25 de febrero de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

FRACASADO

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
24 de mayo de 2019
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
24 de mayo de 2019

La única pelea que ciertamente quería ganar, ya había pactado que la debía perder. Era consciente de que si no cumplía lo prometido, seguramente no le iban a pagar esos pocos pesos que tanto necesitaba  y por los que estaba dispuesto a luchar hasta el último momento, cuando –pensaba él – tenía a alguien por quien luchar y el primero y el único aficionado convencido de que era un campeón y que debía ganar por ser  el mejor.

Nunca nadie había creído en sus condiciones y mucho menos confiado en sus calidades de boxeador, pero al fin y cabo no sabía hacer otra cosa. Es que nunca intentó aprender algo distinto que no fuera boxear, lo que aprendió de tiempo atrás,  pero lo que ejerció como un medio de sustento precario, prestándose a todas las componendas y trampas que tantas veces se han manejado –y se siguen manejando- en el boxeo-.

Terminó siendo el “tonguero” escogido cada que se necesitaba arreglar un combate con algún objetivo, especialmente el de las apuestas clandestinas, e las que  no se mueven enormes cantidades de dinero, pero de lo que viven muchos  que se mueven en la marginalidad de lo que es ilegal, aunque de pronto sin alcanzar los linderos de lo criminal y por tanto permite que se sobreviva de unos ingresos que no son significativos para nadie, pero con los que se alcanza para comer a unos pocos por unos pocos días. En la necesidad se puede todo y se usa la imaginación en grandes dimensiones, con el logro de objetivos tan pequeños que alcanzar alguno de ellos, no significa más que seguir creando otras formas de obtener lo del próximo desayuno.

Es la lucha de todos los días de los que nada tienen y lo necesitan todo. No se dan por vencidos sencillamente porque el tiempo no se detiene y esa lucha existencial tiene que continuar por imposición de la existencia que le correspondió a cada quien. Los éxitos se cuentan por comidas alcanzadas, no por  solideces de futuro alguno. Es que no hay futuro. Hay hoy y de pronto un mañana cuando se logra concretar  un mínimo plan de saber que se hará al día siguiente. Es que lo normal es que al otro día no habrá nada que hacer. Por eso quiso ganar esa pelea, aunque fuese lo último que hiciera, más esa vez pudo comprobar  que no es cuestión de querer ganar, de tener la decisión de ser el vencedor, no se definen los combates por las ganas de los oponentes, sino por la contundencia de los golpes y el muchacho que le pusieron al frente pegaba demasiado duro, al punto que cada que lo conectaba lo tiraba al piso. No se caía cuando quería, sino cuando lo tiraban a la lona. Y desde el primer round  besó la lona y supo que estaba en dificultades, Se ponía de pie por esa decisión con que había entrado: iba a ganar.

Llegar a casa después de una derrota, que le dijeron que era la última pues ya todos estaban cansados de verlo caer y de no reaccionar por falta de reflejos, de masa muscular, de fuerza en sus golpes, luchando con su vieja moto, que en muchas ocasiones se negaba a dar encendido, y encontrarse con un chico que cargaba un viejo morral que en alguna ocasión había sido de algún color, portando un deteriorado cartel publicitario  de pared en que se anunciaba una de sus antiguas peleas en Maríalabaja, interrogándolo por su nombre y la afirmación de plano que “tu eres mi papá”, es tanto como creer  que el mundo llega a su final o al menos se encuentra cerca.

El público ya lo abucheaba y le gritaba cosas de deshonestidad. Se sentía estafado con sus combates en los que ya se prefería apostar  en que round caería y no en cual podría ganar. Rechazó  con contundencia la expresión del chico, entró  su vieja moto a la casa, cerró la puerta, echó llave por dentro y se sentó en la rústica mesa de comedor con dos asientos,  una  nevera pequeña,  una estufa, una cama, una hamaca y unos viejos afiches de tiempos pasados, que constituían todo el mobiliario de la humildad de su hogar, allá en uno de los cerros desconocidos de los millones de visitantes que todos los días acuden a Cartagena a gastar dinero como si estuviera en la ciudad más lujosa del mundo. En un pedazo de toalla desgastada envolvió un bloque de hielo y se lo puso sobre los numerosos golpes que tenía en los arcos superciliares, para tratar de amainar un poco el dolor  que le causaron  los golpes del otro.  No le dio importancia al asunto del chico y por el agotamiento se quedó dormido.

