19 de mayo de 2024

ANÓNIMO

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
7 de junio de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
7 de junio de 2019

Vestido con un pantalón oscuro y una camisa blanca, se puso frente al primero de un grupo de cuatro tanques que avanzaban sobre la plaza para  controlar por la fuerza una enorme manifestación que con el paso de las horas y de los días no paraba de crecer. Se paró a unos tres metros del amenazante equipo de guerra. El piloto de este quiso desviarse hacia su derecha, con el fin de esquivar a esa pequeña persona que se interponía en su camino. El hombre se movía  en la misma dirección del tanque. Era un ir y venir lento entre máquina y ser humano. Poderosa la primera, inerme el segundo. No se movía de su lugar. Nuevos intentos de seguir por un lado. Insistencia en no dejarlo pasar. Cuando el tanque se puso en marcha de frente, en la segura decisión de pasar por encima de su humanidad, de ambos lados aparecieron cinco personas, una de ellas llevando una manta oscura con la que lo cubrió para tratar de protegerlo de la baja temperatura que había en ese momento. Se lo llevaron de allí.  Nunca más volvería a saberse de él.

No se supo como se llamaba. Nadie lo averiguó. Todos en ese lugar tenían un solo nombre: libertarios. Buscaban ganar un poco de libertad, mediante una protesta pacífica que se había iniciado el 15 de abril, con unos pocos que tuvieron la decisión de enfrentarse a un régimen todo poderoso que entendía el ejercicio del poder como la dominación absoluta de la sociedad, con el fin de lograr las metas económicas propuestas, sin importar para nada el ser humano. Si se hacía necesario pisotearlo, lo harían.  Lo rescataron de la segura muerte bajo las pesadas orugas del tanque, sin saber de quien se trataba. Las fuerzas de inteligencia si lo tenían localizado y cuando las protestas llegaron al final, fue una de las cientos de miles de víctimas de desaparición, de condenas y ostracismos y muertes en lo más profundo del silencio.

Se fue de la vida. Nadie sabe como se llamaba. Nunca apareció siquiera un lejano familiar que dijera de quien se trataba. Seguramente todos sus allegados corrieron la misma suerte de desaparición forzada para que ese silencio, la mayor condena de esos hechos, nunca pudiese ser roto y se mantuviera por siempre jamás. Sin que se supiera de quien se trataba, se hizo inmortal con su pequeña figura confrontando la fuerza de un equipo de guerra. Quedó plasmada la imagen en la foto del reportero Jeff Widener, que le dio la vuelta al mundo a través de las agencias internacionales de prensa y se puede ver en un video en blanco y negro que se vino a conocer muchos años después, no por voluntad del gobierno, sino porque alguien lo rescató de esos miles de archivos de prohibida circulación. Todos lo conocimos y lo seguimos conociendo, sin que nadie sepa de quien se trataba. Su estirpe fue borrada de la tierra, para que los valientes no sigan sobreviviendo en aquellos espacios donde la libertad se distingue por haber sido suprimida.

Un anónimo, famoso por demás, muy a su pesar,  es la imagen que el mundo conserva fresca de lo que fueran las protestas de los estudiantes y trabajadores chinos en  los meses de abril y mayo de 1989 en la plaza Tiananmen, de Pekín (hoy Beinjin), creada por el líder máximo de la revolución cultural en 1949, como la plaza más grande de China y del mundo,  donde todo acabó con una gran masacre, de la que hasta ahora es imposible tener cifras entre muertos y heridos y mucho menos de encarcelamientos, persecuciones, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales y penas de muerte en la clandestinidad. Son treinta años que han transcurrido y que el mundo occidental se atreve a recordar, pero que por estos días no le dice  nada –no les puede decir- a los chinos, dedicados como se encuentran a superproducciones para convertirse en la primera potencia económica del mundo, como siempre ha sido su propósito, para imponer condiciones de mercado, con fundamento en la mano de obra más barata del universo, ya que el trabajo por encima de una ocupación es un castigo constante, que se retribuye a lo que los gobiernos les determina en su razón irracional del ejercicio  del poder.

Ese personaje famoso que nadie sabe como se llamó, que nadie sabrá nunca como se llamó, que no es posible identificar con las imágenes existentes de su hazaña, porque todos los chinos se parecen a los chinos,  regresa a la memoria de muchos al cabo de esos seis lustros  cuando se vuelven a tener recuerdos de lo que pudo haber sido el ingreso a una gran democracia y que no fue más que la gran consolidación de una plutocracia que no para de dominar con  las acciones que se hagan necesarias. No es fácil tener memoria de alguien de quien nunca se supo quien fue, pero que nadie es capaz de olvidar. Sólo pueden hacerlo aquellos que no tienen esa memoria, es decir los que ahora no tienen más de treinta años de edad.  Fueron tantas  las lágrimas que se vertieron en silencio por la suerte de ese ser solitario que se puso frente a la muerte que no logró debajo de un poder rodante del hierro, pero que terminó por encontrarla en cualquier curva de su existencia, en el mismo anonimato en que todos lo conocieron. Fue un ser humano símbolo, aunque anónimo, lo que no le disminuye en nada su gloria, porque no se propuso ser famoso, apenas un simple defensor de la libertad en un país en que es el elemento esencial que va adelante en las prohibiciones.

