8 de marzo de 2021
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La lectura como plegaria

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
10 de mayo de 2019
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
10 de mayo de 2019
“Leer poesía es leer para momentos insospechados… para contar con salvavidas… con los destellos que nos iluminen en la oscuridad profunda de la razón y de la realidad…”
Armando Uribe

Dice Gabriel Zaid, el poeta mexicano escritor del poema Teofanías –que digo entre dientes y con rabia cuando de manera infructuosa espero un taxi cualquier noche en Bogotá–, que no importa si uno es culto o ha leído todos los libros, sino la transformación que ellos provocan en el lector: “lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales”. Seguro leer el poema Teofanías nos hace más reales en un mundo en el que en cambio los taxis son irreales o inexistentes: “Piensas que va a llegar, avanzas,/ retrocedes, te angustias,/ desesperas./ Acéptalo/ por fin: no hay taxis./ Y ¿quién ha visto un taxi?/ Los arqueólogos han desenterrado/ gente que murió buscando taxis,/ mas no taxis […] Me pondría de rodillas si apareciera un taxi./ Pero la ciencia ha demostrado/ que los taxis no existen”. Más real no se puede ser que cuando uno está empapado bajo un alero diminuto en alguna noche lluviosa, tiritando de frío mientras pasan carros que salpican lodo desde distancias increíbles.

Cuando Zaid señala que leer nos hace más reales quiere decir que nos hace más humanos. No más buenos o mejores sino más humanos, y siendo más precisos, leer despierta nuestra humanidad, exacerba la condición original, aguza sus manifestaciones; una de ellas es la relación con otros seres humanos a través de la conversación. Leemos en parte para enriquecer nuestra conversación, para darle aliento y continuidad. Hace algunos años, en un avión, el juez Fernando Giraldo me dijo que él sabía lo que era la soledad: fue una tarde de sábado en Pácora, cuando era juez en ese pueblo, y se sentó en el parque a leer “Pantaleón y las visitadoras”. Me contó que se reía públicamente y sin vergüenza. Luego, cuando terminó y quiso mostrarle a alguien lo que lo había hecho gozar, se acordó que estaba solo en ese pueblo y que no podía compartir la lectura. Allí, en ese instante –dijo–, me sentí solo, infinitamente solo.

Pero se lee también para conectarse con el universo, es decir, para atenuar la soledad que por momentos más nos agobia, una soledad existencial que hoy más que nunca sentimos los seres humanos, gracias al abandono de todo afán trascendente, y a la prepotencia que hace que nos supongamos seres superiores capaces de prescindir de la naturaleza y lo divino. Leer entonces, nos otorga, al menos en algún grado, un poco de humildad y de comunión con el cosmos. Leer en el transporte público, en un parque, en la soledad de un rincón de la casa, en algún taller de lecturas, o incluso en la pantalla de un teléfono, es un acto mágico, probablemente uno de los pocos que sobreviven y nos salvaguarda. El filósofo español Joan-Carles Mèlich publicó un libro, cuyo título basta para considerarlo hermoso, pero que además resume lo que digo: “La lectura como plegaria”.

Pero ya Mircea Eliade lo había dicho: “Para el hombre moderno la lectura es un vicio o un castigo. Leemos para pasar los exámenes, para informarnos o sencillamente por motivos profesionales. Sin embargo, pienso que la lectura podría tener funciones más nobles, es decir, más naturales. Por ejemplo, podría introducirnos en las estaciones, revelarnos los ritmos que nos envuelven (y que nosotros hemos abandonado por estupidez o ignorancia). La primavera o el solsticio de verano son fenómenos cósmicos que experimentamos tanto biológica como afectivamente; es decir, en contra de nuestra voluntad, de una forma oscura y más o menos al azar. Por supuesto que cada uno de nosotros puede percibir en sí mismo el misterio del gran despertar vegetal. Pero ¡qué significativo podría llegar a ser este presentimiento si pudiéramos descifrar sus emblemas, sus símbolos, sus sentidos universales y absolutos!”

Ojalá recordáramos cuando ocurre el solsticio de verano o la Noche de San Juan. O al menos miráramos al cielo el cumplido atardecer, como el que sucedió en Manizales el pasado 28 de abril. Cuando inició, hice a un lado el libro que tenía en las manos y continué su lectura en el horizonte. Carolina igual.

 

Manizales, 10 de mayo de 2019