Al día siguiente  contó los magros billetes que le dieron por esa nueva derrota –con la expresión humillante del empresario de que “agradezca que le doy la mitad de lo acordado, no debería darle nada, por malo”-, abrió la pequeña gaveta de su mesa de noche, sacó un tarro metálico, enrolló los billetes y los guardó. Era su caja fuerte. De allí iría sacando todos los días un poco para sus gastos.  Supo que como boxeador era un fracaso, pero que no podría aceptar que le dijeran que era la ultima  pelea de su vida, pues, según él, no sabía hacer otra cosa.

Salió a esas calles polvorientas, llenas de huecos y desniveles, rodeadas de construcciones informales en las que la gente se acomoda de alguna manera para  tener al menos un sitio a donde llegar, sin que a eso se le pueda llamar casa.  Como esa choza de tablas de madera en que él vivía de mucho tiempo atrás, así eran todas, cuando sus dueños habían logrado conseguir aunque fuera para comprar unas tablas usadas de construcciones en demolición, que las volvían a utilizar por tiempo indefinido.

Colgado de la muñeca de su mano izquierda llevaba un casco de motociclista, señal inequívoca para los usuarios de que se trataba de un “motorratón”. Recogía pasajeros, los llevaba de un lugar a otro, recibía el pago, le devolvían el casco miles de veces usado y seguía su recorrido en busca de  esos posibles clientes, que en muchas ocasiones no aparecían porque la oferta de transporte informal era abundante y la demanda escasa.  Muchas veces se gastaba el combustible dando vueltas y sin prestar ningún servicio.

En la noche volvió a casa y cuando iba a entrar la moto, volvió a aparecer el chico, quien de nuevo le reclamó su paternidad. Sin saber si lo hacía por curiosidad  o porque otra causa, escuchó al muchacho. Le dijo que no lo conocía, que no tenía hijos, que nunca se había casado y que le contara de donde había aparecido. No le creyó nada. Le preguntó por su madre y el niño le dijo que había muerto y estaba solo en la vida, no tenía donde dormir  y tenía mucha hambre. Le pidió el nombre de la madre y eso no le dijo nada. Le interrogó si de pronto tenía una foto de ella. El muchacho contestó que no, pero al día siguiente se la traería. Le dio algo de comida en esa ocasión. Le dijo que no se podía quedar allí.

Tantas veces, cuando la juventud, el deseo, la lívido y los tragos eran el final de un combate, en los que si perdía lo hacía luchando, no dejándose vencer, las noches podían terminar  en encuentros con mujeres de su agrado, quienes le alababan la fortaleza de ser un gran boxeador, pues ellas no conocían más boxeadores, que se detuvo un poco a pensar si efectivamente había peleado en ese municipio, lo que si ocurrió. De pronto viendo la foto de la mujer podría recordar. Le perturbaba un poco  pensar en la posibilidad de que ese chico que soportaba hambre y frió en las noches, durmiendo en la calle, pudiera ser su hijo.

Al otro día, a la misma hora, el muchacho apareció llevando consigo al foto de una mujer de mediana edad, de facciones afrodescendientes, de líneas delicadas y mirada sonriente. Se la mostró como la de su madre y la mujer con quien había tenido amores de una noche cuando fue a pelear a ese apartado lugar de la geografía colombiana. No confió en su memoria por los muchos golpes que había recibido en la cabeza. Aceptó a regañadientes  ayudarle un poco al muchacho y le ofreció la hamaca como lugar de dormida y compartir con él la escasa comida de que podía disponer. Se sentaron a la mesa casi sin hablar. Le sirvió el escaso menú. El muchacho pidió sal. El boxeador fue por ella y la trajo en el mismo tarro de la que extraía  la de condimento de las comidas. Le echó mucha sal. Le llamó la atención.

El joven se quedó en la estrecha casa.  Cuando él se iba a tratar de conseguir el sustento diario prestando servicios ilegales de transporte de barrio marginal, el chico se iba al mercado de Bazurto donde hacía mandados y cargaba cosas para que le dieran unas monedas. Volvía a casa en la noche.  Puso la foto de su madre en una pequeña mesa. En cierta ocasión se murió un boxeador del montón y sus amigos de lugar de entrenamiento fueron al velorio. En este, el muchacho se robó varios cabos de vela y un velón. Cuando llegó a casa los encendió y le hizo una especie de altar a su madre. Los dos miraron con emoción el homenaje que le rendían en su humildad a esa mujer, amor de un día de uno y madre del otro.

