estaba. No se dejó descontrolar.  Era cuestión de corazón y razón. Y en sus gestos lo repetía.

Cuando el partido estaba 3-3 en el quinto set, nadie había cedido su servicio. En el séptimo punto los colombianos lo lograron, lo mantuvieron y terminaron ganando el set por 6-3 y el partido y el torneo de dobles masculino de Wimbledon, el templo mundial del tenis. Fue cuando cayeron sobre el césped, uno de frente, el otro de espaldas, luego se pusieron de pie, se abrazaron fuertemente, se repitieron al oído que eran hermanos de vida, se tomaron sus rostros entre las manos y se golpearon suavemente las frentes. Se miraban  con incredulidad de saberse los mejores del mundo, porque además de ser ganadores,  ahora se ubicaban en el ranking de la ATP como la pareja número uno en el escalafón mundial.

Las cámaras  enfocaban solamente a los colombianos, pero en algún momento el productor se acordó de los franceses y los mostró cuando lucían desconsolados. Lloraban. Daban por cierto que iban a ganar. Finalmente los cuatro jugadores se acercaron a la malla, se dieron el saludo de caballeros  que distingue al tenis, se abrazaron y se desearon lo mejor.  Había sido un lindo partido en el que los cuatro dieron todo lo que tenían en sus músculos, en sus nervios, en sus inteligencias, en sus reflejos, en sus emociones, en su capacidad  de deportistas de alta competencia. Habían sido 4 horas 56 minutos de partido, para marcar  el juego de finales  de Wimbledon más largo de la historia y cualitativamente  hablando el de más alto nivel. Nicolás Mahut y Roger Vaselin enfrentando a Juan Sebastián Cabal y Robert Farah, colombianos, acababan de librar una batalla en la que tensionaron los nervios de millones de personas en el mundo a través de la excelente producción televisiva. Cabal y Farah le acababan de hacer realidad  un sueño a los colombianos: ganar en deportes no tradicionales y colocarse en lo más alto de la cima de los grandes del mundo. El reloj marcaba las 3:10 de la tarde, cuando levantaron los trofeos y nos dejaron descansar  de esa jornada que nos tuvo pegados  a cada golpe de raqueta en una bola que se puede desplazar hasta 200 kilómetros por hora de velocidad.  Todos respiramos y los músculos se relajaron.

Este triunfo fue el producto de un trabajo de 22 años de dos hombres que se conocieron desde niños en las instalaciones del Club Campestre de Cali, donde sus padres los llevaban a hacer deporte . Juan Sebastián alguna vez probó con una raqueta de niños. No le gustó. Pidió una normal, de adultos y le gustó. Ahí le pegó su vida al tenis. Tenía talento y ganas. Y una gran constancia, con la ayuda de su madre y de su padre, quienes entendieron que a ese niño era necesario dedicarle un poco más de tiempo, porque ese deporte demandaba de mucha práctica y de gran consistencia. El niño respondió al compromiso.

Robert nació entre pelotas de tenis y raquetas colgadas por toda la casa, pues su padre, Patrick,  era tenista competitivo y además tenía la herencia de su abuelo, Robert, quien venido del Líbano dejó sentado su apellido como colombiano. Independiente de que Robert naciera en Canadá, en una temporada breve de residencia de sus padres allí, es colombiano hasta el fondo. Su abuelo Robert llegó al país ya avanzado de edad, pero nunca dejó de jugar tenis. Había sido representante de su país en Copa Davis.  Se le vio jugando en las canchas de Arroyohondo  hasta cuando tenía 95 años. Jugaba dobles tres veces por semana, golpeaba perfecto y era fatal con los golpes cortados, dejando parado a su contendor en el fondo del campo. Un día un médico opinó que ese ejercicio le hacía daño a una persona de su edad. Se lo prohibió y poco tiempo después se fue de la vida. No la concebía sin una raqueta en la mano. Fue la herencia de sangre del campeón, quien desde muy niño se acostumbró a pelotas, golpes, campos y a la grata compañía de su hermana, Rommy, quien también fue tenista competitiva, pero prefirió cursar estudios académicos en Estados Unidos, becada con su tenis, a seguir en el mundo de sacrificio y esfuerzo constante que es el deporte a alto nivel.