La revolución cultural china estaba en el camino de la consolidación. Desde 1978 era liderada por Deng Xiaoping, cuya estrategia en esencia consistía en obtener un poder absoluto en el que nada se moviera sin su anuencia  y en el que toda una  comunidad inmensa –la más grande del mundo- se moviera en un solo sentido, ojalá sin mucha capacidad de pensamiento, porque el que piensa cuestiona y el que cuestiona pone en duda el ejercicio del poder. Un poder absoluto no puede ser cuestionado por nadie, so pena de que nunca sea absoluto.  Se debe gobernar mediante el uso de dogmas que deban o tengan que ser aceptados, seguidos y cumplidos por todos.  La productividad forzada del país iba en aumento, pero cada vez los chinos percibían que eran menos seres humanos y los convertían en apenas unas mínimas máquinas de producción  por la retribución del cubrimiento de sus necesidades básicas.

Los estudiantes de Pekín comenzaron a cuestionar  si valía la pena  consolidar un gobierno en el que  solamente se tomaba en cuenta la productividad del ser humano, pero no se le permitía  tener iniciativas  que se salieran de esos esquemas rígidos de tener que pensar todos en una misma dirección.  China iba alcanzado ciertos niveles de confort, pero los chinos sentían cada vez que su libertad era asunto extraño.  Todo comenzó con pequeñas voces de protesta en los patios de las Universidades, que fueron creciendo, y de allí saltaron a las calles, hasta que a  comienzos del mes de abril de 1989 se decidieron a tomarse la plaza de Tiananmen, a la que fueron llegando muchos sin que nadie los llamara. Sencillamente también creían en la libertad como valor superior de los seres humanos.  Fue el 15 de abril cuando llegaron los primeros manifestantes a la plaza.  Los que llegaron lo hicieron con el deseo de permanecer allí mismo hasta que fuese escuchados por el gobierno en sus reclamos de libertad, disminución del poder en ejercicio absoluto y eliminación de la corrupción estatal que se quedaba económicamente con el gran esfuerzo de trabajos de millones de habitantes, que veían como ellos apenas comían y los dirigentes se llenaban las barrigas y los besillos con cuentas bancarias en el exterior.

Fueron muchos los lemas que cantaron y exhibieron en carteleras hechas a mano para hacerle entender a todos, pero especialmente al gobierno, que lo que buscaban les pertenecía por ser inherente al ser humano: la vida y la libertad.  Y para que no se tomase como una manera de reivindicaciones de unos pocos el más universal de esos cantos fue_ “El poder absoluto, corrompe absolutamente”, para retratar lo que era la China de ese momento. Es que la corrupción era de tales niveles que nadie la podía desconocer. Iba de voz en voz. En los campos de trabajo. En los patios de los planteles educativos. En las calles. En las casas  y sentían la gran opresión de no poder hacer nada, a pesar del conocimiento cierto que tenían de muchos hechos en que se apoderaban de la riqueza de todos, con las tesis de estar trabajando a favor del pueblo. El pueblo eran ellos, los manifestantes y no palpaban que les estuviera llegando esa bonanza de la que hablaban los dirigentes chinos en los foros internacionales, en los que los demás países del mundo veían venir ese monstruo con la mayor cantidad de  de mano de obra disponible y la más barata que se pudiese encontrar.

La plaza se llenó primero de solo estudiantes. Llegaron con frazadas para el frío y pequeñas carpas azules de camping, para permanecer allí por el tiempo que fuese necesario. No estaban dispuestos a ceder en su protesta, hasta que el gobierno no los oyera, dialogara y ofreciera concesiones que fueran hacia la libertad y hacia el manejo adecuado, pero especialmente honrado de la cosa pública.

Poco a poco también fueron llegando los trabajadores urbanos, quienes sentían que eran de los mismos explotados y ultrajados de todos los días, sometidos a horarios infames de trabajo, con salarios de hambre y doblegados ante la imposición de una gran producción de la que solamente se beneficiaban unos pocos corruptos que ostentaban el manejo  de lo oficial.