Sin mucho entendimiento, pero con mucho conocimiento  del chico sobre la vida deportiva de quien alegaba era su padre, se iban  gastando los días.  El hijo quiso que el padre le enseñara a boxear y este se negó rotundamente. Sabía del sufrimiento, del sacrificio y de los dolores que significaba esa vida y los resultados casi inútiles que se obtenían. Terminó por enseñarle, más bien, a manejar la moto. Se divirtieron mucho. Entre los dos nunca había palabras de afecto. Era el trato de dos que se toleran, uno que necesita del otro y el otro que hace lo posible por generar alguna emoción ante ese que alega ser su hijo.

Para que la foto no se deteriorara, el boxeador la quiso hacer enmarcar y en esa ocasión –con un hecho carente de cualquier contenido emocional- sucedió  el hecho contundente que le da un giro  extraordinario a la historia para ubicarla  en un lugar en que el espectador no logra desentrañar de que lado ponerse o de no ubicarse a favor de ninguno, ni en contra de nadie, apenas de seguir observando su desarrollo para tratar de saber a donde conduce ese relato que va de fracaso en fracaso, en manos de dos fracasados de la vida.

Sucede en el primer largometraje  del director cartagenero Rafael Martínez Moreno, nacido en 1980, graduado como Magister en educación primaria y traductor del Inglés y el Italiano, quien ha hecho una carrera exitosa en la grabación de cine de comerciales, y  con “El Piedra” debuta  en la pantalla grande, habiendo sido seleccionado para representar a Colombia en varios Festivales Internacionales de Cine, con muy buenos resultados y de gran aceptación por parte del público entendido en la materia, mas  al ponerla en las carteleras de las salas de cine  a mediados del mes de mayo, poco o nada ha pasado con su exhibición, al punto de que la vez que pudimos apreciarla con deleite y el gusto de saber de nuevos y valiosos directores nacionales,  apenas estábamos tres espectadores.

Es una película digna, con una excelente fotografía, un guión muy bien trabajado y con  unos diálogos valiosos que retratan tantas cosas de la vida ordinaria, esa que nos toca en todas las horas, en todos los espacios. No es una película épica, ni llena de fantasía, ni mucho menos de efectos en los que los computadores son los que imponen la creatividad, dejando al ser humano como un siervo al servicio de las máquinas. Es una realización que se hizo en escenarios reales (en la Cartagena que no muestran los folletos turísticos), con actores naturales, entre quienes sobresalen  Manuel Álvarez, como El Piedra e Isaac Martínez, como Breyder,   en los barrios invisibles de Cartagena,  esos de los que se sabe en las investigaciones  sociológicas de las Universidades   y de pronto en enumeraciones de campañas políticas electorales, con una banda sonora contagiosa y de mucho poder de transmisión de lo que sucede en la pantalla.  Una cinta con una historia del común, de esas que es tan difícil narrar, porque en ellas no sucede nada extraordinario, si no es extraordinario lograr sobrevivir en medio de todas, todas las necesidades que atropellan cada mañana y se van llevando las horas del día en medio de angustias que se suceden.

Reynaldo “El Piedra” Salgado no es más que un fracasado. Un boxeado ubicado en el terreno de los perdedores, al que un día le aparece un hijo que dice llamarse Ronald, que no se llama así,  sino Breyder, que lo conoce, que lo confronta, que lo insulta (“no te dicen el Piedra porque pegas duro, sino porque te vives cayendo al piso”), que quiere que siga peleando y que le pide que gane, porque lo va a apoyar con todas sus fuerzas. Un  Reynaldo que tiene por primera vez una motivación para ganar una pelea, pacta –para que le den una oportunidad más-, que debe dejarse caer al cuarto asalto, o no le pagarán.

Por mucha disposición que tenga al momento de entrar a ese combate de vida, desde el primer asalto lo tiran a la lona, repetidas veces, hasta que en el tercero no es capaz de volver a ponerse de pie y lo vencen de nuevo. El empresario considera que ni  siquiera fue capaz de cumplir el compromiso,  que era perder en el cuarto asalto, por lo malo que es, por lo perdedor, por lo fracasado. Cuando le paga le entrega lo que quiere y sabe que en ese instante ha llegado el final, ese al que el espectador lo acompaña con cierta solidaridad  y muchas ganas de gritar  que dejen de estafar a la gente  con competiciones que de ello apenas tienen el nombre.  La de la película es una competencia barata, pero las hay de shows multimillonarios en dólares, que captan miles de millones de televidentes en todo el mundo. Y nadie siente la menor vergüenza. Para los dueños del negocio es el lenguaje del éxito.