9 de mayo de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

Segundo tiempo

6 de mayo de 2019
Por Humberto de la Calle
Por Humberto de la Calle
6 de mayo de 2019

Hace unos dos meses, cuando el presidente Duque anunció sus objeciones a la ley de la JEP, publiqué un escrito a título de ejercicio futurista, en el cual sostenía que, por ahí hacia noviembre, el presidente anunciaría que en cumplimiento de la Constitución procedía a sancionar la ley cuyo texto sería exactamente igual al objetado, es decir, con los mismos seis artículos materia de la reyerta.

Quien oficia de adivino soporta, claro está, el riesgo de no acertar. Sin embargo, pese al agua que ha corrido, y quizás con mayor empeño ahora, reafirmo mi predicción. Quizá me equivoque, eso sí, en que esto puede ocurrir antes de noviembre.

Pero entretanto, el espectáculo sería risible si no estuviera teñido de un desgaste fenomenal.

Se logra un acuerdo de fin de conflicto. Se dicta una ley. Va a la Corte Constitucional. La Corte decide. El Gobierno le tuerce el pescuezo a la situación y viste con el inocente color rosado de la inconveniencia lo que en realidad es una jugada para poner al Congreso a anular un fallo. Como dije en una ocasión, Jalisco nunca muere y cuando muere arrebata. Arranca la pelea en el Congreso. En Cámara pierde el Gobierno. En Senado, después de inmensos forcejeos y presiones, también pierde. El presidente del Senado, sin embargo, logra congelar la situación. Reaparece Jalisco. Y, para pasmo de todos, la solución es… ¡volver a la Corte! Es decir, comenzar de nuevo un camino luego de haber perdido casi un año en esta discusión. Y eso que estamos todos de acuerdo: que la no extradición es solo para los involucrados en el conflicto. No para cualquier narco callejero. Qué tal que estuviésemos en desacuerdo. Patético.

Podría decirse que no pasa nada. Que un año perdido en la vida de una República es poca cosa. Pero no es cierto porque, en todo este periplo, quedan ahí los escombros. La jugada del Gobierno nos llevó al filo del Estado de derecho porque, dijo el presidente del Senado y hasta un embajador, la Corte no tiene por qué meter las narices en el Congreso. Cada gallo manda en su gallinero. Eso, ni más ni menos, es la destrucción del control constitucional, uno de los grandes logros de la civilización jurídica. Lo bueno de confiar a la Corte una decisión es que se restablece la condición de árbitro supremo de este cuerpo judicial. Pero, para algo tan elemental, hubo que sacar tarjetas amarillas y apelar al VAR.

Viene el segundo tiempo. Pese a que un acto constitucional y la Corte han aceptado un marco de estabilidad de lo acordado en el Colón, ahora empieza el doloroso trasiego de varios actos de reforma que afectarán la esencia de lo pactado. Diremos que no se puede. Que no solo es la ley, sino algo superior: el principio de buena fe del Estado. La obligación suya de honrar su palabra. El repudio a la práctica pérfida de desarmar una guerrilla para luego decir que el establecimiento puede derogar lo pactado y parte sin novedad. Y, casi con seguridad, luego de dos años de pelea que se sumarán al año ya perdido en este última batalla, terminaremos allí donde empezamos. Que decida la Corte.

¿Cuál será el tercer tiempo? Para ese entonces el presidente Duque habrá terminado su gobierno.

Y todo ello, como en el mito de Sísifo, para volver al comienzo del camino. Como decíamos en mi barrio, atrapados como corcho en remolino.