20 de julio de 2019
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In memoriam a Cesar Montoya Ocampo.

16 de mayo de 2019
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
16 de mayo de 2019

Si estas palabras las pronunciara Juan el Ermitaño, su contendido sería otro. Poseería un estilo grecolatino inconfundible y con adjetivos altisonantes nos trasladaría por una mágica prosa de musicalidad poética. Juan el Ermitaño utilizaría su potente voz para inducirnos en un viaje espiritual, que descollaría por invocaciones reflexivas de la literatura universal. En su cenit, elevaría las notas de la soflama para sorprendernos, de palmo, con un susurro meditativo que llamaría a inciertas cavilaciones del alma. Algunos, conectados con un Yo sensible, dejarían que lágrimas cayeran sobre su regazo. Otros, un poco mas fuertes, permanecerían expectantes mientras una sonrisa sardónica cruza el rostro. Al concluir, elevaría su voz en una oración infinita de profunda elocuencia para agradecer las bendiciones recibidas.

Pero no, hoy estas palabras le corresponden a su vástago que se encuentra absorto por el peso de la realidad. Sus manos dibujan líneas que intentan reseñar sentimientos inefables, que se confrontan entre el amor y el dolor, entre sonrisas y lágrimas, entre el ayer y el hoy, para concluir, sin mucha disertación, que solo Dios soporta el espíritu cuando las fuerzas nos han abandonado. Es un gesto final que lo acompañará en su viaje a la eternidad como un susurro a su alma.

Al observar a Juan el Ermitaño, aterido y yerto, busco cada momento que compartimos, para atesorarlo como un elixir que debe preservase con denuedo. El espejo del recuerdo me presenta un hombre fuerte, vigoroso, indoblegable ante las adversidades, feliz en la fortuna, de esencia alegre, amante de las letras, conservador apasionado, jurista de convicciones recias, orador de potente voz. Mi padre era amigo de sus amigos y no reconocía enemigos. Profundamente amoroso con su familia, padre como ninguno y compañero leal. Para desnudar su alma, Cesar Montoya se consideró a si mismo como Juan el Ermitaño. En sus memorias evoca las luces de mejores días y deja un fiel testimonio de su agitada vida.

Muchos conocieron a Cesar Montoya, en sus facetas de político y escritor. Considerado como el último de los grecolatinos y el último de los Leopardos, comparte pódium con figuras como Eliseo Arango, José Camacho Carreño, Gilberto Alzate Avendaño y Silvio Villegas, éstos de gran influencia en su pensamiento y obra política. Villegas, decenios antes de esta triste hora, profetizó el perfil de nuestro Ermitaño en los siguientes términos: “Los Leopardos tratamos de renovar el viejo programa conservador, la oratoria política y la literatura nacional”.

Aunque no fueron pocos quienes alternaron con hombre público, pocos intimaron con el hombre, el amigo, el padre, el abuelo, el hermano, el suegro, el cómplice.  Su imagen de hombre con influjo político impregnó la alborada de mi vida. En aquella época su presencia imponía una extraña fuerza que fijaba el rumbo de la familia. Alternaba sus días en estrados judiciales y plazas públicas, sin dejar espacio para el descanso. Ante nuestros fervorosos ruegos por un momento de reposo solo atinaba a decir que “descansar es cambiar de cansancio”.  Igualar su vitalidad requería un esfuerzo excepcional, aún para los más jóvenes y no recuerdo haberlo superado en ninguna actividad que emprendimos juntos.

El amor también se enseña. Comprendimos a través de su pasión profunda que los sentimientos no solo nacen del alma. Estos destellos de divinidad emergen de la profundidad de las palabras, del delicado roce de un abrazo, de la sonrisa juguetona, de la silenciosa compañía en momentos de angustia, del perdón sincero cuando nuestro orgullo no lo ha reclamado. De esta manera y con su ejemplo nos enseñó a amar, rompiendo formas que otros suponían estáticas, condujo sin dubitaciones a tímidos niños en hombres fuertes que desconocen el temor a sus propias emociones.

Como ser humano su delicadeza fue absoluta. Su corazón arropó profundos sentimientos de camaradería y hermandad. No necesitó deshojar margaritas en tardes serenas para conocer la fraternidad de la verdadera amistad. Omar Yepes Alzate, Ramiro Henao Valencia, Augusto León Restrepo, José Miguel Alzate, Evelio Giraldo, Hugo Tovar, Jorge Mario Eastman, le superviven para dar testimonio de la fraternidad que les entregó.

El padre no tuvo par. Fue siempre solidario y amoroso con sus hijos. Claudia, Juan Carlos, Mauricio y quien escribe, podemos atestiguar, con absoluto sometimiento a la verdad, que entregó su vida, sus fuerzas y su entereza para apoyar a sus hijos y respaldarlos en cada momento.

El hermano fue exquisito. Degustaba de entrañables tertulias en las cuales retaba con amor a sus interlocutores para demostrar que el amor filial puede extenderse más allá de los argumentos. Sus hermanos Guillermo, Celmira, Gustavo, extrañarán estos debates que terminaban siempre con una sonrisa.

Padre mío, te despedimos, extrañando el suave roce de tus manos, la delicada palabra de apoyo, la sonrisa cómplice de tu rostro, pero, ante todo, tu presencia estimulante que siempre nos impulsó a transitar mejores senderos. Hoy no te perdemos, por el contrario, te transmutamos para llevarte en el alma, grabado con fuego en la sangre. Con la voluntad del creador, nos encontramos de nuevo en la eternidad.

Te amamos, por siempre, y, aunque dejemos de existir, nuestro amor permanecerá a tu lado.

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