Cada día la plaza iba tomando  la forma de un monstruo vivo de millones de cabezas  de pelo liso y ojos rasgados que protestaban, descansaban, volvían a protestar y le hacían oír al gobierno una voz que no estaban acostumbrados a escuchar. Ya esas voces multitudinarias  que llegaban cargadas de odio no les dejaban dormir en paz.  Comenzaron a ocuparse del problema cuando finalizaba el mes de mayo. Hasta ese momento  todo se limitó a la vigilancia en los alrededores de la plaza. El 20 de mayo el gobierno decretó la ley marcial, con el fin de tener a su disposición elementos legales más ágil y brutales que les permitiera controlar  la protesta que cada vez crecía más. El partido de gobierno, el comunista, se dividió en su interior. Quienes estaban por la represión, pues consideraban que se trataba de la protesta de unos pocos, así fuesen un poco más de un millón, pero es que en los campos agrícolas había cientos de millones de campesinos que  la gran fuerza de apoyo y respaldo. Una minoría no podía echar a perder un gran proyecto de productividad para hacer de China un país competitivo. De otro lado estaban los conciliadores que querían dialogar, ceder a algunas cosas de las exigidas, plantear un proyecto de reformas que satisficieran a los protestantes y que todos se fueran a casa tranquilamente, porque esos que copaban la plaza no eran más miembros del mismo partido comunista que era la única ideología que desde Mao imperaba en el milenario pueblo. Se impuso la opinión represiva y el 29 de mayo tomaron la decisión de que se tomarían la plaza de Tiananmen a la fuerza, sin importar las consecuencias y en la consideración de que en un régimen comunista el poder se erige sobre el ejercicio de la autoridad, no de la libertad. Esta pasa a un segundo plano cuando el bien que se busca es el colectivo. Irían por los manifestantes a sangre y fuego.

China en su historia comunista no le ha declarado la guerra a ningún país. Los recursos todos los han aprovechado hacia el interior y las fuerzas armadas han servido para mantener ese férreo control que soporta  su población. Grandes columnas de tanques de guerra marcharon sobre la plaza. Detrás marchaban batallones enormes de infantería, con soldados armados de fusil y bayoneta calada. Avanzaron con la orden de no detenerse ante nada. Se llevarían por delante lo que se les pusiera como obstáculo. La plaza regresaría al manejo y control del gobierno. El que mandaba era el partido comunista, no los estudiantes, ni mucho menos los trabajadores. Desde el 3 de junio comenzó esa marcha militar de agresión contra una población indefensa que en sus cuerpos no tenían más que el ánimo de defender la libertad y buscar que llegara de nuevo la democracia. Había más de un millón de personas concentradas en el sitio. Fueron barridas como piedras. La infantería disparo de manera indiscriminada. Le disparaban a lo que se movía. Las personas  caían y sobre ellas corrían las tropas militares a seguir disparando más adelante. Nunca se supo cuantos muertos hubo. Es un dato histórico que no ha podido ser establecido a pesar de las muchas investigaciones que desde occidente se han hecho. Se ha llegado a hablar de más de 4000 víctimas. Pero no hay sustento para ello. La muerte llegó ese día y se instaló en la plaza. Quienes  quisieron salvar la vida, debieron correr y guardar silencio, hasta que fueran encontrados por las fuerzas de inteligencia, brutales,  que los silenciaban  con balas.

Cuando las tropas llegaron  en el seno de la organización de los manifestantes hubo una dura discusión, entre quienes procuraban por mantener la protesta y permanecer en la plaza, pasara lo que pasara, liderada por Chai Ling y los que propusieron que se fueran a casa, que salvaran la vida y que de alguna manera recuperarían  esa voz de protesta en alguna ocasión, comandada por Hang Pongnlang. No hubo acuerdo. Mientras ellos discutían, los tanques y la infantería avanzaban  con sus armas poderosas y los iban dejando tendidos en el piso sobre charcos de sangre.

El 4 de junio de 1989 acallaron, con muchas muertes, una voz colectiva que buscaba la libertad y la democracia. El gobierno de inmediato silenció todos los canales de comunicación y adoptó oficialmente la posición de nunca más hablar del tema. Si occidente hablaba –lo sigue haciendo-, que lo hiciera, pero China jamás tocaría el tema. El silencio acabó de cubrir la ignominia de atropellar a sangre y fuego a un pueblo que no buscaba más que el restablecimiento de uno de los valores esenciales del ser humano, como es la libertad. En la plaza de Tiananmen, hace treinta años, la democracia en ese país asiático estuvo cerca, pero no llegó, la muerte la detuvo y hasta ahora, cuando China se impone comercialmente en el mundo, sigue sin aparecer, eso no es lo que importa, lo único que les interesa es la economía. El anónimo héroe que se plantó ante un tanque de guerra, no se ha borrado de la memoria y de la historia. La libertad no necesita nombre para persistir.

En esa manifestación estuvo Liu Xiabo, un luchador incansable por la democracia que no ha cesado en su empeño, por lo que le otorgaron el Premio Nobel de Paz en el 2010, premio que no ha podido ser entregado porque sigue preso en oscuras mazmorras de las cárceles chinas, sin siquiera saberse exactamente donde. Se sabe que está vivo, pero el régimen hace todo lo posible por no dejárselo saber al mundo. La libertad y la democracia siguen en celdas de oscuras prisiones en China.  Y el silencio no ha recuperado su voz.