27 de febrero de 2021
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Que jartera el pajarito

8 de mayo de 2019
Por María Fernanda Restrepo Torres
Por María Fernanda Restrepo Torres
8 de mayo de 2019

La palabra que mejor define mi sentimiento hacia una red social como Twitter es jartera. La sé usar al derecho y al revés porque una parte de mi trabajo consiste en enviar trinos, monitorear información, estar al pendiente de quienes siguen la cuenta que manejo y brindar datos oportunos en la red del pajarito. Por eso he aprendido casi a aborrecerla, misma razón por la cual jamás abriré una cuenta personal.

En primer lugar, no soy una celebridad ni líder de opinión y eso me permite respirar tranquila en estos días en los que gozar de reconocimiento te pone en la palestra pública: gente que resulta famosa de un día a otro, pero que seguramente añoran haber quedado en el anonimato por la degradación a la que son sometidos; periodistas y políticos que por cualquier opinión son lapidados abusivamente.

Durante mi trayectoria profesional cada vez he tenido que hacer más uso de las redes sociales, Twitter y Facebook a la cabeza. Defiendo con un cariño especial la segunda, pero si de mí dependiese, la primera desaparecería. Abrir esa red es adentrarse en un submundo de odio, matoneo, gente que se cree dueña de la verdad y publicaciones tan inaportantes que más desocupado es quien les pone un corazón.

Es que literalmente no se puede escribir nada ahí porque es insulto garantizado. Las entidades públicas llevan una de las peores partes, porque los ciudadanos, muy prontos a reclamar sus derechos pero laxos con sus deberes, empiezan un hilo de improperios que se les puede dedicar el día y no se termina de leerlos. Pareciera que ser usuario de Twitter contraviniera con la obligación de respetar.

No digo que Facebook sea un lugar mejor, basta con visitar las cuentas oficiales de los medios de comunicación para ver batallas dignas de acompañarlas con un baldado de crispetas. Personas que no se conocen entre ellas entablando airosas discusiones en defensa de sus puntos de vista, casi siempre en temas políticos, religiosos y futbolísticos. Que jartera, ¿Por qué será que estamos en perpetua búsqueda de aprobación?

Esa es mi pelea con algunos de mis colegas. Sí, estamos en la web 2.0 (3.0 me dijeron hace poco), el celular es la extensión de la mano y nuestra conexión al mundo, nos informamos gracias al internet y la inmediatez es el primer mandamiento en la labor periodística. Yo todavía prefiero leer, disfruto el periódico y las revistas impresas tomando un café. Por supuesto, ingreso a los portales noticiosos y permanezco dateada, pero manejando una cuenta oficial reconfirmo mi nulo interés en abrir y aversión total por abrir una cuenta personal.

Siento que alimenta el odio, la animadversión, el prejuicio y el desinterés en los contenidos. Hay poca investigación, la crónica agoniza entre los 280 caracteres. Esa inmediatez es la que ha impulsado el crecimiento de las fake news, encontrando eco en ese batallón de resentidos que abundan en Twitter, listos a destilar veneno y poner siempre el dedo en la llaga, con tantas ínfulas que hasta se atreven a decirle a otro, con toda tranquilidad, que se suicide.

Y otros haciéndoles el juego. Por favor, seamos sensatos: Está muy trillado ese discurso de vive y deja vivir y toda esa cantidad de frases clichés. Acostúmbrense a que ese espacio está colonizado por los que viven de quejarse, señalar, juzgar e insultar llamándolo libertad de opinión. Arreglan el mundo detrás de un celular y creen que tienen la verdad revelada, sienten que un puñado de gente que les aplaude publicar sus vidas y pensamientos los gradúa de influenciadores.

Sigo pensando que una sola presencia virtual basta y a veces hasta exaspera. Me molesta que gente que no conozco, me haga sentir desesperanza por lo que somos como sociedad. No digo que traguemos entero, que no haya discusión pública o que no se pueda exponer una crítica; me fastidia es la mala costumbre que propagaron las redes de insultar la persona y no debatir su argumento; que cualquiera se sienta con derecho a denigrar al otro aduciendo que en internet hay libertad de opinión.

Es realmente desalentador que una persona sea tan caradura de escribirle a otra que se suicide porque no está de acuerdo con lo que expuso en una red social y argumente en prensa nacional que si esa persona toma sus palabras literalmente, no siente culpa porque “la gente muere todos los días”. En eso nos ha convertido el poder opinar bajo un seudónimo, invirtiendo las mínimas reglas de respeto para vivir en comunidad.

No sé de qué me estaré perdiendo tan bueno, porque algunos viven casi que por su yo virtual y lo quieren meter a uno en ese cuento. Es ridículo ver personas dedicadas a responderle a trolls; amenazándose de muerte e injuriando por defender ex presidentes, senadores y periodistas que deliran con el pajarito, sumándole más polarización y más escenarios de odio a este país. Yo paso.