Estos campeanos que ahora presenta Colombia al mundo, estuvieron a punto de ser una simple frustración. Cuando Juan Sebastián Cabal tenía once años sufrió una lesión en la rodilla. La radiografía mostraba un daño enorme y los médicos predijeron vida de oficina. Pudo más su terquedad y después de haber sido intervenido quirúrgicamente  se dedicó a la recuperación de terapias y en poco tiempo volvió a jugar.  Prefirió jugar inicialmente dobles, para no esforzarse mucho. En una de las prácticas lo hizo con Robert y en ese momento entendieron que se complementaban muy bien, a pesar de ser ambos diestros. Tenían los movimientos precisos  de quien juega en pareja, en lo que unas veces debe haber uno en la parte de atrás y otro en la malla, pero que cuando el juego se pone intenso todos terminan jugando  sobre el cuadro de servicio, por lo que se vuelve un juego de reflejos infinitos. No se puede perder de vista la bola un segundo, porque es perder el punto. Y hay que pegarle duro, muy duro. La velocidad garantiza la indefensión del contrario. Hay que dominarlo. Decidieron que si bien era cierto jugaba muy bien en sencillos, cada  vez que tuvieran la oportunidad jugarían dobles.  Los triunfos comenzaron a llegar hasta que decidieron que no jugarían más simples y que en adelante serían uno solo. Se hicieron amigos, los mejores amigos y han llegado a ser hermanos de vida. Ambos se hicieron profesionales del tenis en el año 2005. Sus esposas consideran al otro como su cuñado. En casa de cada uno de ellos  son tratados como parte  de la familia. Es una especie de comunión que debe permanecer  sólida para entenderse en todos los lenguajes, hasta en ese de señales con los dedos, llevando las manos a la espalda, para indicarle al que va a servir como debe hacerlo, hacia que punto del lado contrario para sorprender al contendor. La televisión se dio gusto mostrando ese lenguaje de señas.

Ya han ganado en todo el mundo. Llevan quince torneos entre ATP 250, ATP 500, master 1000 y Grand Slam, como el de Wimbledon, habiendo alcanzado varias finales  que por poco se convierten en triunfo.

Cabal y Farah no los únicos colombianos que han ganado un torneo de  esta categoría, pues ya existen los antecedentes del triunfo en el Gran Slam de Roland Garros, en Francia, en dobles mixtos de Ivan Molina y Martina Navratilova, en 1974. Igualmente en el 2017, el mismo Juan Sebastián Cabal, en asocio con Abigail Spears, ganaron el torneo de dobles mixtos de Australia. Y se han tenido  tenistas como Fabiola Zuluaga, quien jugó finales de Grand slam, llegando a estar   en el puesto 20 del escalafón mundial y Mauricio Hadad y Santiago  Giraldo que han lucido como jugadores exquisitos  y de mucha fuerza en sus decisiones al pegarle a la bola.

Robert Farah y Juan Sebastián Cabal son dos personas de temperamentos  bien distintos. Pero ello no ha servido para ser contradictores, sino para ser complementarios.  Farah es un poco más emocional que Cabal. Este es un poco más calculador, más frío, más planeador de los juegos.  Cabal tiene 33 años y Farah 32. Han llegado a la cúspide en plena madurez deportiva, pero les quedan varios años de competencia, porque en dobles la longevidad de los deportistas se prolonga. Aparentemente  el juego de dobles demanda menos esfuerzo y desgaste, porque el campo se distribuye entre dos, pero viéndolo jugar se entiende que  los desplazamientos son veloces y la capacidad de reflejos tiene que ser muy alta. No permite despavilar.  Quien lo haga, pierde.

Cuando tenían once años tomaron la decisión de seguir juntos por la vida en los campos de tenis. De ser solidarios entre si. De ser complementarios. De saber respetar el espacio del otro. De tener claros los deberes en la cancha y fuera de ella. De saber que el uno sin el otro no son nada en el deporte. De trabajar sin descanso en su entrenamiento y de respetar y acatar a su equipo técnico, en el que marca la pauta el sudrafricano Coetzee, quien no es de los entrenadores que maltratan o presionan. Les enseñó su estilo: ser relajados en el juego, para poder pensar la siguiente jugada, sin improvisar nada. Esa vez que decidieron ser un solo competidor, tuvieron presente que el éxito vendría  como producto del esfuerzo conjunto y que para ello debían ser compañeros, colegas,  acompañantes, mompas, cómplices, pero por encima de todo: amigos. Amigos  de esos que la vida le entrega a las personas y llegan a ser hermanos de vida. Un amigo es tan valioso que puede ser el compañero de triunfos tan grandes como el que acaban de conseguir en Londres.